• Por Paloma Strubing
  • Federación Juntos por la Inclusión

Hace poco pude ver de otra manera algo sobre lo que muchas veces discutí con mi amigo Ariel. Para mí él siem­pre le estaba buscando el pelo al huevo, enfocándose en lo que falta en vez de en lo que se está haciendo.

Hasta que recientemente me lesioné y pude vivenciar en carne propia muchas de las barreras con las que las personas con discapacidad se encuentran diariamente. Barreras que sabía que exis­tían porque trabajamos dia­riamente desde la Federa­ción para derribarlas, pero que terminé de dimensio­nar recién cuando las sentí en la piel.

Me di cuenta de que es muy fácil ver el vaso medio lleno cuando una parte de ese vaso está hecha de privile­gios que damos por sentado, como si todo el mundo arran­cara desde el mismo punto de partida.

Y no: cuando se trata de dis­capacidad, son tantas las tra­bas cotidianas que es lógico el cansancio, la frustración y hasta el enojo. Pero no podemos quedarnos solo en la queja, porque su vida es ahora. Ahora necesitan acce­der a la escuela, ahora necesi­tan que les enseñen teniendo en cuenta sus capacidades, tiempos y ritmos, ahora necesitan movilizarse por la ciudad de manera autó­noma y segura, ahora nece­sitan acceder a un trabajo que les permita mantenerse solos. La vida no espera a que la sociedad aprenda y se ade­cue, la vida sigue pasando.

Por eso, si bien no elegi­mos dónde ni cómo nacer, sí podemos elegir qué hacer con lo que nos tocó. Podemos elegir accionar, usar nues­tro privilegio como herra­mienta poderosa para ayu­dar a derribar barreras.

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