• Por Juan Carlos Dos Santos G.
  • juancarlos.dossantos@nacionmedia.com

El sistema político de la República Popular China fue moldeado por Deng Xiaoping tras la muerte de Mao Zedong en 1976, con una idea central: que ningún líder comunista volviera a concentrar un poder absoluto. Sin embargo, cuatro décadas después, el actual líder chino, Xi Jinping, ha reconstruido ese poder, rompiendo con las reglas de sucesión y permanencia que Deng había dejado como legado.

En mayo de 1966, Mao lanzó oficialmente la Revolución Cultural. Su idea central era “revolucionar la revolución”: eliminar los valores tradicionales, capitalistas o intelectuales que, según él, corrompían al pueblo.

La Revolución Cultural fue, en esencia, una lucha política disfrazada de purificación ideológica, que devastó la vida cultural, económica y académica de China, transformándola en un modelo soviético triste, gris e improductivo.

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Aunque consolidó momentáneamente el liderazgo de Mao, dejó profundas cicatrices sociales y un trauma histórico para toda la sociedad.

Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping impuso límites claros: cada líder debía cumplir un máximo de dos mandatos de cinco años y preparar a su sucesor con tiempo. Fue así como Jiang Zemin sucedió a Deng, y luego Hu Jintao a Jiang, en una sucesión ordenada y previsible.

El objetivo de esa estructura era evitar el culto a la personalidad, estabilizar el sistema y asegurar que las políticas continuaran más allá de los individuos. China se modernizó económicamente bajo ese modelo, mientras el poder político seguía firmemente en manos del partido comunista.

En esencia, Deng Xiaoping, formado en Francia y atraído por las bondades del capitalismo, sentó las bases para la actual China popular: económicamente capitalista, pero políticamente comunista.

Al no querer ser uno más en la lista de los líderes de dos periodos, Xi Jinping dio un portazo a todas las reformas que cristalizó Deng y ahora mira con preocupación la llegada de 2027, el límite para sus pretensiones. Claro que, con la concentración del poder en su persona, le será fácil continuar, sobre todo porque no se vislumbra al sucesor que él debería preparar. Esta situación ya comienza a generar grietas al interior del Partido Comunista Chino.

A pesar del canto de sirena con que el Partido Comunista Chino adormece a varios políticos y activistas de América Latina, el crecimiento económico del país ya se está ralentizando, sumado al bajo crecimiento demográfico, que lo dejó detrás de India como el más poblado del mundo.

Para los dictadores como Xi Jinping, esta situación es peligrosa. Y sabemos qué sucede cuando los dictadores se ven acorralados: lo primero que buscan es generar un conflicto externo para apelar al nacionalismo, defender su régimen y así continuar con sus planes.

Volviendo a Mao y, por semejanza, también a Xi, China ha perdido la esencia de su cultura milenaria “gracias” a la Revolución Cultural implementada en los años 60, que destruyó gran parte de la herencia del pensamiento chino.

Esa misma herencia no se ha perdido en Taiwán, donde sí se mantienen los valores, el pensamiento y la forma de vida derivados de Confucio. Eso es fácilmente comprobable cuando se viaja y se coincide con turistas de China y de Taiwán: la diferencia es notoria desde el punto de vista de la educación, la ética y las buenas costumbres.

Un diplomático experto en el tema –de quien no tengo autorización para revelar su nombre– me hizo notar que la China popular hoy recurre a las enseñanzas de Confucio para tratar de conquistar culturalmente esta parte del mundo, luego de haberlo prohibido y aborrecido durante décadas.

Tampoco olvidemos la Ruta de la Seda, planeada por el emperador comunista Xi Jinping, en la que nuestro país es un pequeño pero importantísimo obstáculo para su expansión.

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