- Por Carlos A. Primo Braga
- Profesor de FDC, Brasill
La Pax Americana reflejó la hegemonía económica y militar de los Estados Unidos en las últimas décadas. La expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la influencia estadounidense en las instituciones de gobernanza multilateral –como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial–, la omnipresente cultura norteamericana y la globalización económica facilitada por las negociaciones comerciales basadas en los principios del General Agreement on Tariffs and Trade (GATT, 1947), que se convertiría en uno de los pilares de la Organización Mundial del Comercio (OMC, 1995), fueron algunas de las marcas distintivas de ese período.
En el ámbito geopolítico, la dominancia de los Estados Unidos era desafiada por la Unión Soviética y su bloque “aliado”. Sin embargo, con el colapso de la URSS (1991), la hegemonía económica y militar estadounidense parecía indiscutible. Se popularizó entonces la tesis propuesta por Francis Fukuyama de que habíamos alcanzado el “fin de la historia”. Según esta perspectiva, existía una aspiración global hacia la adopción de sistemas democráticos y del neoliberalismo económico.
En las últimas décadas, no obstante, las crisis financieras, la asertividad militar de Rusia y la expansión y resiliencia del sistema autocrático chino han desafiado dicha narrativa. El ascenso económico y militar de China se ha traducido en una influencia creciente en el ámbito geopolítico, en el comercio internacional y en las estructuras de gobernanza global. En otras palabras, surge la pregunta: ¿hasta qué punto estamos presenciando el final de una era o incluso el inicio de una Pax Sinica en el siglo XXI?
Esta cuestión adquiere una relevancia particular en el caso de los países de América del Sur. La participación de China como destino de las exportaciones de la región ha evolucionado de forma significativa en las últimas décadas. Esa participación, que típicamente era inferior al 2 % en el año 2000, posiciona hoy a China como el principal socio comercial de la mayoría de los países sudamericanos. En 2024, por ejemplo, el mercado chino absorbió aproximadamente 40,5 % de las exportaciones del Perú, 38,6 % de las del Chile, 28,3 % de las del Brasil, 27,3 % de las del Uruguay, 16,4 % de las de Bolivia, 11,8 % de las de Venezuela y 7,7 % de las de la Argentina.
Las exportaciones sudamericanas hacia China se concentran en minerales (cobre, mineral de hierro), petróleo y productos agrícolas (particularmente soja). Las importaciones procedentes de China, por su parte, se concentran en maquinaria y equipos, vehículos eléctricos y productos de alta tecnología (computadoras, teléfonos móviles). Esta asimetría es especialmente marcada en el caso del Paraguay, el único país de la región que no mantiene relaciones diplomáticas con la República Popular China (RPC) debido a su reconocimiento oficial de Taiwán. Las exportaciones paraguayas hacia la RPC representan apenas alrededor del 0,3 % del total de sus exportaciones, mientras que las importaciones provenientes de China alcanzaron cerca del 33 % del total de sus importaciones en 2024.
La actual administración Trump también ha adoptado una política arancelaria agresiva, abandonando las reglas multilaterales de comercio de la OMC. Esta tendencia se expresa de manera explícita en el caso del Brasil, que enfrenta el arancel unilateral más alto impuesto a los países de la región (50 %), y en el caso de Venezuela, que enfrenta amenazas militares en el contexto de una campaña contra el narcotráfico. El gobierno de Javier Milei, por su parte, ha recibido un trato preferencial y líneas de crédito (con una disponibilidad de 20 mil millones de dólares mediante un instrumento de currency swap) que influyeron en los resultados de las recientes elecciones parlamentarias en la Argentina.
Las amenazas de la administración Trump están siendo ahora complementadas con acuerdos comerciales con Argentina y Ecuador, que reducen algunas de las tarifas impuestas. Pero la realidad es que, al resucitar el espíritu de la Doctrina Monroe (1823) y el concepto de “esferas de influencia”, Estados Unidos está generando incentivos adicionales para una diversificación comercial de la región hacia Europa y Asia.
El creciente protagonismo de China en el comercio internacional de América del Sur plantea interrogantes sobre la vulnerabilidad geopolítica de los países de la región. Las naciones sudamericanas deben gestionar el peligro de la llamada “trampa de Hirschman” –es decir, el riesgo de una dependencia excesiva de su comercio con una gran potencia– y el conflicto potencial derivado de una dependencia simultánea del mercado chino en medio de la política mercantilista de la administración Trump.