• Por Arturo Peña Villaalta
  • arturo.pena@nacionmedia.com

A principios de diciembre el Gobierno anunció la presentación de un proyecto de ley que regula el uso de celulares y dispositivos electrónicos por parte de estudiantes en escuelas y colegios, tanto públicos como privados. Según lo argumentado, la propuesta surge a partir de un análisis técnico y científico que evidencia el impacto negativo del uso sin control de dispositivos en la salud mental y el aprendizaje.

Lo que se propone es: la prohibición en general del uso de celulares en la jornada escolar, incluyendo recreos, salvo excepciones, y el uso permitido con fines pedagógicos, bajo supervisión docente (con excepciones para accesibilidad, inclusión o razones de salud). Hay otro proyecto del mismo tenor en la Cámara de Diputados que incluye la restricción también para los profesores.

Las consecuencias dañinas sobre la salud del uso de pantallas de forma desmedida están ampliamente probadas y en nuestra observación del cotidiano no podemos dejar de evidenciar la cercana relación entre niños y jóvenes y los dispositivos electrónicos y sus efectos. Como padres, muchos sabemos de primera mano lo que representa establecer límites sobre el uso de celulares y otros artefactos electrónicos.

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Considero, sin embargo, que el “cero pantalla” es una quimera y que llevar esta idea al extremo podría ser hasta perjudicial, ya que la tecnología es el canal por donde las nuevas generaciones interactúan. Es como desconectarlos de su tiempo. El punto central es el acompañamiento, no solo en cuanto a qué consumen en sus dispositivos, sino en cómo les va en la vida, esa cercanía, por más desafiante que se nos presente a veces la tarea.

A veces recurrimos a esa figura romántica de que los menores de hoy tienen que dejar la tecnología de lado y volver al trompo o a las balitas para crecer sanamente. Nada más irreal. En un mundo en que lo tecnológico rige, esta ocupará necesariamente su espacio, como lo hace en gran parte de nuestras actividades. La cuestión es de qué forma. Un debate similar podríamos llevarlo al plano del proyecto en discusión.

Recuerdo el programa “One laptor per child” (Una laptop por niño), que se planteó en el país hace un par de décadas. El objetivo era dotar a los alumnos de un dispositivo electrónico que les sirva como apoyo educativo. Más allá de los resultados, fue una idea revolucionaria. Es algo paradójico que hoy, cuando probablemente el mayor porcentaje de estudiantes del país tiene ya una computadora a mano (un celular), se vea a la tecnología como una especie de cuco.

La realidad del uso desmedido de dispositivos, de la distracción, del ciberbulling, del ciberacoso existe y debe preocupar. Y hay que tomar cartas en el asunto, como desde un aspecto plantea el proyecto de ley.

Pero, por otro lado, está el enorme aporte de la tecnología, que ha cambiado la forma de ver el mundo; la inconmensurable herramienta que representa internet –algo que la generación del trompo solo veía en películas–, que nos abre las puertas al universo.

Quizás el énfasis del proyecto no debería estar en la idea de la restricción, sino en la otra idea, la del uso con fines pedagógicos –y por qué no en los recreos, también–, lo que exige docentes preparados en el área (otra gran carencia). El contexto de este proyecto de ley puede ser una gran oportunidad para debatir sobre cuál es el nivel de uso y la forma en que se utiliza la tecnología en nuestro sistema educativo.

¿Qué tal si los alumnos, a través de dispositivos pudieran acceder a plataformas digitales donde estén sus lecciones? ¿Qué tal si recibieran contenido interactivo de calidad a través de sus teléfonos? Las mayores bibliotecas del mundo están a un click de distancia. ¿Por qué limitarse a los tradicionales manuales, con lecciones que se vienen repitiendo desde hace décadas?

Podríamos estar hablando de una quimera si nos ponemos a pensar que en algunas escuelas del país no hay electricidad, agua o lugar donde sentarse. Pero ese es el desafío. Es imprescindible hablar de una transformación profunda del sistema educativo y sus herramientas, para adaptase a la nueva generación, a su forma de hacer las cosas, con tecnología, a su velocidad, y no al revés.

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