• Por Víctor Pavón (*)

El impuesto global al carbono impulsado intensamente por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) demuestra el grado de descomposición de ideas que tiene esta organi­zación mundial. No debería sorprendernos. El avance del estatismo socialista a través de la agenda ambientalista se comunicó desde todas partes, desde los centros de estudios, medios de prensa, organiza­ciones privadas y gobiernos.

Para el que no está familiari­zado con el tema, el impuesto al carbono se relaciona con el cambio climático. Es cual­quier iniciativa de reducir los gases de efecto invernadero.

¿Cómo oponerse al futuro “verde” del planeta tierra? Esta manera de presentar la situación, sin embargo, es parte de una estrategia comunicacional, por cierto, bien elaborada desde las mentes retorcidas de los intervencionistas. El Estado interviene la economía y el comercio, así se hace cargo del control. Es un proyecto político, económico y cul­tural por el cual los países ceden su soberanía para un nuevo orden mundial dise­ñado desde la soberbia pro­pia de los tecnócratas.

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¿Alucinante, distópico? En ningún modo. Los estatistas globalistas son capaces de todo. Si ya están destruyendo la familia como institución de la civilización, también tie­nen en su mira la producción y el comercio. Ambientalismo e ideología de género no son extraños entre sí.

Este malhadado impuesto al carbono tiene propulsores y seguidores. Adrede censuran a sus detractores. No están dispuestos a escuchar a otros que obstaculice sus objetivos. Así, el impuesto al carbono, dicen, busca reducir las emi­sión de anhídrido carbónico (CO2) dado que es un gas con­taminante que destruye el medio ambiente.

La realidad es diferente. El CO2 no es lo que la retórica estatista y globalista afirma. En tal sentido, la Coalición CO2 reúne a varios científi­cos del mundo liderados por el famoso científico William Happer, quien estuvo en nuestro país con el apoyo de la Fecoprod, ofreció una con­ferencia titulada “El CO2 el gas de la vida”.

El profesor Happer expuso sus estudios y de numero­sos investigadores diciendo que cuanto más CO2, mejor para todos, para el hombre, el medio ambiente, las plan­tas y la producción.

Pero a los propiciadores del impuesto al carbono no les interesan la ciencia. Les inte­resan sus objetivos políticos. Desean alzarse con ganan­cias monetarias imponiendo su “nueva sociedad”. Se entrometen en la economía y el comercio mundial fomen­tando lo que llaman la “tran­sición energética” generando fondos para sus adherentes. Muchos caen en el engaño.

El impuesto global al carbono no es neutral. Aumenta el costo de producción y comer­cio. Dañan a las familias, a las empresas, a las naciones y más a aquellas sin litoral marítimo como Paraguay. Con acierto, días atrás, el gobierno de nues­tro país rechazó este funesto impuesto.

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Inter­nacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acredita­ción universitaria en Para­guay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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