- César Palacios
- Comunicador, docente y en proceso de Tesis de Maestría en Antropologia Social
El acuerdo firmado esta semana entre Israel y Palestina, con Egipto como anfitrión y Paraguay como testigo, no solo busca frenar la violencia: revela la profundidad histórica de una disputa que mezcla religión, memoria y territorio.
La imagen de líderes estrechando manos en Egipto esta semana parece un símbolo de esperanza. Pero detrás de esa foto hay siglos de historia y heridas abiertas. El conflicto entre Israel y Palestina no es solo político: es una lucha por territorios imaginados, cargados de significado. Paraguay fue testigo con el presidente Santiago Peña, invitado especialmente por el artífice del acuerdo, el presidente Donald Trump.
Benedict Anderson lo explicó en Comunidades imaginadas (1983): las naciones son construcciones culturales, imaginadas como limitadas y soberanas. ¿Qué ocurre cuando dos comunidades imaginadas reclaman el mismo espacio? Jerusalén es la respuesta: tres religiones, dos proyectos nacionales y una ciudad que se convirtió en epicentro de la tensión global.
La historia refuerza esta complejidad. El pueblo judío fue expulsado del antiguo reino de Judá hace más de 2.500 años, vivió en diáspora y sufrió persecuciones sistemáticas: desde la expulsión decretada por los Reyes Católicos en 1492 hasta el Holocausto, donde Hitler asesinó a más de seis millones de judíos.
En ese contexto, el sionismo del siglo XIX y la creación del Estado de Israel en 1948 se presentaron como una reparación histórica.
Golda Meir, primera ministra israelí entre 1969 y 1974, escribió en My Life (1975) que “cada centímetro del territorio de Israel fue comprado”. Pero su historia personal dice más: dejó la comodidad de vivir en Estados Unidos para poner las primeras piedras en un país que entonces era solo una idea.
Vio florecer a Israel y murió en diciembre de 1978, apenas meses antes de que se firmara el histórico tratado de paz entre Israel y Egipto en marzo de 1979, tras los Acuerdos de Camp David.
No presenció la rúbrica final, pero su legado hizo posible ese momento: la convicción de que Israel debía existir y prosperar. Hoy, en la misma región donde se selló aquella paz, se vuelve a hablar de reconciliación, recordándonos que la historia no se escribe en un día, sino en siglos de lucha y esperanza.
Esa imaginación se transformó en realidad: hoy Israel no solo está en el mapa, sino que es una potencia tecnológica, líder en ciencia, innovación y cooperación internacional. Su amistad con Paraguay y otros países latinoamericanos confirma que la construcción de paz también pasa por alianzas estratégicas.
El acuerdo firmado en Egipto es un paso hacia la paz, pero también un recordatorio: la diplomacia negocia sobre territorios imaginados y emociones milenarias.
Israel, que nació de la resiliencia y la esperanza, demuestra que una nación puede surgir de la adversidad y convertirse en un actor global que apuesta por la vida, la ciencia y la paz.
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