DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

Hace unos días, un adolescente denunció discriminación en un colegio de Fernando de la Mora.

Se identifica como niña y quiso presentarse con el jumper del uniforme femenino. La directora no se lo permitió. Y, como suele pasar, las redes hicieron el resto: juicios rápidos, indignación automática y titulares que no dejan espacio a la razón.

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Escuché a la madre decir: “Sea lo que sea, quiero ver feliz a mi hija”. Y es una frase noble, cargada de amor. Pero el amor, cuando deja de poner límites, corre el riesgo de convertirse en renuncia.

Ojo, es mi opinión, desde mi humilde criterio.

Una escuela no puede ser un campo de militancia emocional. Es un espacio de formación, no de autodefinición permanente.

Crecí en un tiempo en que las cosas parecían más simples. Había hombres y mujeres. Así nos enseñaron y así nos reconocíamos.

Hoy poner eso en palabras ya genera sospecha. Pero la biología no es una opinión, y la educación no puede reinventarse con cada autopercepción.

No se trata de negar realidades personales, sino de reconocer que una institución tiene reglas, y que respetarlas es parte del aprendizaje.

Si un colegio tiene uniforme femenino y masculino, debe cumplirse. No todo reclamo es un derecho y no toda emoción justifica cambiar una norma.

Porque si seguimos ese razonamiento, ¿qué impediría que mañana un docente de cincuenta años se presente vestido de niña, diciendo que se “percibe” como tal? ¿Quién podría prohibírselo sin ser acusado de discriminador?

Se imaginan la escena. Sería absurda, pero no muy diferente a este caso.

La libertad no es hacer lo que uno siente, sino hacerse cargo de lo que uno decide. El respeto no exige coincidencia y la autoridad no es enemiga de la empatía.

La directora fue señalada, criticada, acusada de intolerante. Pero en realidad hizo lo que correspondía: aplicar el reglamento.

La empatía no debería anular la responsabilidad.

Porque al final si cada quien impone su percepción sobre la norma, la convivencia se deshace.

Vivimos tiempos donde se confunde inclusión con permisividad y respeto con miedo a disentir. Y en esa confusión, los adultos se callan, los jóvenes se pierden y las instituciones se arrodillan ante las redes sociales.

Quizás el verdadero desafío de estos tiempos sea volver a enseñar el valor del límite.

Porque ser libre no es sentirse cualquier cosa, sino saberse alguien.

Y en esa diferencia, entre hacerse y ser, tal vez esté el corazón del problema.

Pero sí, esa es… otra historia.

Etiquetas: #autopercepción

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