• Por Pepa Kostianovsky

¡Vamos a ver! Resulta que ahora, como los núme­ros entre los rubros de producción y el pro­ducto no cierran, la Dirección Nacional de Ingresos Tributarios (DNIT) no tiene que ir a averiguar qué hay de raro en ese “milagroso bulto”, sencillamente porque el propietario de la empresa es un señor meno­nita del Chaco. Y, como todos sabemos, los menonitas son intachables: su religión les prohíbe andar macaneando por ahí, ya sea en sus vidas privadas, en sus negocios o en lo que fuera.

Empecemos por recordar que también a los católicos apos­tólicos romanos, como a otros cristianos y a los judíos, nuestras respectivas creencias nos dicen desde hace siglos: “No robarás”. ¡Y ni siquiera “desearás lo ajeno”! Vale decir que cualquier certificado de bautismo debería ser una prueba irrefutable de nuestra honestidad y jamás podría ponerse en duda.

Resulta que el director de la DNIT y su equipo se sorpren­dieron al descubrir que un empresario menonita del Chaco había puesto a la venta el triple de bolsas de cebollas de las que podrían brotar en sus campos. A eso se sumaba que también había declarado muchos más insumos de los que efectivamente había adquirido para la cosecha, y ni hablar de la cantidad de empleados que tenía registrados. Ante semejante disparidad, sintieron curiosidad por ave­riguar cómo aquel hombre –cuya probidad, según lo antes comentado, no podía ponerse en duda– había logrado un milagro semejante al de Cafarnaún: triplicar sus santifi­cadas cebollas.

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Antes de ir a inspeccionar, y con el objetivo de obtener pruebas más sólidas sin armar ruidos ni escándalos, fueron y le compraron directamente una partida de bolsas en su propio establecimiento, para evitar cualquier duda sobre una posible manipulación posterior por parte de algún intermediario menos observante de los mandatos divinos.

Y se encontraron con que una importante cantidad de esas bolsas contenía cebollas de contrabando traídas de Brasil, donde al parecer son bastante más baratas, para luego venderlas en el mercado como producto nacional.

Con esas evidencias tan claras procedieron a allanar los depósitos del empresario chaqueño y comprobaron que, efectivamente, las cebollas nacionales estaban mezcladas con un buen bagayo de cebollas de contrabando.

¡Para qué! ¡Ardió Troya! La prensa “incorrupta” puso el grito en el cielo, acusando a la DNIT de perseguir a los honestos trabajadores chaqueños. Argumentaron incluso con “cálculos matemáticos” y alegaron que meter contra­bando por Pedro Juan Caballero, cruzar toda la región Occidental y llegar hasta el establecimiento del Chaco implicaba un costo que, financieramente, de ninguna manera justificaba la maniobra.

Se olvidaron los muchachos de que, para pasar de Bra­sil al Chaco paraguayo, basta con cruzar el río Paraguay desde Puerto Murtinho. O sea que estaban ahí nomás, a la vuelta de la esquina.

Fueron vanas las explicaciones del director Orué sobre la constancia no solo de la notable diferencia entre los números de producción y la inmensa supuesta cosecha, sino también sobre la presencia de bolsas brasileñas que ni siquiera se molestaron en cambiar.

De eso ni se enteraron los escribas, que decidieron que se trataba de una maniobra más de los “cartistas” para entregar el país a las potencias extranjeras.

Así de grotesca ha sido la información que lectores y audien­cia han recibido. Sencilla y llanamente acusan al presi­dente Peña y a sus funcionarios de quemar en la hoguera a los honestísimos y observantes emprendedores locales.

Así de infames son.

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