• Por Arturo Peña Villaalta
  • arturo.pena@nacionmedia.com

Años atrás tuve la oportunidad de vivir un tiempo en Dinamarca para una capacitación. Como parte de este programa, junto con participantes de todos los continentes pudimos conocer a fondo sobre la cultura danesa, visitando escuelas públicas, sitios históricos e incluso el Parlamento danés, donde nos entrevistamos con algunos legisladores.

Otra actividad fue la visita a una prisión danesa, donde pudimos conversar con algunas personas que cumplían condena. Esta penitenciaría ya funcionaba en la categoría de prisión abierta, para personas con penas más leves. Esto dentro de una política de Estado dirigida a facilitar la reinserción social mediante un trato más humanizado, con acceso a trabajo y estudios dentro de las cárceles.

Como otras prisiones estatales danesas –sobre todo las abiertas– esta no era exclusiva para hombres. La categorización en las cárceles en Dinamarca se hace por nivel de peligrosidad y no necesariamente por género. Hay entonces áreas como talleres, comedores, sitios de recreación, donde hombres y mujeres recluidos comparten espacios.

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La prisiones abiertas tienen sistemas de seguridad básicos. Los guardias del penal que visitamos, por ejemplo, no portaban armas de fuego, solo bastones, y tenían una preparación en psicología para poder manejar mejor las situaciones con los internos. Los reclusos tenían una rutina de trabajo en oficios de donde obtenían un ingreso que les permitía adquirir ropas y artículos de primera necesidad. Algunos de los detenidos con los que hablamos, gracias a su buena conducta, podían salir periódicamente para pasar un fin de semana con familiares y luego volver a la prisión.

El sentimiento de contraste tras la experiencia en aquella prisión en Dinamarca y la realidad en Paraguay, donde las cárceles eran –y siguen siendo– depósitos humanos fue aplastante.

Hoy, sin embargo, con la construcción de nueva infraestructura carcelaria, bajo nuevos parámetros, y el cierre de prisiones que ya estaban abismalmente lejos de cualquier objetivo de reinserción social, como el caso del Buen Pastor, podríamos hablar de pasos positivos en cuanto a la situación penitenciaria en nuestro país.

El Complejo Penitenciario para Mujeres Privadas de Libertad, inaugurado a principios de mes, conocido como el COMPLE, en Emboscada, es una buena noticia. El penal apunta a dignificar las condiciones de reclusión y promover la reinserción a través de la transformación del modelo y no solo de la infraestructura. El COMPLE también cuenta con módulos habitacionales organizados según el perfil: procesadas, condenadas y mujeres con problemáticas específicas, lo que permitirá aplicar programas de reinserción diferenciados. Días atrás se puso en marcha allí el primer programa laboral con un curso de panadería. Las mujeres seleccionadas aprenderán el oficio y trabajarán elaborando panificados para el consumo diario del centro.

Dinamarca posee uno de los sistemas carcelarios más humanizados del mundo, lo que le ha dado buenos resultados en cuanto a reinserción social, según algunos informes. Nosotros estamos dando probablemente los primeros pasos.

Ciertamente, el análisis no se puede circunscribir solo a sistemas penitenciarios. El nivel de vida, la calidad educativa, las condiciones económicas en Dinamarca conforman un contexto en que iniciativas estatales como las penitenciarias son más factibles que en otros países. Pero las distancias se acortan caminando, avanzando en todos los aspectos.

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