• Emilio Agüero Esgaib
  • Pastor

Luego de ser consagrado como sacerdote, Martín Lutero experimentó, nuevamente, una crisis espiritual. Esta crisis se desató luego de una peregrinación personal a Roma.

Las peregrinaciones en la Edad Media eran sumamente importantes, donde el peregrino debía buscar una catedral que tuviera un relicario (era una sección de la catedral donde se guardaban reliquias de la antigüedad). Esas reliquias eran objetos como huesos de los apóstoles, pelos de la barba de Juan el Bautista y leche del pecho de la Virgen María.

Algunas catedrales tenían colecciones de reliquias verdaderamente importantes. Los peregrinos que lograban llegar hasta esos lugares podrían recibir indulgencias y perdón de pecados para ese momento y para el purgatorio.

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Las dos ciudades mas importantes para peregrinar eran Jerusalén y Roma. En Roma se encontraba la sede central de la Iglesia católica y los huesos, decían, de los apóstoles Pablo y Pedro, y visitar ese lugar desde Alemania era mucho más sencillo que ir a Medio Oriente.

El claustro donde Lutero vivía en Alemania le seleccionó para ir a Roma para tratar asuntos de negocio del monasterio. Lutero dedicó la peregrinación a sus abuelos, aprovechando que ya habían fallecido, para favorecerlos con alguna indulgencia que podría lograr en esa peregrinación. El viaje lo hizo a pie y duró meses.

Ese viaje que con tanto entusiasmo inicio se volvió una total desilusión. Creyó que al llegar a Roma llegaría a una ciudad santa, para su sorpresa encontró una ciudad sumida en la corrupción como en ninguna otra urbe.

Los sacerdotes en la ciudad hacían cinco a seis misas por día y repetían apurados la liturgia para que les de tiempo de hacer mas rápido sus oraciones y poder cobrar más. El clero estaba sumido en la inmoralidad sexual y los prostíbulos abundaban. Esto destrozo al joven sacerdote lleno de idealismo.

Mas allá de esto, Lutero fue a visitar la Basílica de San Juan de Letrán, que era la iglesia principal de Roma antes de la construcción de la Basílica de San Pedro. En esa Basílica se encontraba la Escalera Santa, que eran los escalones que trajeron de Jerusalén los cruzados. Estos escalones eran, según se creía, los usados por Cristo para ser juzgado ante Poncio Pilatos.

Los cruzados desmontaron los escalones y lo trajeron hasta Roma y se volvió el punto central de las indulgencias. Los peregrinos subían esos escalones de rodillas rezando un Padrenuestro y un Avemaría en cada escalón para recibir indulgencias. Lutero mismo subió cada uno de esos peldaños siguiendo estrictamente el ritual. Esa escalera aún está en Roma y la práctica sigue vigente.

Cuando Lutero llegó a la cima de la escalera, luego de rezar un rosario en cada escalón, dijo en voz alta, aunque sin dirigirse a nadie: “¿Quién sabe si esto es cierto?”. La duda que acaparo su corazón ese día no se aliviaría hasta cinco años después en el año 1515, en lo que se ha descrito como su experiencia en la torre.

Podríamos hablar de esto en la siguiente entrega.

Fuente: “Lutero y la Reforma”, R.C. Sproul.

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