- POR CARLOS MARIANO NIN
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Marko tenía nueve años y una mochila azul. Corría por el Callejón que habían llamado: “de los francotiradores” buscando pan, sin saber que alguien lo observaba desde lo alto de la colina con una mira telescópica.
No era un soldado. No era un enemigo. Era un turista: un empresario, un abogado, un cazador rico aburrido que había pagado lo que hoy serían cien mil euros para matar por placer.
Si, no leíste mal.
Las cifras son frías, pero necesarias: más de 11.000 civiles muertos, incluidos 1.601 niños, 100.000 víctimas en total, entre 1992 y 1996, y una ciudad reducida a ruinas. El documental Sarajevo Safari ya lo había insinuado en 2022, pero ahora hay pruebas más duras, nombres, rutas, y una investigación judicial en marcha. Crímenes contra la humanidad, que dicen los fiscales, no prescriben.
Y no deberían.
Es terrible. Mientras la ciudad agonizaba y la comida escaseaba, ellos convertían la guerra en un safari humano. Subían en aviones o furgonetas desde Milán, Trieste o Belgrado, guiados por milicianos, y elegían a sus “presas”: mujeres, ancianos, soldados, niños. Y si el blanco era un niño, el precio subía, como si la crueldad fuera un lujo más y el desquicio un valor.
Treinta años después, un periodista italiano, Ezio Gavazzeni, rompió el pacto de silencio. Un dossier de 17 páginas llegó a la Fiscalía de Milán con testimonios de exoficiales bosnios, correos electrónicos, referencias de inteligencia y alertas del Servicio de Seguridad e Inteligencia Militar italiano que no fueron escuchadas en su momento. Allí aparecen al menos cinco italianos identificados, y decenas más sospechosos: abogados, notarios, empresarios, todos con la misma fascinación perversa por el poder de matar.
Estos hombres regresaban a sus mansiones después de cada “cacería”, como si nada hubiera pasado. Firmaban contratos millonarios, cenaban con sus familias, dormían tranquilos.
Nadie quería mirar el eco de sus balas. Nadie quería enfrentarse a la verdad: el horror podía ser un hobby para quienes tienen dinero y ausencia de conciencia. En realidad, Marko no existió, pero existieron miles como él. Sus nombres no aparecen en los balances ni en las estadísticas oficiales, pero quedaron en los muros de Sarajevo, en los agujeros de bala que todavía cuentan la historia de una ciudad sitiada.
No escribo esto para indignar, sino para recordar que la crueldad no desaparece: cambia de forma, se esconde tras trajes caros y tarjetas de crédito. Los mismos que un día pagaron por matar pueden hoy dar conferencias sobre liderazgo o filantropía. El dinero limpia la sangre, pero no el alma. Y yo, pienso en la frase que siempre repite Carlos Martini: “Homo homini lupus”, “el hombre es lobo del hombre”… porque hay guerras que terminan… y otras que, simplemente… cambian de traje.
Pero esa, es otra historia.

