DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
María esperó a que su hijo duerma. Afuera, el ruido del barrio se iba apagando, pero adentro la tensión seguía encendida. No era la primera vez que pensaba en denunciar, ni la primera vez que se arrepentía antes de hacerlo.
Y esa noche, sin embargo, tomó el teléfono y marcó. No sabía que no estaba sola: otras 103 personas iban a hacer lo mismo ese día.
La estadística tiene la virtud incómoda de poner en números lo que preferimos no ver. No voy a hablar de razones, son varias y no viene al caso.
Entre enero y setiembre de este año, la Fiscalía atendió 28.421 víctimas de violencia familiar. Sí, leíste bien, veintiocho mil cuatrocientas veintiún víctimas.
Son 104 personas por día, una cada 14 minutos.
La cifra supera a la del año pasado, cuando eran 100, y a la del 2022, que promediaba 86. Detrás del aumento no hay solo un registro más eficiente: hay una sociedad que sigue naturalizando el golpe, la humillación y el control… como si fueran parte del amor.
En enero se reportaron más de cuatro mil víctimas; en setiembre, más de tres mil. El mapa del dolor tiene epicentros: Central y Asunción concentran casi la mitad de los casos, seguidos por Alto Paraná, Caaguazú e Itapúa. Pero ningún departamento escapa: desde Ñeembucú hasta Boquerón, cada punto del país muestra que la violencia doméstica no entiende de fronteras, clases ni credos.
Las cifras vienen de la Dirección de Transparencia y Acceso a la Información del Ministerio Público, una fuente que rara vez despierta titulares. Y, sin embargo, su frialdad estadística revela más que mil discursos sobre derechos humanos: que miles de mujeres y también niños, ancianos, hombres, viven bajo amenaza constante en sus propios hogares.
La ley reconoce la violencia como una violación a los derechos humanos. Pero la realidad muestra que la justicia llega tarde o casi nunca llega.
En demasiados casos, la denuncia es solo el principio de una espera, no de una solución. Lo saben miles de personas.
Cada número en esa tabla es una historia que no debería repetirse. Un cuerpo marcado, una vida fracturada, un miedo que se instala en silencio.
Y mientras los números suben, el desafío sigue siendo el mismo: ¿cómo convertir las cifras en protección real? ¿Cómo lograr que el “nunca más” deje de ser una consigna y se vuelva una política sostenida?
María hizo la llamada aquella noche. No cambió las estadísticas, pero cambió su historia. Tal vez ahí empiece también el cambio que el país necesita.
Pero esa es otra historia.

