EL PODER DE LA CONCIENCIA

  • Por Alex Noguera
  • Columnista
  • alex.noguera@nacionmedia.com

El camino de los milagros es incierto, justamente por eso los llaman milagros, ya que nada está asegurado y al mismo tiempo todo es posible. La primera parada de este tipo de manifestaciones será en dos días, el 8 de diciembre, día de la Virgencita de Caacupé, cuando como hormigas, miles de fieles se desplacen por las rutas como si huyeran de un hambriento oso hormiguero. En ese momento, postrados de rodillas en la basílica, en el silencio de la mente, los pensamientos más profundos encontrarán sosiego para hacer pedidos desesperados, agradecer o reflexionar sucesos muy íntimos y personales.

La segunda parada será el día de Navidad, el que, para muchos, el nacimiento del Niño ya obró el milagro al nacer un nuevo día feriado nacional, luego de que el presidente de la República firmara el decreto correspondiente para poder descansar como se debe, ya que es sabido que la comilona del 25, con abundante “hidratación”, es extremadamente extenuante. De ser posible, incluso sería necesario descansar también el 27 de diciembre, para poder reposar en forma el 26.

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Pero la tercera parada milagrosa podría producirse recién dentro de casi cuatro meses, con la llegada de la Semana Santa. Por esas fechas podríamos reiterar esa comilona de Navidad, pero esta vez con una copa de buen vino, ya que no es el caso de ir por la vida brindando con la sangre de Cristo en cartón barato. Semana Santa es más solemne, sin duda, prueba de eso son todas las películas que aprendimos de memoria durante décadas pasadas, desde Ben-Hur, el Arca de Noé, Los Diez Mandamientos, Jesús de Nazareth, Quo Vadis, Barrabás, Rey de reyes, el Manto Sagrado, Marcelino Pan y Vino y hasta Espartaco, versión Kirk Douglas.

Para los verdaderos creyentes, la Semana Santa tiene un profundo significado si recordamos el primer milagro que obró Jesús. Fue en las bodas de Caná y desde esa ocasión no pasa un solo día sin que alguien quiera ver convertida el agua en vino. Ni los caballeros Jedi de George Lucas, con toda la Fuerza, fueron capaces hasta ahora de tal proeza. Bueno, alguna vez será. Mientras, lo único que nos queda es ir volando a la bodega más cercana cada vez que la Essap nos corta el agua.

Pero hablando de milagros, pocos saben el prodigio conseguido por Jesús al devolverle la vista a los ciegos. Sí, y no fue solo a uno, sino a varios. Está el ciego de Jericó (Bartimeo), que sin necesidad de tocarlo lo sana; la segunda vez fueron dos ciegos en Galilea a los que sí toca y recobran la visión: “que se haga conforme a su fe”, refieren las escrituras. En la tercera ocasión fue el ciego de Betsaida, que curó con saliva y contacto físico; y en la cuarta, a través del barro, que puso en los ojos y ordenó ir a la piscina de Siloé para lavarse y tras hacerlo recobró la vista.

Todos estos hechos están descriptos en la Biblia, pero para muchos incrédulos todas esas narraciones son meras fantasías lejanas y los milagros atribuidos cuentos de abuelas.

Pero ¿y si dijéramos que los milagros sí existen? Esta vez no es cuento ni fantasía, sino la más fantástica realidad. La información refiere que el hecho ocurrió el 29 de octubre en Israel, donde el Centro Médico Rambam de Haifa reportó el caso de un paciente legalmente ciego al que le devolvieron la vista, pero no fue a través de la fe sino gracias a un implante de córnea… ¡¡¡impreso en 3D!!!

Para la ciencia, este desarrollo, además de un milagro representa el avance definitivo de la medicina regenerativa y el futuro de la ingeniería de tejidos. Nadie más tendrá que vivir en la oscuridad, opinó el profesor Michael Mimmouni, quien lideró la cirugía del implante.

Como decíamos al comienzo, todos los milagros son posibles. Unos se contentarían con convertir el agua en vino, pero otros somos más exigentes. En alguna revista del Pato Donald, Walt Disney imaginó que el Tío Rico sembraba moneditas en el suelo y al poco tiempo de regarlas crecían plantas, cuyas hojas se convertían en verdes billetes de dinero. Con este método sería interesante dejar de hablar de inflación, de que no alcanzan los productos, que la carne está demasiado cara o que las frutas y verduras en estas fiestas están por las nubes. A veces cansa la miseria, tanto o más que estar ciego.

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