DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

Martín despertaba antes del amanecer, cuando la bruma todavía dormía sobre el muelle de La Ceiba. Durante años, sus camarones viajaban hasta Taiwán, y cada venta le aseguraba alimento para sus hijos, un pequeño ahorro para la escuela y la sensación de que la vida, aunque dura, tenía un orden.

El mar le daba sustento y los tratados comerciales le daban seguridad.

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Todo cambió cuando Honduras decidió romper relaciones con Taiwán. José Chih-Cheng Han, embajador de Taiwán en Paraguay, lo resumió con franqueza: “La ruptura afectó exportaciones superiores a 100 millones de dólares en camarones, y más de 14.000 puestos de trabajo se vieron impactados. China no compró lo que antes compraba Taiwán y las promesas no se cumplieron.

Solo sirvieron para que se rompiera un acuerdo que ahora está perdido”.

También destacó que la pérdida de competitividad provocó que los productos hondureños ingresaran a Taiwán con aranceles, lo que hizo imposible mantener la ventaja que antes tenían frente a otros proveedores.

Pero volvamos a Martín. Los días siguientes fueron una prueba de paciencia.

Las redes regresaban menos cargadas, los clientes desaparecían y la incertidumbre se sentía en cada conversación en el puerto. Martín pensaba en sus hijos, en la escuela, en la comida diaria. La política, que él nunca entendió del todo, golpeaba ahora directamente su hogar.

Aun así, cada amanecer salía al muelle. Revisaba sus redes. Observaba el horizonte y encontraba en el movimiento del mar un consuelo silencioso. No había promesas incumplidas que pudieran detener la fuerza de quienes trabajan.

El puerto estaba más callado, pero la vida continuaba. Mientras hubiera manos dispuestas y ojos atentos al horizonte, siempre habría un camino, aunque los acuerdos se rompan y los tratados desaparezcan.

Y mientras tanto, China continúa ofreciendo grandes promesas: inversión, comercio, oportunidades de crecimiento. Pero, como sucedió en Honduras, muchas veces esas palabras se quedan flotando en el aire, sin que nadie aparezca a comprarlas, sin que los acuerdos se traduzcan en empleo o seguridad para quienes viven del trabajo diario.

La experiencia deja un mensaje claro: detrás de cada promesa incumplida, hay vidas que esperan, redes que se vacían y un puerto que sigue callado, recordando que no todo lo que brilla en el horizonte llega a buen puerto.

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