• POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS
  • Periodista, docente y político

Desde hace unos días, los analistas políticos de los medios de comuni­cación –principalmente los impre­sos– y ocasionales jueces de las redes socia­les incorporaron una nueva categoría a sus escritos: el concepto de la semiótica. Nuevo en el lenguaje cotidiano del periodismo, no así en los ensayos o artículos sobre filosofía y epistemología del lenguaje. Nombrar esta ciencia no es de uso corriente en los comen­tarios de opinión. Lo sé porque leo a todas y todos los columnistas de los diarios para seguir aprendiendo de los que más saben.

Su inclusión, sin embargo, profundizará el examen de la realidad desde otras perspec­tivas y aguijoneará la curiosidad de aquellos que quieren seguir enriqueciendo su conoci­miento. De mi parte, desempolvé textos vie­jos y algunos nuevos que estaban esperando su oportunidad. Lo que sí percibí es que nadie se detuvo a definir esta palabra con rango de prosapia –fundamental, diría– en las cien­cias sociales dentro de párrafos a veces pro­saicos, como suelen ser los míos. Por tanto, al complicarse la comprensión del mensaje, generalmente el receptor no consigue deco­dificar su contenido. Queda boyando en las nubes de una élite que no se reproduce a nivel popular. Debo aclarar, es de honesto hacerlo, que la definición estaba implícita en un artí­culo: el de Alfredo Boccia Paz.

El profesor Mario Ramos Reyes –uno de mis principales referentes en tiempos de convul­siones semánticas (que estudia el significado de las palabras) y deliberadas confusiones lingüísticas– solía repetir en sus clases en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacio­nal de Asunción, citando a Tomás de Aquino, que lo primero que debemos hacer es definir el objeto de la conferencia, artículo o discurso; de lo contrario, toda reflexión posterior se volve­ría vacía. De la forma más sencilla posible que hasta una inteligencia artificial podría enten­derla, diremos que la semiótica es la ciencia que estudia cómo se producen e interpretan los signos en dos contextos: el lenguaje verbal (palabras) y no verbal (señales, gestos, imáge­nes y sonidos).

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En este bombardeo constante e implacable de la información, no estoy seguro de si fue el ya citado compañero Boccia Paz (Última Hora) quien inició la epidemia o ya solo fue infectado por este virus de la “semiótica del poder”. Su agudo análisis se concentró en la última plena­ria del movimiento Honor Colorado, liderado por el expresidente de la República y actual presidente de la Junta de Gobierno del Par­tido Colorado, Horacio Cartes.

Aunque de manera atrevida, yo también quiero sumarme, desde otro ángulo, a lo que definiría como una “puesta en escena del poder” (Mario Ramos Reyes). Con los asesores y expertos en imágenes que –de seguro– tiene Cartes, el escenario habrá sido montado aspirando a que su figura se corresponda con el arquetipo de liderazgo que construye el inconsciente colectivo, es decir, una experiencia compar­tida por un sector de la sociedad. O quizás solo dentro del Partido Nacional Republicano. Sos­pecho que nada fue casual. En cuanto al lugar en que fueron ubicados tanto el actual jefe de Estado, Santiago Peña, y su vicepresidente, Pedro Alliana, no tiene que asombrar a nadie, puesto que no se trataba de una ceremonia oficial del Poder Ejecutivo, sino de una plena­ria donde el líder es Cartes. Fue un aconteci­miento eminentemente político, convocado y dirigido por quien lidera Honor Colorado. Lo incongruente y caótico hubiera sido que Peña fuera el protagonista del acto.

El concepto de “unidad granítica” –a partir de la lectura de señales– producido por la plena­ria tampoco corresponde, porque la Asocia­ción Nacional Republicana es un territorio que supera en amplitud a cualquier movi­miento interno, en este caso, Honor Colo­rado. De hecho, en este momento, son cuatro los precandidatos a la presidencia de la Repú­blica –con agresivos discursos de la disidencia interna–, estando inscritos para las previas –aparte de Alliana– Arnoldo Wiens, Lilian Samaniego y el ingeniero Luis Pettengill. En el lenguaje no verbal, alegan, Cartes se proyectó como el hombre que ejerce el poder real. Aun­que no sea verdad, porque no veo a personas de su entorno inmediato en cargos de relevancia dentro de este Gobierno.

Donde sí coincido con los analistas es que el debate, alma de la democracia, estuvo ausente. Probablemente se restringió la lista de orado­res para evitar un rosario de discursos empa­lagosos y zalameros. Aunque el micrófono abierto también pudo dar oportunidad para expresar incómodas críticas y postergados cuestionamientos a los invitados especiales.

Lo concreto es que esta puesta en escena rati­ficó que Cartes es el político fuerte a derrotar, tanto por los sectores internos como por los partidos de la oposición. Y es, también, la prin­cipal razón por la cual antiguos detractores suyos hoy se acercan de nuevo a él doblando el espinazo y tragando toneladas su propia emesis (diccionario, por favor). Aunque, como solía repetir el propio Cartes, algunas sumas restan. He aquí una interpretación profana de la semiótica. Buen provecho.

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