- Por Jorge Torres Romero
Como cada diciembre, el novenario de la virgen de Caacupé vuelve a convertirse en el termómetro espiritual y social del Paraguay. El púlpito –ese espacio sagrado desde donde se predica la fe– también funciona, desde tiempos coloniales, como caja de resonancia de los reclamos del pueblo. No es nuevo: en la historia nacional, muchas veces la Iglesia fue la voz que enunció aquello que la gente murmuraba en silencio. Sin embargo, el gran desafío de este tiempo es que esa voz sea completa, honesta y proporcional a la realidad que vive el país.
En las prédicas de este año abundaron las advertencias, los llamados de atención, la crítica severa a la clase política. Todo eso puede ser legítimo. El profetismo incomoda; esa es su esencia. Pero cuando la homilía se convierte exclusivamente en un inventario de sombras, se corre el riesgo de olvidar que la verdad también está hecha de luces. No se trata de maquillar la realidad, sino de describirla entera.
Sería sano –y necesario– que la autoridad eclesial reconozca no solo las carencias, sino también los avances concretos que el país ha logrado en áreas sensibles como la inversión social, programas de asistencia, infraestructura, salud o educación. No porque el Gobierno necesite aplausos, sino porque la ciudadanía merece una lectura equilibrada. El púlpito no está obligado al optimismo, pero sí a la honestidad.
La crítica sin contexto genera desaliento. Y el desaliento, cuando viene desde un lugar religioso de tanta influencia, corre el riesgo de volverse injusto y paralizante. Si se denuncian las tinieblas, también debería señalarse dónde se encendieron luces nuevas, dónde se construyen respuestas, dónde la política pública hace diferencia en la vida de la gente.
La presencia del presidente Santiago Peña en una de las misas fue un dato político relevante. No fue a marcar territorio ni a confrontar, sino a escuchar. Aceptó las críticas, reconoció que falta muchísimo por hacer y reiteró que los problemas estructurales –salud, educación, pobreza– están siendo enfrentados con planes en marcha. No prometió milagros ni justificó errores: asumió responsabilidades.
Ese gesto, en un país donde la política suele reaccionar con susceptibilidad ante la más mínima observación, es un signo saludable. Así como la Iglesia reclama coherencia y compromiso al Gobierno, el Gobierno también puede esperar de la Iglesia una mirada completa, que reconozca los avances además de señalar los déficits.
La sociedad paraguaya está cansada de extremos: del pesimismo absoluto y del triunfalismo vacío. Caacupé debería ser un espacio para el equilibrio, para el llamado firme a mejorar, pero también para la gratitud por lo que sí se está construyendo. El pueblo quiere escuchar verdades, no catastrofismos; esperanzas, no solo reproches. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

