- Por María Concepción Benítez
- Arquitecta
De niña, mis padres siempre me preguntaban si quería practicar algún deporte. Y yo le decía que no, que prefería dibujar, pintar o hacer pasatiempos más tranquilos.
Durante las clases de Educación Física, los ejercicios no iban con mi forma de ser. Trotar alrededor de la cancha era una tortura: mientras otros daban un paso, yo debía dar tres o cuatro para seguir el ritmo. Me esforzaba mucho y me sentía excluida, como si el deporte no fuera algo para “personas como yo”. Así, desde muy pequeña, me convencí de que no era para mí.
Hoy, con más de 30 años, conocí al grupo Carrerí, que es un grupo de personas donde todos nos movemos a nuestro propio paso, donde nadie se queda afuera y donde la inclusión se vive de verdad.
Ahí entendí que correr no es solo llegar rápido, sino disfrutar del camino, alegrarse con cada avance y compartir con gente que te acompaña y cree en vos.
Correr me mostró que la verdadera meta no está en el tiempo, sino en vencer los miedos que una vez nos enseñaron que eran imposibles.
No importa la altura, el tiempo o la distancia: lo importante es atreverse a empezar.
Cada vez que corro, me siento libre.
Cada paso me dice que puedo hacer cosas que alguna vez pensé que no. Y cuando llego a la meta, no importa si soy la primera o la última… porque sé que estoy superando mi propia meta.