- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
Soy una persona racional. Siempre lo he sido. O, al menos, procuro mantenerme dentro de los límites de lo lógico, lo equitativo y el recto juicio. No dejo, hasta donde pueda, que mis emociones alteren mi intelecto. He aprendido a discernir y a separar las diferencias. Aunque no, quizás, con la habilidad de un cirujano, sino con el lápiz, primero, y las teclas, después (máquinas de escribir y computadoras), me fui entrenando para diseccionar los hechos en busca de claridad. Nunca oculté mi inclinación ideológica hacia el Partido Nacional Republicano. Aclaración que subrayo de tanto en tanto en mis comentarios, para que la gente me lea sin complicaciones. Y cuando tuve que expresar mis puntos de vista sobre la gestión del presidente Santiago Peña, lo hice, remarcando reiteradamente su débil estrategia de comunicación de gobierno, así como la necesidad de una mayor apertura para construir consensos democráticos. Al tiempo de alertar también sobre las perniciosas consecuencias de los entornos complacientes que obstaculizan la autocrítica y la rectificación de rumbos. Desde afuera, el panorama suele resultar más claro y objetivo.
Tampoco guardé bajo la alfombra la urgencia de que el Partido Colorado –vaciado doctrinariamente durante la dictadura de Alfredo Stroessner– retorne a sus raíces y desempolve sus fundamentos programáticos. Debo aclarar que no hay originalidad en esta última preocupación. Viene de lejos. De 1950, cuando el inmaculado Roberto L. Petit reclamaba –hoy, desde la memoria– la creación de un Instituto Doctrinario, para que “la política no solo se sienta, sino que, también, se piense racionalmente”. En los últimos años se multiplicaron los “conferencistas” que marchan de contramano a la verdad histórica y la legitimación ideológica del coloradismo. Y lo hacen en representación del partido. Es comprensible, entonces, aunque no justificable, que algunos jóvenes y otros no tanto ensalcen a líderes de la ultraderecha y fascistas xenófobos disfrazados de demócratas. Me siento, por tanto, calificado para examinar lo que ha ocurrido en estos últimos días dentro y fuera de la Asociación Nacional Republicana.
La plenaria del movimiento Honor Colorado fue atacada duramente por algunos políticos, periodistas y medios de comunicación desde la perspectiva de la manipulación mediática. Quienes se autoproclaman referentes de la sociedad incurren en la falacia ad verecundiamo falacia de autoridad. Y lo hacen con el propósito de presentar una simple opinión como verdad irrefutable. Y también les cabe perfectamente la falacia del hombre de paja o del espantapájaros, en que, desde un argumento falso, se pretende refutar la versión original, distorsionando lo que realmente ha ocurrido. El anuncio de que el actual vicepresidente de la República, Pedro Alliana, será el precandidato –¡ojo!, precandidato– de esta agrupación interna de la Asociación Nacional Republicana me llevó a plantear estos interrogantes: ¿Fue una imposición que ataca al corazón mismo de la democracia? ¿Fue un lanzamiento prematuro? ¿Destruye al sistema de partidos? Ya veremos que no. Empezando por lo último, el multipartidismo está más vigente que nunca. Algunos, más acelerados aun para agrandar la falacia, cuestionaron que el oriundo de la ciudad de Pilar ya sea el “candidato” para los comicios internos y las elecciones generales. Una estupidez redonda, porque primero debe clasificar ante otros rivales para llegar a la final. No asumo la defensa de nadie. Solo describo una realidad que otros prefieren ocultar o crear una versión paralela.
El Partido Colorado –hay que decirlo– fue el que más rápidamente se ajustó a las reglas del torneo democrático, salvo aquel condenable fraude de 1992. Y dentro de esta asociación política los movimientos internos tienen su propia dinámica. Y para no salir de la línea republicana, nos preguntamos: ¿Deberían, también, calificarse como apresuradas o sietemesinas las (pre)candidaturas de Arnoldo Wiens, Luis Pettengill y Lilian Samaniego? Tampoco nacieron de una asamblea popular. ¿O acaso surgieron en el areópago de la antigua Atenas? Al parecer, solo cuando Horacio Cartes, líder del Honor Colorado y presidente de la Junta de Gobierno de la ANR, realiza un anuncio de esta laya, se considera imposición. En cuanto a los plazos, debemos recordar que la política es una actividad que se ejerce sin pausas y a tiempo completo. Lo altamente criticable sería que el vicepresidente de la República se desligara y descuidara ahora mismo sus funciones específicas y obligaciones constitucionales para hacer campaña proselitista.
Vayamos a las municipales. A Camilo Pérez (Honor Colorado) lo consideran un outsider(alguien que vive fuera del mundo político partidario), y hasta le cuestionan su carácter poco afable –que irá, seguramente, limando por el camino–, pero hay que ganarle en las internas. En frente tendrá al experimentado Arnaldo Samaniego (exintendente y actual senador), por Causa Republicana, liderada por su hermana, la también senadora Lilian Samaniego. Ahora sumó el apoyo de Fuerza Republicana, que quedó a cargo del exvicepresidente de la República, Hugo Velázquez. Por su parte, Daniel Centurión, exconcejal municipal y actual diputado, representará al movimiento Colorado Añeteté, de Mario Abdo Benítez. La fisura entre ambos (Abdo Benítez-Velázquez), negada en público, está verificada en los hechos. Estas nominaciones tuvieron el mismo mecanismo dentro de sus movimientos: bastó la sola decisión o elección de sus respectivos líderes. O sea, todos están medidos por la misma vara. Pero solo que cuando hace lo mismo el enemigo, descargan sobre él los rayos de Zeus desde el Olimpo. Como diría el enorme Javier Darío Restrepo, no puede haber periodismo –y política, agregamos nosotros– de calidad sin ética. Buen provecho.