- Por Juan Carlos dos Santos G.
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La región del Asia-Pacífico vuelve a sacudirse ante una maniobra que ya no puede calificarse únicamente de provocación diplomática: es una señal inequívoca del creciente militarismo chino y de su voluntad de desafiar los marcos jurídicos internacionales.
En los últimos días, un portaaviones, varios destructores y aeronaves del Ejército Popular de Liberación irrumpieron peligrosamente cerca –demasiado cerca– del espacio aéreo y marítimo de Japón. No se trata de un error de navegación ni de una operación rutinaria: es un mensaje político claro.
Japón presentó una firme protesta a la parte china y exigió estrictamente la adopción de medidas para evitar que este tipo de incidentes se repita.
Hace solo algunas semanas, la nueva primera ministra japonesa adoptó una postura más firme respecto a la seguridad del archipiélago y a las pretensiones territoriales de Pekín. La respuesta china fue desproporcionada, innecesaria y cuidadosamente diseñada para intimidar.
En diplomacia, las coincidencias no existen: cuando un Estado decide desplegar aviones de combate a metros de la frontera aérea de otro, está expresando no solo desacuerdo político, sino una voluntad de demostrar poder.China lleva años erosionando la estabilidad regional con una estrategia híbrida que combina expansión marítima, presión económica y demostraciones militares.
Desde el mar de China Meridional hasta el estrecho de Taiwán, ese patrón se ha vuelto evidente. Sin embargo, Japón es una línea roja distinta: es una potencia tecnológica, económica y militar que, además, cuenta con el respaldo explícito de Estados Unidos. Cada incursión china es, en realidad, un test a la arquitectura de seguridad regional.Lo más grave es la abierta indiferencia del Partido Comunista Chino (PCCh) hacia el derecho internacional.
Las normativas sobre espacio aéreo y mar territorial existen para evitar incidentes, para impedir que los errores escalen y para preservar la paz. China, al ignorarlas, demuestra que está dispuesta a asumir riesgos calculados con tal de consolidar su narrativa de potencia inevitable.
El mensaje implícito es inquietante: “Vamos a actuar como queramos, y el resto debe aprender a convivir con eso”.La comunidad internacional debería prestar mucha atención a este episodio. No es un simple episodio bilateral. China está observando qué tan lejos puede llegar sin generar una reacción unificada. Si la respuesta es débil, si la tensión se normaliza, si Japón queda aislado en su defensa diplomática, entonces el precedente será peligroso para todos los países que enfrentan los mismos aprietes de Pekín: Filipinas, Vietnam, Corea del Sur, Taiwán e incluso Australia.
El Asia-Pacífico es hoy el epicentro de la competencia estratégica global. Y mientras China insista en utilizar la intimidación como política exterior, la región vivirá bajo una tensión permanente. Japón, con su nueva primera ministra, tiene el desafío de responder con firmeza pero sin caer en la trampa de la escalada. El equilibrio es delicado, pero necesario.
Sin embargo, a pesar de tener los medios necesarios, Japón mantiene una política pacifista de punta a punta. Su fuerza de autodefensa no dará nunca el primer golpe, porque es contrario a todo lo que la nación ha construido para sí, para la región y para el mundo, luego de la Segunda Guerra Mundial.La pregunta que debe resonar más allá de Tokio es simple: ¿Hasta cuándo se permitirá que China actúe como un actor por encima de la ley? Porque, si el mundo no fija límites claros hoy, mañana el costo será aún mayor. Y cuando las potencias prueban los límites, siempre llega el día en que deciden cruzarlos.