- Por Dr. Juan Carlos Zárate Lázaro
- MBA
- Consultor financiero
La tecnología, en especial las de información y comunicación (TIC), la globalización y desregulación de los mercados, se han convertido en las fuerzas adversas para unos y propicias para otros. La innovación se ha convertido en una necesidad, no ya en una elección y el talento de los profesionales, sino en el principal recurso de las organizaciones modernas.
Si bien el capital y la tecnología se constituyen en factores necesarios, no resultan suficientes para poder vivir en el entorno actual, porque no diferencian a las empresas.
En contrapartida el talento que muestra una compañía dentro de un determinado mercado, junto a su capacidad de innovación y de adelantarse al mercado, no solo le permitirá perdurar en el tiempo sino también tener la posibilidad potencial de cambiar las reglas de juego.
La tecnología y en especial todo lo que atañe a la información y comunicación continúan desarrollándose sin parar e incluso se puede observar que hasta los plazos cada vez más se van acortando. Las organizaciones de este siglo que pretendan sobrevivir y mantenerse competitivas y rentables dentro de un mercado cada vez más “peleado”, no tienen de otra más que tener la ductilidad necesaria para poder adaptarse a las transformaciones que se van dando en el día a día.
Aprovechar las incertidumbres y modificar las reglas de juego de la economía es lo que diferencia a las organizaciones innovadoras y a los profesionales con talento.
Lo que distingue a una empresa que está debidamente “aggiornada” con los avances tecnológicos es el talento de sus profesionales, que se conjuga en la capacidad de poder innovar rápidamente y de relacionarse con el entorno, llevar a cabo alianzas estratégicas y crear un valor agregado tangible al cliente.
Un ejemplo de todo esto se refiere a la cada vez más avanzada tecnología que se da en el campo de la agricultura, estimándose que ya hoy día no menos del 80 % del trabajo que se realiza, y que en menos de 2 décadas, el 2 % de la fuerza de trabajo mundial estaría en condiciones de abastecer los bienes y servicios que se puedan precisar para entonces.
Podemos decir que el panorama ha cambiado radicalmente. El capital necesario para la adquisición de maquinarias y equipos hoy día es mucho más sencillo y accesible que nunca. Gracias a los beneficios que aporta la globalización de los mercados podemos observar que plantas enteras de producción van migrando a otros sitios en busca de menores costes de mano de obra.
Un ejemplo de lo señalado lo constituyen empresas maquiladoras extranjeras que están operando en nuestro país desde hace algunos años y cada vez más se van incorporando otras.
Por otra parte, la complejidad cada vez mayor de la tecnología exige tener disponible a trabajadores con mucho más cualificación para poder manejar los cada vez más avanzados procesos productivos. Hoy día podemos visualizarlo al mundo como mercado y empleado a la vez, como efecto directo de la globalización cada vez más acelerada que estamos viviendo.
Yendo a un ejemplo práctico: un televisor de última gama, una computadora, una agenda electrónica y electrodomésticos poseen una versatilidad de uso antes nunca alcanzada, las prendas de vestir de damas, caballeros y niños para diversos gustos y poder adquisitivo provenientes de diversos países no es otra cosa sino el resultada de la acelerada globalización y modernización de los flujos de procesos que vemos y sentimos todos los días.
La globalización y la desregulación de los mercados han incrementado de forma sensible el número de competidores y las incertidumbres del entorno. “La compañía que se siente la mejor y menosprecia a sus competidores se duerme y tarde o temprano pierde el liderazgo”, señala Jordi Botifoll.