Hace más de 2400 años que el griego Sócrates reconocía que solo sabía que no sabía nada. Hoy, en el siglo XXI, gracias a internet ya se sabe todo… ¡aunque la gente no entiende nada! O al menos la mayoría, porque algunas perso­nas son más que avispadas que otras con sus elucubraciones, sobre todo si sirven para obtener algún rédito. Sí, mientras que unos corren, otros vuelan.

Pese a la gran claridad mental que alcanzó Sócrates, su filosofía era inocente; solo buscaba ilustrar a sus congéneres. Incluso aceptó beber veneno y dar su vida por sus principios, acto noble, pero injustificable para quienes tienen planes para vivir la vida loca sin que les interesen los demás.

Muchos piensan que la vida se vive una sola vez y hay que disfrutarla, aunque eso signifique pisarles las cabezas a todos. Esta filosofía no es nueva y la historia ofrece ejemplos a montones, incluso si se refieren a despiadados, ladrones y ase­sinos, como los piratas, que después de haber causado tanto dolor, de matar y saquear llega un momento en el que pien­san en redimirse.

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Y hablando de piratas, por ejemplo, un nombre que ondea en el mástil del tiempo es el del inglés Francis Drake, quien empezó siendo pirata y terminó con el título de “sir” cuando la reina Isabel I lo nombró corsario. No es que se arrepin­tiera de sus fechorías, sino que solo blan­queó su situación.

Otro caso similar fue el de Henry Mor­gan, pirata y bucanero en su momento, al que la Corona inglesa también nombró corsario y más tarde hasta ejerció como gobernador de Jamaica.

El pirata Woodes Rogers, también pasó de vulgar saqueador a convertirse en auto­ridad colonial al recibir el grado de cor­sario y ejercer como gobernador de las Bahamas.

Así podríamos seguir citando nombres como Jean Bart, de Francia, que hizo de las suyas “sin papeles” hasta que Luis XIV lo reconoció oficialmente como corsario y en adelante pudo “trabajar” honrada­mente.

Hoy en día el trabajo de piratería es mucho más difícil y poco rentable. Por lo general navegan por regiones del Mar Arábigo y el Océano Índico, con somalíes desesperados que buscan el pan diario en sus peligrosas lanchitas. Según cuentan, en 2008 orga­nizaron 111 ataques y la mayoría fracasó.

Con tanta competencia desleal, es necesa­rio innovar. Por eso, de los grandes vele­ros con cañones de antaño pasaron a las lanchas rápidas y ahora a las urnas, como cierto pirata de ultraderecha que des­pués de lograr la presidencia de su país no quiso soltar el puchero e intentó un golpe de Estado, pero fue descubierto y proce­sado y un tribunal judicial lo condenó a 27 años y tres meses de cárcel.

Ahora, los abogados de este pirata encar­celado gestionan y presentan apelaciones y recursos alegando irregularidades e injus­ticias. Como en épocas de Drake, Morgan o Rogers, la idea es que logren cambiar la condición del bandido a la de corsario.

Por eso, apenas hace unas horas la Cámara de Diputados aprobó un proyecto de ley que de ser sancionado podría rebajar la condena a apenas dos años. Ahora el proyecto debe pasar por el Senado y se puede convertir en ley para dejar blanqueado al expresidente.

Ya a mediados del siglo XIX, los trabajos científicos del célebre Luis Pasteur des­echaron la teoría de la generación espontá­nea, con la que los ignorantes pregonaban que los gusanos eran capaces de nacer de una carne en descomposición.

Hoy es sabido que los gusanos no nacen de la descomposición, sino que se reagrupan y vuelven para intentar un nuevo golpe. Sus viejas naves muestran velas repintadas con la misma bandera de huesos y esqueletos y ya no buscan las gobernaciones como antes, sino la intendencia municipal.

Otros son más ambiciosos y apuntan más arriba, sobre puentes de ñandutíes, pero se olvidan de los grandes saqueos de los que ya fueron protagonistas no hace mucho y quie­ren volver para seguir robando.

Los descarados no tienen límites y preten­den que la ciudadanía los blanquee para ser honrados corsarios para poder vivir en paz con el botín escondido en las blancas arenas de alguna isla como Seychelles o el Caribe.

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