- Por Juan Carlos Dos Santos G.
- juancarlos.dossantos@nacionmedia.com
A veces, la historia deja capítulos abiertos. Algunos se transforman en meras discusiones académicas; otros, como el conflicto territorial entre Japón y Rusia por las islas del norte, siguen teniendo consecuencias diplomáticas casi ocho décadas después. Lo llamativo es que, a diferencia de los grandes litigios del siglo XX, este no nació de diferencias limítrofes ni de ambiciones territoriales previas, sino de una ocupación militar realizada en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.
Cuatro islas, dos memorias
Las islas en disputa –Etorofu, Kunashiri, Shikotan y Habomai– conforman un pequeño archipiélago que separa el Pacífico Norte del mar de Ojotsk. Para Japón, forman parte de su historia mucho antes de la irrupción soviética en la región. Para Rusia son un botín de guerra tras la victoria en 1945 a pesar que en 1855, se firmó un tratado de amistad ruso-japonés que estableció la frontera definitiva en esa zona, por tanto, estas cuatro islas septentrionales permanecen ocupadas por Rusia sin ningún fundamento legal.
Es esta doble memoria la que mantiene a dos potencias sin tratado de paz desde hace casi ochenta años. Un detalle sorprendente, considerando que ambos países reconstruyeron sus economías, redefinieron sus gobiernos y atravesaron tensiones globales sin que esa firma pendiente haya encontrado su momento.
Una ocupación surgida del vacío
Cuando la Unión Soviética desembarcó en estas islas, Japón ya estaba derrotado. La ocupación no fue parte de un conflicto previo entre ambos países; tampoco respondía a viejas disputas por fronteras. Fue una maniobra militar ejecutada mientras el Imperio japonés colapsaba y Estados Unidos preparaba el cierre definitivo de la guerra.
El entendimiento posterior siempre fue que un tratado de paz establecería el destino final de estas islas. Ese tratado nunca se firmó. Y ese vacío jurídico es el elemento que más resiente Japón hasta hoy: una ocupación sin acuerdo final y un territorio que, a su juicio, quedó atrapado en un limbo histórico.
El peso de la geopolítica moderna
Rusia, heredera de la URSS, sostiene que el control actual es innegociable. No solo por razones históricas, sino porque las islas son estratégicas: permiten controlar una ruta vital hacia el Pacífico y ofrecen proyección militar en una zona clave del hemisferio norte. Moscú ha invertido en infraestructura civil y militar en estas islas, enviando un mensaje claro a Tokio: la devolución no está sobre la mesa.
Del otro lado, Japón insiste en que al menos dos islas –Shikotan y Habomai– deben regresar a su soberanía. No solo por una cuestión sentimental o histórica, sino porque así lo sugerían acuerdos preliminares de la posguerra. Incluso hubo un compromiso verbal en la década de 1950 para entregarlas tras la firma de un tratado de paz, pero la Guerra Fría congeló cualquier avance real.
Una injusticia que persiste
Desde la óptica japonesa y de muchos analistas internacionales, la situación es profundamente injusta y ese pensamiento japonés se sustenta en tres pilares muy simples:
- Las islas eran japonesas antes de 1945.
- La ocupación soviética fue posterior a la rendición de Japón.
- El tratado que debía decidir el futuro de estas tierras jamás se firmó.
Desde esta perspectiva, el conflicto no responde a la lógica típica de los vencedores y vencidos, sino a un episodio inconcluso que quedó congelado en el tiempo. Un recordatorio de que la Segunda Guerra Mundial no concluyó con la misma nitidez en toda la geografía.
Un siglo sin cerrar
Hoy, la disputa sigue siendo un símbolo de esa parte de la historia que nadie terminó de escribir. Rusia no muestra señales de retroceder y Japón continúa formulando reclamos diplomáticos en un contexto global cada vez más complejo.
Mientras tanto, estas cuatro islas permanecen allí: pequeñas, remotas, pero cargadas de un peso político que supera su tamaño. Son, en cierta forma, un fragmento del siglo XX que sigue respirando dentro del siglo XXI.