- Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
Hay una conexión profunda y fundante entre Carl Ransom Rogers (1902-1987), psicólogo estadounidense, notable exponente del enfoque humanista en psicología y Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), polímata suizo francófono.
Una corriente subterránea que parece enlazar sus pensamientos a través de los siglos, como ese flujo vital del que hablaba Heráclito de Éfeso (535 a.C.- 480 a.C.), filósofo griego presocrático.
Ambos pensadores, desde contextos históricos y disciplinas distintas, confluyen en una mirada confiada y reverente hacia la naturaleza humana, entendida como esencialmente buena, creativa y orientada hacia su propia realización.
Continuar esta línea implica reconocer que, para Rousseau, la bondad humana no era una mera esperanza moral, sino una convicción ontológica. En su planteamiento, el ser humano en estado natural posee una inocencia primigenia, una pulsión hacia la cooperación, la autenticidad y la compasión.
Esta intuición rinde homenaje a una fuente de humanidad que precede a cualquier construcción cultural: una chispa de dignidad intrínseca, siempre presente y siempre recuperable. Rogers, siglos más tarde, retoma este legado naturalista y lo reubica en el corazón de la psicoterapia humanista.
Su confianza en la tendencia actualizante no es otra cosa que la actualización clínica y experiencial de la bondad innata que Rousseau defendía filosóficamente.
Para Rogers, cada persona es un organismo dotado de una dirección constructiva, que busca el crecimiento, la coherencia interna y la expansión de su propia autenticidad.
Incluso en los momentos de mayor sufrimiento, confusión o desorganización, subsiste en el individuo un núcleo sano que anhela manifestarse.
Este nexo entre los dos eruditos revela una visión enérgicamente positiva del ser humano, que no niega sus conflictos ni sus sombras, pero que los interpreta como desvíos del camino más que como su esencia.
La fluidez de la experiencia, el tránsito existencial en constante transformación y la capacidad de valorar y construir el propio ‘yo soy’, adquieren sentido en la medida en que se reconoce esa raíz de bondad que impulsa a cada individuo.
Heráclito ya había señalado que todo fluye, que nada permanece estático; Rogers y Rousseau agregan que en ese fluir hay una dirección ética y vital que orienta al sujeto hacia su despliegue más pleno.
Así, la conexión filosófica entre ambos se sostiene en un fundamento compartido: la confianza radical en la humanidad.
Una confianza que no es ingenua, sino profunda; que no es dogmática, sino experiencial; que no pretende negar la complejidad humana, sino recordar que en su núcleo más íntimo reside una potencia creadora, responsable y auténtica.
Esta mirada invita a comprender al ser humano no desde el déficit o la desviación, sino desde la posibilidad. No desde la sospecha, sino desde el respeto. No desde el control, sino desde la libertad. Rousseau ofrece el mito originario de la bondad; Rogers ofrece la metodología para volver a ella.
Ambos convergen en la afirmación de que la humanidad se rehace cuando se le permite ser, cuando se la acompaña sin condiciones, cuando se confía en su capacidad esencial de orientarse hacia el bien. En esa convergencia se encuentra una fuente trascendente que continúa inspirando a la humanidad, antes, ahora y siempre.

