- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
Todo escritor sueña con la gloria universal. Con la obra que lo impulse a la fama definitiva y que su nombre quede registrado para siempre en la gran historia de la literatura. Que sobreviva a la posteridad. Incluso aquellos que nunca publicaron un libro, pero que tienen la intención de hacerlo alguna vez, ya se anticipan en dibujar en su mente su “Yo el Supremo”, de Roa; su “Ulises”, de James Joyce o, como “mínimo”, su “El viejo y el mar”, de Ernest Hemingway. Los más jóvenes son aún más ambiciosos. No leyeron “El Quijote”, ni la “Ilíada”, ni la “Odisea”, ni la “Eneida”, ni “La Divina Comedia”, ni “Romeo y Julieta”, porque ya pasaron de moda. Sin embargo, apuestan a construir un nuevo género y estilo que sepulte toda “nuestra folletería” del pasado. Lo que resulta alentador, salvo porque, como diría Sabina, se pasan haciendo “selfis al ombligo”.
Pero no estamos para críticas pesimistas ni destructivas, sino para invitarnos a releer a los clásicos, como valor sustantivo que contribuya a la construcción de una sociedad que contenga el avance de una ultraderecha fascista, autoritaria, intolerante y xenófoba, de abierto rechazo a las minorías y a los derechos elementales de las clases populares. Nos ayudarán a comprender la cultura como un proceso de humanización (Marcuse), como un esfuerzo colectivo para proteger la vida humana, apaciguar la lucha por la existencia, desarrollar las facultades intelectuales y sublimar las agresiones, la violencia y la miseria. Aportarán (los clásicos) los fundamentos para repensar la política, la democracia y la calidad democrática. Porque el escritor es, ante todo, un ciudadano. Y aquí cabe recordar un aserto incuestionable: para aprender a escribir hay que leer en abundancia.
Y, en este punto, debemos volver al inicio: el sueño de la gran obra. Pero aquí surge una disputa entre lo popular y lo complejo: libros sencillos para leer y los que exigen un esfuerzo mental mayor para su comprensión. Tenemos escritores que, pudiendo escribir sus “Conversaciones en la catedral”, decidieron caminar por el andarivel de lo ameno, irónicamente costumbrista y sutilmente sarcástico. Y la fama no les fue mezquina. Al contrario, han traspasado las décadas con vigorosa lozanía. Otros echaron los cimientos para nuestra literatura actual. Aunque algunos quieran empezar directamente por el techo. Leer no es dejarse influenciar, sino gozar de la calidad de los demás o desechar lo que no merece la pena una segunda hojeada. De paso, evita cualquier posibilidad de involuntario plagio. No obstante, hay escritores que tienen la capacidad para incursionar entre ambos extremos. Y sin ningún complejo. De la cumbre igualmente transitan por los llanos. Pero no siempre se puede hacer al revés.
En una sociedad de consumo, donde la venta masiva y rápida es considerada un éxito, obliga a escribir sencillo, aunque sin perder la calidad. La que mejor grafica esta realidad es la denominada “metáfora de Johnnie Walker”. Un editor exhibe a su representado las tres etiquetas clásicas: el rojo, el negro y el azul (un elixir, según Alfio “Coco” Basile) La primera cotiza en 24 dólares, la segunda en 50 dólares y la última en 160 dólares. La pregunta: “¿Ves la metáfora?” A la respuesta de “no”, continúa diciendo: “Todos (los wiskis) los fabrica la misma compañía”. Después de descalificar sin eufemismos a los dos primeros, concluye: “El azul es bueno, pero menos gente compra el azul porque es muy caro. Y, al final del día, la gente solo quiere emborracharse”.
Y dirigiéndose paternalmente al escritor, le confiesa: “A lo largo de tu carrera, tus libros han sido azules, son buenos, complejos, pero no son populares, porque muchas personas prefieren algo fácil; ahora, por primera vez en tu vida, escribiste un libro rojo. Es simple, brillante. No es gran literatura, pero satisface un impulso. Lo que intento ilustrar es que, no porque hagas un rojo, tú eres incapaz de hacer un azul. “¡Puedes hacer los tres, como Johnnie Walker!”.
Lo que pasa entre nosotros es que muchos, sin haber intentado escribir el rojo, ambicionan pasar directamente al azul, sin un debido un proceso de transición. Que –valga la aclaración–, aunque es “rojo” y simple, es “brillante”. No se trata, obviamente, de vulgaridades o un adefesio, sino de una trama sencilla, maravillosamente redactada. Para muchos críticos, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” es la etiqueta roja de Neruda. Si fuera bebedor, estaría dispuesto a agotar el stock. ¡Salud!