• Por Aníbal Saucedo Rodas.
  • Periodista, docente y político

Vivimos en una sociedad ausente de sentido crítico. Donde todavía está en proceso una ciudadanía que pueda tomar las riendas de su propio destino. Las expresiones de una conciencia madura son apenas atisbos dentro de un contexto de amplia indiferencia. O, simplemente, son luchas sectoriales que no inciden en las urgencias de una transformación cultural, social, económica y política profunda y necesaria. Solo movilizan una oleada mediática transitoria y arrojan resultados efímeros.

Ya lo habíamos advertido durante las movilizaciones de los estudiantes de las diferentes facultades dependientes de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Concluidas las negociaciones, sus líderes volvieron a la normalidad de las aulas, alejándose de cualquier partido orgánico, aunque, probablemente, no de sus inclinaciones ideológicas. Pero son islas, sin repercusiones en un colectivo civil que pudiera actuar de interlocutor ante un Estado que todavía mantiene deudas incumplidas con las clases populares de nuestro país. Deudas históricas que no son imputables a una sola administración.

No estamos hablando de asistencialismos, sino de derechos. Estamos hablando de intervenciones directas en los cinturones de pobreza que rodean a las grandes ciudades, especialmente en Asunción y el Departamento Central. O departamentos con muchas asimetrías, como Concepción, Cordillera, Canindeyú, Caaguazú, Guairá, Itapúa y Amambay, de acuerdo con datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE). Como podrá observarse, la opulencia de Encarnación contrasta con el resto de la región donde ejerce su condición de capital. Son indicadores no maquillados, honestidad imprescindible para identificar a los sectores donde el Estado tendrá que enfocar con mayor presencia las políticas públicas que trasciendan la temporalidad de los gobiernos y la transitoriedad de los hombres en el poder.

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Estamos, por tanto, ante otra asignatura pendiente, porque, como alguna vez escribió Ernest Hemingway, replicando una sentencia atribuida a un político inglés: Cada mandatario ambiciona hacer todo de nuevo, porque sus predecesores no cumplieron con lo que debían hacer. Esa asignatura pendiente tiene un nombre muy fácil, pero difícil de ejecutar, a juzgar por la experiencia: políticas de Estado, aquellas que la sociedad juzgue como útiles y beneficiosas para el desarrollo armónico y equitativo de la población. Y, por lo tanto, reclaman su continuidad a pesar de los cambios periódicos al frente del Poder Ejecutivo (como sería en nuestro régimen de gobierno). Mas, para que esos reclamos tengan efectividad, se precisa lo que se indica al principio: ejercer ciudadanía. En otras sociedades más avanzadas se habla, incluso, de una democracia ciudadana desde hace varias décadas atrás.

La intelectualidad también anda dispersa. Algunos de sus miembros ejercen la crítica reflexiva desde los atrios de los templos de la sabiduría, pero sin prosélitos. Sus representantes más ilustrados –escasos, muy escasos, por cierto– inundan los medios de comunicación y las redes sociales, publican textos ilustrativos, pero no logran hacerse entender por las masas, que es el camino de la verdadera universalidad. Sin degradar el lenguaje, se precisa romper los compartimentos que obstaculizan la comprensión del discurso. Es decir, no trascienden como influencias que movilicen voluntades. Consecuentemente, son de prácticamente nulo impacto en la población, sobre todo, juvenil. O sobre la franja etaria habilitada para sufragar. Así que todo se reduce a un plagueo improductivo que no permea los diferentes estratos de nuestra sociedad.

En este punto debemos retornar a nuestro propio plagueo que venimos repitiendo desde la década de los ochenta: el sistema educativo nacional continúa graduando a jóvenes alejados de la realidad, sin sensibilidad ante los cotidianos dramas sociales, sin una construcción ideológica a favor de los más pobres, sin ánimo de involucrarse en política y sin mucho apego a los valores democráticos. El círculo, de esta manera, sigue tan viciado como antes. Romperlo es una responsabilidad que todos debemos compartir. Un periodismo ético y veraz sería un primer gran paso. Porque desde los medios de comunicación no se puede exigir lo que no se da. Y, naturalmente, una nueva y mejor malla curricular que apunte a formar ciudadanos y no solamente técnicos, desde una concepción humanista de la vida. Buen provecho.

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