• Por Marcelo Pedroza
  • Psicólogo y magíster en Educación
  • mpedroza20@hotmail.com

La expresión de gratitud puede manifestarse una y otra vez. La multitud de oportunidades para vivirla se transforma en una fuente constante en el devenir de la vida. En la presencia está la luz que la enciende. En el acto sencillo su contundente efecto. Un amanecer incita a levantar la mirada hacia el horizonte infinito, hacerlo es un encuentro con la tranquilidad. La causalidad se evidencia. Donde hay paz hay mucho por agradecer.

Los sentidos habilitan su acceso, en ellos el estado de gracia es potencia pura, hay que activarlos a través de la constante conciencia de su natural compañía, son los recursos poderosos que yacen en el interior de cada ser. Aquella mirada citada en el párrafo anterior puede tener muchos destinatarios para dirigirse y admirar. Orientarla hacia el otro y detenerse en su inmensidad, que vive en su integridad. A lo que Adler llamó individual, debido a que no se puede dividir, separar o fragmentar. Alfred Adler (1870-1937), médico y psicoterapeuta austriaco, fundador de la escuela conocida como psicología individual la abordó contemplando su contexto relacional, desde donde la integridad del ser trasciende.

Sin prisa y a su debido tiempo se conectan lo auditivo y lo visual. Para escuchar y para apreciar se requiere atención, es la que siempre dará el acceso a la claridad ante lo que se vive. El sendero de los pasos fomenta la plena vigencia del valor de los procesos, es uno a la vez, es ahora el momento de sentirlo y asumirlo en calidad de totalidad. Así se acredita la lección que indica que la vida es el día, y el día es lo que se transita desde el pensar y el decir de la jornada. Habla la gratitud por medio de las acciones.

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La naturaleza es la madre de la presencia. Las raíces sostienen lo que se puede palpar, no todo lo que se ve dimensiona lo que es. Hay que profundizar para contemplar la belleza que impregna un pétalo. La contundente unión entre lo visible y lo invisible deleita a la plenitud del vivir.

El elogio a lo simple estimula el instante que se respira. Es ilimitado el alcance de las consecuencias de la finitud. En el sosiego nace el agradecimiento. Su luminosidad es proporcional al silencio que genera.

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