Pasaron 35 años desde que en 1990 fuera inaugurado el puente San Roque González de Santa Cruz, entre Encarnación y Posadas, y hoy es el paso terrestre más importante entre Argentina y Paraguay, que como anécdota solo el año pasado reportó un flujo migratorio masivo de unos 4,4 millones de personas.
A pesar de que el valor del billete de G. 100.000 con el rostro del santo cada vez se muestra más devaluado por los constantes incrementos de precios, sobre todo los de la carne, sin embargo, los datos más recientes de las transacciones comerciales en el BCP revelan que las ventas crecieron 8,4 % en el mes de setiembre.
Pero nuestro viaje de hoy no apunta hacia el aspecto económico, sino que nos trasladamos hacia el pasado, a unos 400 años atrás, cuando todavía ni siquiera existía la ciudad de Encarnación.
¿Ciudad? No. Ni siquiera había caminos. Solo follaje espeso, impenetrables selvas con animales salvajes, clima pesado con el caudaloso río Paraná de fondo y los peligrosos indígenas acechando eran la imagen cotidiana de los pocos colonos y religiosos que pretendían crear el nuevo mundo.
Pueden imaginar que el nombre de nuestro protagonista es el del niño Roque, nacido en 1576 en el seno de una familia colonial influyente de la Gobernación de Paraguay. Tal vez las nociones de educación moral y de justicia recibidas desde pequeño cultivaron su espíritu y despertaron en él su vocación hacia la religión.
Pese a no haber ingresado a la Compañía de Jesús como pretendía, a los 22 años hizo méritos suficientes para ser ordenado sacerdote diocesano y comenzó su tarea misionera con los jesuitas. Era el inicio de su labor en las reducciones indígenas.
Con el ímpetu de su juventud, se rodeó de compañeros idealistas que luchaban por el bien y apoyados en su norte evangelizador enfrentaban los abusos cometidos por los encomenderos o aplacaban la violencia de la colonia o peor, el esclavismo de los sanguinarios bandeirantes.
Era una época muy oscura, pero el pionero de las Reducciones Jesuíticas tenía la virtud de hablar con fluidez el idioma guaraní, con el que no solo enseñaba, protegía y cultivaba a los indígenas, sino que al mismo tiempo fundaba las futuras ciudades del Paraguay, entre ellas la actual Encarnación (1615) cuando apenas tenía 39 años, Nuestra Señora de la Fe o Yapeyú.
Un día como hoy, debido a un levantamiento hostil, Roque junto con sus compañeros jesuitas Alonso Rodríguez y Juan del Castillo intentaron calmar los ánimos y se trasladaron a la zona del actual Río Grande do Sul, hasta la reducción de San Nicolás, donde el 15 de noviembre de 1628 fueron capturados, asesinados y quemados por la tribu del cacique Ñezú, quien estaba en contra del cristianismo.
En esa selva escondida de la fe y más oscura que nunca, según relatos de la época, el corazón de Roque “permaneció incorrupto” después del incendio, lo que dio pie al inicio de la veneración del futuro santo, que fue beatificado en 1934 por el papa Pío XI y canonizado el 16 de mayo de 1988 por el papa Juan Pablo I.
Ni toda la oscuridad de la selva o de la bárbara ignorancia de los hombres pudieron ocultar la luz de Roque, cuya fe hizo realidad un puente que nadie hubiera soñado hace casi 450 años cuando él nacía. Millones de personas cruzan por ese paso y su nombre brilla en la historia como el primer santo católico de Paraguay.
El martirio del hoy San Roque González de Santa Cruz ocurrió un 17 de noviembre, dos días antes de su cumpleaños número 52.

