• POR EMILIO AGÜERO ESGAIB
  • Pastor.

En Mateo 20:1-16 encon­tramos la conocida pará­bola de Jesús que nos enseña el “reino de los cielos”, pero desnuda la condición humana de manera cruda y profunda.

Plantea cómo Dios trata con nuestro orgullo, jactancia y sentido de justicia que, al final, no es tan “justa”, pues siempre juzgamos las cosas desde nuestra perspectiva egoísta y nunca podemos llegar a tener una visión correcta de las cosas.

Los versos once y doce nos muestran la actitud tan natural de la naturaleza caída: la queja y la ingrati­tud cuando no recibimos lo que creemos que merece­mos recibir. Se compararon con los demás y se tuvieron autocompasión. Dijeron por sus compañeros de la viña que “trabajaron menos y le hicieron iguales a nosotros” y también por ellos mis­mos que “hemos soportado la carga y el calor del día”. Siempre la comparación conlleva a tomar el papel de víctima para, seguidamente, llenarnos de quejas y amar­guras.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Los seres humanos somos tan egocéntricos que cree­mos que merecemos más de lo que tenemos, creemos que los otros no merecen más que nosotros, nos quejamos de nuestra suerte y critica­mos a Dios y a los que tienen lo que nosotros queremos y no tenemos aunque ya ten­gamos todo lo que necesita­mos. Pedimos algo a Dios, él nos da y después vemos que otro tiene más y nos eno­jamos con Dios porque no nos dio lo que a otro de dio. Somos insaciables, siempre hay algo que creemos que necesitamos y si tuviéramos eso estaríamos agradecidos, pero ni bien recibimos eso ya nos viene en mente otra cosa que nos hace sentir insatis­fechos con lo que creíamos que era lo que necesitábamos para ser felices y resulta que no, que hay algo más y si con­seguimos ese algo más que­rríamos lo siguiente y así somos insaciables en nues­tra codicia. Esto no solo en lo material, también en el matrimonio, pareja, rela­ciones, logros, en todas las áreas de la vida.

Por otro lado, es también ver­dad que los seres humanos somos solidarios por natu­raleza y ser solidario es muy bueno. De hecho, no podría­mos sobrevivir como socie­dad sin la solidaridad y la ayuda mutua, pero la solida­ridad muchas veces también se disfraza de conveniencia, ya que nos conviene ayudar a otros, pues los otros también nos ayudan, pero la gratitud es algo muy ajeno a nosotros. Si somos ingratos con nues­tros padres, ya estamos pre­parados para ser ingratos con todas las demás perso­nas: cónyuge, amigos, patro­nes, sociedad en general, etc.

Una vez leí un sarcasmo que reflejaba de manera muy elocuente nuestra natura­leza ingrata: “¿Quieres ser una mala persona? Pues busca a alguien a quien le hagas mil favores y cuando te pide el favor mil uno, dile que no lo puedes hacer. En ese mismo instante te con­vertirás en una mala per­sona”. Y es verdad así tam­bién somos con Dios. Nos da vida, salud, familia, tra­bajo, deseos, incluso tene­mos todo, pero en la pri­mera prueba cuestionamos su bondad e incluso su exis­tencia. Reconozco que hay pruebas que nos hacen tem­blar y mueven toda nuestra estructura, pero no necesi­tamos pruebas de esa mag­nitud para demostrar nues­tro descontento, por mucho menos estamos dispuestos a quejarnos y ser ingratos con Dios.

La Biblia dice en 1 Tesalo­nisenses 5:18: “Dad gracias por todo, porque esta es la voluntad de Dios para con nosotros en Cristo Jesús”. Nuestro estado constante de gratitud no debe de ser solo por las cosas que Dios nos da, fundamentalmente vivimos en un estado de gratitud por la salvación en Cristo Jesús.

A todos en mayor o menor medida nos incomoda esta parábola, ya que nos parece injusto lo sucedido, pero cuando deponemos el orgullo y la envi­dia empezamos a ser más agra­decidos con Dios y la gente.

Etiquetas: #Los obreros

Déjanos tus comentarios en Voiz