- Por Aníbal Saucedo Rodas
Hubo un tiempo en que la política estaba reservada a los mejores. Y en el periodismo, una jerarquía intelectual que imponía respeto. Fue una brillante generación, donde los elegidos por la honestidad, la inteligencia y el talento ejercían ambas profesiones con elegancia y valentía. La mayoría de ellos utilizaba indistintamente las tribunas del Congreso de la Nación y las páginas de diarios y semanarios para impulsar el debate lúcido, distinguido, enérgico pero educado, marcando las diferencias doctrinarias sobre asuntos que importaban a la nación. Aunque nunca ocupó una banca en el Parlamento, si bien tenía la solvencia para alcanzar la Presidencia de la República, probablemente, el más letal de todos fue el doctor Blas Garay, quien, después de desempeñarse en cargos diplomáticos en Europa, regresó a Asunción para fundar el periódico La Prensa, el 1 de febrero de 1898. De hecho, sus latigazos insobornables para fustigar la corrupción lo convirtieron en el primer mártir del periodismo paraguayo.
Blas Garay era afiliado al Partido Nacional Republicano y falleció a los 26 años a causa de una bala que recibió en la espalda, disparada por el hijo de uno de los funcionarios públicos agriamente criticado por quien es considerado el precursor del revisionismo histórico en nuestro país. La mejor oración fúnebre sobre su tumba fue la de un adversario político: el doctor Manuel Gondra. Desde El Heraldo, brillaba otra joven pluma igualmente intransigente: José de la Cruz Ayala (Alón), uno de los fundadores del Centro Democrático o Partido Liberal. Murió en el exilio en 1892. Tenía 28 años. Vidas cortas, pero luminosas –escribía alguna vez– que, por encima de un legado imperecedero de coraje y dignidad, pudieron haber dado mucho más a una patria que reclamaba por la participación activa y creadora de sus hombres más ilustrados.
En los años siguientes se lucían en el periodismo y en la política Ricardito Brugada, Ignacio A. Pane, Fulgencio R. Moreno y Telémaco Silvera, por el lado de los republicanos, y Cecilio Báez, Manuel Gondra y Lisandro Díaz León, por el del liberalismo. Sin embargo, el germen de la mediocridad ya había inficionado, al mismo tiempo, el ambiente político de aquella época, aunque sin lograr opacar la trayectoria luminosa de sus hombres más esclarecidos. La descarnada crítica de Eligio Ayala, traducida en ensayo en 1915 y escrita en la ciudad de Berna, Suiza, radiografía su desencanto con el poder: “El modesto sargento que divierte a la población de los suburbios de la ciudad, con su cómico baile de santa fe no atraerá la mirada de nadie, no será admitido en la ‘sociedad’. Pero, si por la virtud de un complot afortunado de la noche, amanece investido del cargo de ministro, recibirá en el acto el homenaje de estudiantes y profesores, de comerciantes e industriales, de intelectualesy banqueros, y las familias le abrirán sus puertas y sus brazos, la ‘sociedad’ le canonizará en el acto”.
Lo dicho en más de una ocasión: Migraciones debería ser un texto obligatorio en escuelas, colegios y universidades. Y un complejo examen de admisión para quienes incursionan en política. Aunque más no sea para avergonzarse después por la vía de la comparación, a pesar de que la vergüenza no es una actitud común en la clase política, así como tampoco incomodan ni el cinismo ni la inescrupulosidad. A nadie importa que “los puestos son pasajeros, los favores se olvidan, las conciliaciones lucrativas son transitorias, todo pasa como una moda; el único resultado permanentes es la degeneración política, la inmoralidad servil, la repugnante prostitución moral de nuestras instituciones” (Migraciones, páginas 62-63).
Del escrito de don Eligio Ayala subrayamos dos palabras que definen nuestra actual situación dentro de amplios sectores de la política y el periodismo: la repugnante condición moral de algunos dirigentes partidarios y la prostitución de ciertos medios de comunicación que son incapaces de enrostrarles a los primeros su esquizofrénico comportamiento, que pasaron del vilipendio más tosco y grosero a la adulonería más servil y degradante, con tal de obtener algún rédito o privilegio en la estructura del Estado. ¡Qué lejos estamos de esos días que describimos al principio del artículo, donde la coherencia inquebrantable podría significar el ostracismo, la persecución y hasta la muerte! Hoy, en tiempos de una democracia plena, muchos prefieren arrinconar la dignidad y arrastrarse para lamer suelas de zapatos ajenos y tragar sus propios vómitos. Buen provecho.

