DESDE MI MUNDO
- Por Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
A veces la historia más corta es la que más duele. Nadie me la contó. La viví.
La conocí una tarde en que hacía un calor insoportable, en la sala de espera de una comisaría en Lambaré hasta donde fui a hacer una denuncia tras un incidente en la ruta.
No me dijo su nombre. Tampoco importa. Solo movía los dedos como quien repasa una canción que ya no quiere cantar. Tenía 19 años y un bebé dormido en el pecho. Había llegado caminando, con lo puesto, después de escapar de una casa donde los gritos ya eran una triste rutina cotidiana.
“No sé si sirve de algo denunciar”, me dijo sin mirarme. Y ahí, en ese susurro, sentí una profunda tristeza.
Porque su historia no es la única. Apenas es una hebra más en una trama apretada que en estos días vuelve a mostrarnos lo que somos: un país donde la violencia contra la mujer se repite como un eco que nadie logra apagar.
Un país donde seguimos contando muertas, contando huérfanos, contando cicatrices.
El Observatorio del Ministerio Público volvió a poner cifras sobre la mesa. Cifras frías, pero necesarias. En dos años ingresaron 66.349 causas de violencia familiar, y de cada 100 víctimas, 66 son mujeres. Lo repetimos tanto que parece normal: tres mil denuncias por mes, cien por día. Cien historias como la de aquella chica de la comisaría, multiplicadas hasta el hartazgo.
Pero no es solo eso.
El abuso sexual en niños, ese agujero negro moral que nos atraviesa, suma más de 6.100 causas en dos años. Y allí, 8 de cada 10 víctimas son niñas. Sí, en lo que vos lees estas líneas alguna niña está siendo abusada en algún lugar.
La coacción sexual, la violación, el acoso, la trata, la pornografía infantil… organismos distintos, mismos cuerpos golpeados. Mismos silencios. Mismos miedos. Y está, claro, el extremo final de la escalera: el feminicidio.
Este año ya contamos 33 mujeres asesinadas. Treinta y tres vidas que no van a volver a casa. Treinta y tres nombres que no voy a escribir acá porque merecen más que una lista.
Pero sí voy a decir algo que debería abrumarnos, dolernos en el alma: 64 hijos quedaron huérfanos. Sesenta y cuatro chicos que se despertaron una mañana sin su madre.
En Paraguay, entre enero y octubre, se registraron más de 31 mil denuncias por violencia intrafamiliar. Es como si cada día amaneciéramos con un grito nuevo.
Un grito que nadie escucha.
Sé que las instituciones dicen que hacen lo que pueden. Hablan de protocolos, de investigaciones, de oficinas que no dan abasto. Y ojalá todo eso alcance algún día. Pero yo vuelvo a pensar en esa joven en la comisaría, con su bebé dormido y su voz hecha cenizas. Con esa resignación que hiere.
Lo veamos o no en la tele, la violencia siempre tiene un rostro antes de convertirse en estadística. Tiene una mirada perdida, una duda, una frase que se quiebra: “¿Servirá de algo?”.
Hoy, más que nunca, deberíamos ser capaces de que esa duda encuentre compañía.
Que ningún susurro vuelva a sentirse solo en una sala de espera de una comisaría. Porque cada cifra es una vida, y cada vida merece algo mejor que un país que solo aprende a contar cuando ya es demasiado tarde y se convierte en un número que no tiene nombre.
Pero si, esa es… otra historia.