• Por Aníbal Saucedo Rodas

Vivimos tiempos de discontinuidad histórica. De ruptura generacional de la memoria. En nombre de una aparatosa posmodernidad despreciamos el pasado como referencia para un presente que ambiciona dar un salto cualitativo al futuro deseado. Altisonantes nuevos lectores de la realidad se preparan para reconstruir el edificio directamente desde el techo, sin considerar los cimientos que le permitieron llegar hasta esa altura. Ningún relato puede sostenerse desde la generación espontánea, porque terminará siendo falso o frágil ante otras narrativas. Se predica una doctrina engañosa, desprendida de sus fundamentos valóricos y pensamientos humanistas.

En esas aguas agitadas de confusión los oportunistas son los que mejor pescan, provocando indiferencia o decepción en una mayoría silenciosa y desarraigada que ha perdido afecto por una causa. Esa pérdida es directamente proporcional al desconocimiento de las razones que le llevaron a adherirse a un movimiento social o a un partido político, por ejemplo, que tuvieron como fuente la emoción. O, si fue un acto consciente, el cotejo de la teoría con la praxis puede provocar frustraciones –y su consecuente deserción– para quienes no poseen el suficiente carácter para reclamar, y enseñar con el ejemplo, la imprescindible coherencia entre el pensamiento y la acción cotidiana. Aunque más no sea una voz en el desierto.

En estos tiempos, insisto, de relativismo desaforado, en que el hombre y sus intereses subjetivos son la medida de todas las cosas, es absolutamente impostergable retornar a las raíces identitarias y reafirmar la certeza de lo que fuimos y queremos ser. En este contexto ubico al Partido Nacional Republicano, que es la asociación política a la que estoy adscripto por convicción ideológica y porque la tradición de sus más preclaros líderes intelectuales lo posicionan en la permanente lucha por la justicia social como el fin último del poder.

Semanas atrás, el profesor Mario Ramos Reyes, desde Kansas, Estados Unidos, donde es catedrático universitario, me comentaba que estaba releyendo a don Víctor Morínigo. Una lectura que debería ser obligatoria para los colorados. Apenas días después publica un artículo en un diario colega sobre “La Iglesia colorada: de herejes y apóstatas”. Decía en su escrito que “El coloradismo –y el liberalismo, que no se queda atrás en esto– ha perdido su consistencia intelectual y su altura moral. Ambos y ambas. El añejo relato romántico de los héroes civiles, de Eligio Ayala a Waldino Ramón Lovera, persiste apenas como una leyenda piadosa. Sin embargo, esa narrativa –esa mística de identidad– fue mucho más en el ADN del coloradismo. Lo comprendió bien Víctor Morínigo, quien, parafraseando a su maestro Natalicio González (1897-1966), recordaba que el partido fue, en su mejor hora, algo más que una institución política: fue mística de una nación, el espíritu de un pueblo que encarnaba la identidad nacional”. Una sola aclaración: “Vida y pasión de una ideología” es obra de Natalicio González, con prólogo de Víctor Morínigo. Y agrego yo: Esa es la época a la que no solo debemos añorar, sino regresar, para encarar la política con posibilidades de futuro. Y no solo electoral. Observación: el comentario del profesor Ramos Reyes se originó en la derrota del Partido Colorado en Ciudad del Este el pasado 9 de noviembre.

Y tiene razón: Hay que releer a don Víctor Morínigo, sobre todo sus “Ensayos y escritos”, publicado en 2004 bajo la dirección y el prólogo de Marcial Valiente. No proviene de una familia tradicionalmente colorada, al revés, pero fue uno de los más notables ideólogos que tuvo el partido. “Nació (1898) en Asunción, en el seno de una prestigiosa familia de la sociedad paraguaya. Hijo de un dirigente del Partido Liberal, era sobrino del prominente director del liberalismo, don Adolfo Riquelme, y ahijado de bautismo del jefe máximo de una de las corrientes principales de ese partido, don Manuel Gondra”, escribe Valiente. Atraído por la sólida formación intelectual de Natalicio González, decide incorporarse al Partido Nacional Republicano, con quien iniciará la “cruzada de liberar al país de la estructura nefasta del Estado Liberal que predicaba la libertad y organizaba la opresión, para sentar en su reemplazo las bases de un Estado paraguayo autóctono, forjado de experiencias pasadas y de grandiosas esperanzas”.

Vuelve a tener razón el maestro Ramos Reyes cuando afirma que, para muchos intelectuales republicanos, como don Víctor Morínigo, el coloradismo fue más que una institución política. Guillermo Enciso Velloso, del sector “democrático”, antagónico al “natalicismo”, referido por Roberto L. Petit, sostenía: “El coloradismo es una religión, un misticismo político de fuerte dinamismo que llega a mover y dirigir toda la actividad humana y social del individuo. Es esta poderosa energía ética, enraizada en lo más hondo de la personalidad colorada, la que ha hecho posible no solo la supervivencia del partido a través de más de treinta años de cruentas persecuciones (…), sino su actual poderoso resurgimiento en todos los ámbitos de la República”.

En cuanto a la presencia de herejes y apóstatas dentro del partido, se debe principalmente a su larga tragedia de buscar prosélitos para ganar elecciones y no conversos para defender y enriquecer su línea ideológica. Lejos estamos de aquellos días en que don Víctor Morínigo, condenado a la indigencia por la dictadura de Alfredo Stroessner (le robaron su casa y saquearon sus bienes), no renegaba, sin embargo, de su fe doctrinaria: “Después del honor de ser paraguayo, no existe otro más grande que el honor de ser colorado”. Buen provecho.

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