DESDE MI MUNDO

  • Por CARLOS MARIANO NIN
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

En Paraguay, hay más de 226.000 personas trabajando en casas ajenas. La mayoría mujeres que lavan, cocinan, cuidan, limpian.

Sin embargo, solo 9.490 tienen cobertura del IPS. Solo un número ridículo, como si la seguridad social fuera un privilegio reservado para otros, para aquellos que no recogen ropa tendida ni planchan camisas que nunca se van a poner.

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La Ley 6368/19 prometió equiparar el salario mínimo de las empleadas domésticas al estándar.

Quedó en papel. Igual que tantas promesas que se leen en los diarios y luego se olvidan, sin cambiar la realidad de quienes viven entre el polvo y la cocina.

La ley establece que si trabajan desde 16 horas a la semana, deben tener vacaciones pagas, aguinaldo y acceso a la seguridad social. Pero en muchos hogares, esas palabras no existen. Son personajes de fantasía que no llegan a la vida real.

Narcisa, una mujer de 52 años que trabaja como empleada doméstica, me contó que un año pidió no tomarse vacaciones. No quería dejar de cobrar. Nadie le explicó que las vacaciones son un derecho y que son pagadas. Nadie le dijo que no debía elegir entre descansar y sobrevivir.

Ese es el rostro de la informalidad: mujeres que se consumen en el servicio ajeno sin que nadie las vea.

Expertos en empleo insisten: es urgente informar sobre derechos laborales a quienes viven y trabajan en casas ajenas. Recomiendan, incluso, instaurar un día nacional para explicar la situación del sector doméstico, como se estila en otros países, para que estas trabajadoras conozcan que sus derechos existen y que no son opcionales.

El aumento salarial prometido no fue más que un espejismo. En realidad, profundizó la informalidad. Y así, el sector doméstico sigue siendo el más informal de los informales, donde la igualdad de derechos se queda en teoría y la desigualdad sigue firme en la práctica.

Quizá algún día comprendamos que cuidar de una casa no puede significar olvidar a quien la mantiene en orden. Que el trabajo invisible merece respeto visible.

Y mientras tanto, Narcisa, o ña Hada, como le gusta que le digan, y tantas otras siguen trabajando, sin vacaciones, sin IPS, con su dignidad intacta pero olvidada.

Porque el hogar no debería ser un lugar de explotación; debería ser un lugar donde el cuidado no tenga precio, sino derechos.

Mientras, Narcisa se mueve por la casa como un hada silenciosa. Sus manos limpian, ordenan, arreglan; su trabajo se ve, pero es invisible. Y así, entre la magia del cuidado y la realidad del olvido, sigue tejiéndose la historia de quienes sostienen nuestros hogares sin que nadie las nombre.

Pero esa… es otra historia.

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