• Por Jorge Torres Romero

Hay temores que no surgen de la imaginación, sino de la memoria. La semana pasada apareció en un acto político el expresidente Mario Abdo Benítez. Sin ruborizare por el bochornoso gobierno que tuvo, lamentó que Santiago Peña lo recuerde siempre. Y sí, a Abdo hay que recordarlo siempre.

En Paraguay, el eventual regreso del equipo político que acompañó al expresidente Mario Abdo Benítez no es una hipótesis abstracta: es un recuerdo fresco de lo que significó su gestión para la estabilidad institucional y económica del país.

La Biblia ofrece una metáfora contundente sobre estos retornos destructivos. En 1 Pedro 5:8 se advierte: “Porque vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar”.

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El mensaje es claro: hay presencias que, cuando reaparecen, no vuelven para construir, sino para devorar doblemente lo que encuentran a su paso.

En 2018, Horacio Cartes dejó un país con orden macroeconómico, programas sociales estabilizados, obras públicas en ejecución y finanzas públicas bajo control. No era un paraíso, pero sí un Paraguay previsible, con reglas claras y una conducción política articulada.

La llegada de Mario Abdo significó exactamente lo contrario. Su administración se caracterizó por parálisis de gestión y pérdida de rumbo político, crisis energética y diplomática por el caso Itaipú 2019, uno de los episodios más graves de improvisación en décadas; endeudamiento acelerado sin una correspondencia clara en obras o impacto social; desgobierno interno, con ministros enfrentados y un presidente ausente en los grandes temas; persecución política disfrazada de institucionalidad, con un uso faccioso de organismos que deberían haber sido técnicos.

La metáfora bíblica vuelve a cobrar fuerza: aquello que se había construido con años de esfuerzo fue devorado por un equipo que llegó sin proyecto, sin visión y sin capacidad.

Cuando Santiago Peña asumió, heredó el desgaste de un Estado ralentizado, presiones fiscales, obras frenadas y un clima político envenenado. Sin embargo, en poco más de un año, los indicadores muestran crecimiento económico superior al promedio regional; reactivación de obras estratégicas; récord de inversión social en salud pública y en programas como Hambre Cero y viviendas; aumento del empleo formal y dinamismo del consumo; orden macroeconómico recuperado, con perspectiva positiva de calificadoras internacionales; un Paraguay más visible y respetado en el plano internacional, con acuerdos, negociaciones y presencia geopolítica activa. Es decir, se reconstruyó lo que se había destruido. Se sembró donde se había quemado. Se ordenó donde reinaba el caos.

El mayor peligro para un país no es repetir los errores, es olvidar quién los cometió. El eventual retorno del “abdismo” no sería un cambio de estilo: sería un retroceso histórico hacia la improvisación, el revanchismo político y la incapacidad administrativa.

La advertencia bíblica sigue vigente: aquello que ya devoró una vez, cuando vuelve, devora doblemente. Paraguay ya vivió esa experiencia. No necesita repetirla.

Porque la memoria democrática no debe ser selectiva: recordar a Mario Abdo y a su equipo es un deber cívico para que el país no vuelva a caer en la misma trampa, en la misma parálisis y en el mismo deterioro que ya conoció.

El país avanzó, está ordenado y con números superiores en lo social, económico y diplomático. Hoy, más que nunca, es momento de advertir: lo que destruyó una vez, si vuelve, destruye dos veces. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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