EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@nacionmedia.com
Hasta antes de que se usara la pólvora como explosivo, el elemento bélico más contundente para vulnerar una fortaleza era el ariete. Esta máquina de asedio fue inventada por los hurritas hacia el año 2.000 A.C. y luego ampliamente utilizada por los griegos y los romanos hasta la Edad Media.
Básicamente consistía en una pesada viga principal reforzada en la punta que servía para aplicar fuertes golpes que pudieran derribar el puente levadizo, la parrilla de entrada o incluso muros de piedras.
El castillo, fuerte y seguro, representa la vida misma. Tras nacer, la persona crece y se desenvuelve normalmente hasta que el ariete del tiempo comienza a dar sus primeros golpes a la salud. En principio, las murallas ni se mueven, pero embestida tras embestida, invariablemente el cuerpo acaba bastante maltrecho.
Según el último balance, en 1095 días de batalla pude contabilizar 7 internaciones, 7 cirugías, 4 desvanecimientos, cientos de pastillas consumidas, al menos 900 inyecciones aplicadas, más de 70 hemogramas realizados, miles de resultados médicos, 45 consultas y 430 sesiones de diálisis. Aunque estropeada, la estructura sigue en pie. Y apenas hace una semana la nefróloga, finalmente dio la venia para ingresar a la lista de trasplantes.
Fue un momento emotivo, lágrimas incluidas, estampar la firma de la autorización que habilita la posibilidad de seguir la lucha un poco más y con mejor calidad de vida. Después de tanto esfuerzo y dolor, a veces de soledad y miedo, de limitaciones y privaciones, como un milagro germinó una pequeña flor de esperanza.
El camino fue largo y la mayoría de las veces amargo, pero pese a los reveses, el trecho andado también dejó muchas enseñanzas que los días normales ocultan a la vista. Por ejemplo, sentir el sol en el rostro luego de 4 horas de diálisis es la gloria por haber vencido un día más. O regresar con las ventanillas abiertas en el vehículo y percatarse de la agradable brisa que juega con los cabellos a veces nos recuerda la inutilidad de tanta rapidez y presión que nos somete la vida diaria.
Otras veces la lucha se centra en un detalle tan simple como volver a probar una banana, algo prohibido por el alto contenido de potasio que representa la ingesta. Y las comidas se reducen a recuerdos y a una lista interminable de impedimentos. Ni hablar de las bebidas cuando todos brindan y la privación rige hasta por un vaso de agua. Nadie se percata del dolor de ver esa botella helada de la que todos se sirven sin límites, mientras las gotas traviesas se escurren hacia abajo por el vidrio, como burlándose en secreto.
Pese a todo, es semana de fiesta. Entrar en lista de trasplantes es un gran mérito, aunque esa llamada del donante nunca suene. Pero tal vez haya suerte y un día pueda volver a saciar la sed con toda el agua que desee. Por ahora no, apenas solo medio litro por día es lo permitido.
Toda esta historia de batallas, de arietes y de vida nos lleva a recordar a un personaje creado en el siglo pasado llamado Shinué. La novela escrita por Mika Waltari y publicada en 1945 -y muy posiblemente olvidada en estos tiempos- cuenta sobre su vida de médico en el antiguo Egipto.
Al comenzar, Shinué plasma sus memorias en las que dice que él no escribe sus palabras en busca de alabanza ni el agrado de los dioses o de los hombres, solo lo hace para sí mismo y para recordar, analizar su pasado y de ser posible hasta purificarse.
Las técnicas de medicina estudiadas en aquella época por el erudito egipcio parecerían charlatanerías si comparásemos hoy con una máquina de diálisis, de sangre que entra y sale por tubos, eliminando las toxinas invisibles y líquidos sobrantes para vivir un día más.
La ciencia actual es casi un milagro, sin embargo, pese a tanto avance tecnológico, Shinué nos recuerda que la vida es lo más importante y sagrada, única, irrepetible y que los caminos por los que anduvimos nos dejan experiencias como regalos que debemos aprender a aceptar. Todos, en algún momento al final, nos daremos cuenta de que el ariete sigue golpeando y que de poco valen los tesoros escondidos en las lúgubres y húmedas bóvedas. El sol y la brisa hacen la vida. Después, después ya no importa.

