EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@nacionmedia.com
No es muy difícil percatarse de quiénes estuvieron volando toda la noche en sus escobas y le dieron con todo al trago para celebrar Halloween y quiénes amanecieron “sanitos”, con la intención de enaltecer este 1 de noviembre, Día de Todos los Santos.
En este tamiz podemos encontrar a varias brujas, porque como se sabe, de que las hay, las hay, sin duda, aunque algunas se maquillen como princesas de cuentos de hadas, en Halloween se desbordan y muchas amanecen con los sombreros de punta tirados en cualquier rincón y tratan de esconderse de la luz al mejor estilo del conde Drácula, para seguir la siesta.
Es curioso observar en el almanaque dos días tan distintos y tan juntos a la vez como la noche y el día, como la juventud y la vejez, como los hechizos y el recogimiento… como el desenfreno y el recuerdo.
Precisamente el recuerdo es el tema central de este sábado, en el que el calendario se detiene para rememorar el pasado e invitar a los que ya no están a no olvidar a los que alguna vez amamos.
Este día, la tradición cristiana evoca a los que alcanzaron la santidad, aunque sus nombres no aparezcan en las páginas oficiales de los santos, es el día en el que los seres invisibles mantienen unido el espíritu de la humanidad, en esa eterna lucha contra el mal.
Esta celebración, que nació hace más de mil años atrás, y que reverencia la fragilidad de las flores, el simbolismo de las velas y los silencios compartidos profundos, contrasta con el día en el que las bombas siguen sin respetar la vida, en el que los niños tienen los ojos secos de lágrimas y en el que el miedo aún cubre el mundo con su manto de oscuridad.
Si escarbamos un poco en la historia, vemos que el origen del Día de Todos los Santos se remonta al siglo IV, cuando entre sus nuevos ritos, los primeros cristianos comenzaban a rendir homenaje a los mártires que habían ofrendado su vida por la fe.
A través del tiempo, esos gestos sublimes de amor por el prójimo fueron tantos, que la Iglesia reconoció la necesidad de dedicarles un día especial a todos esos mártires.
Aunque originalmente el Día de Todos los Santos se celebraba cada 13 de noviembre –como una festividad pagana que recordaba la noche de Samhain–, fue el papa Gregorio IV, en el año 835, quien decidió honrar ese día como 1 de noviembre.
Y así, a pesar de que cada día la vorágine de las prisas y de las emociones por las nuevas tecnologías aceleran el torbellino de la locura mental, a muchas personas todavía les queda un día que ennoblecer y recordar. Unos acuden a los cementerios y llevan flores, otros encienden una vela y oran por el alma de los que extrañan y también están los que sin necesidad de moverse escapan hacia el pasado en el que reviven momentos de alegría y de esperanza.
De la forma que sea, la consigna es mantener viva la necesidad de no olvidar, de cumplir el camino hasta que acabe y luego subir la escalera para descansar en medio de las nubes en un universo infinito de paz.
Mientras las brujas aun duermen su cansancio de juerga nocturna, otros recuerdan a todos los santos y a los familiares que ya no están, porque es una manera en la que uno mismo se reconoce como parte de esa huella que no tiene principio ni fin.

