EL PODER DE LA CONCIENCIA

  • Por Alex Noguera
  • Periodista
  • alex.noguera@nacionmedia.com

Con cualquier buscador en línea, encontrar respuestas se volvió sencillo para los jóvenes, pero no siempre fue así. Hay algunas preguntas que sobreviven con el tiempo y los misterios se tornan eternos, aunque surjan desde los más simples detalles, como dos amigos muy distintos que se separan después de décadas.

Sintiendo la brisa tibia del ocaso, extasiados, observan los colores que van cambiando a cada segundo hacia la casi imperceptible oscuridad en la tarde, mientras el sol, cansado, hace su cama para acostarse en el horizonte.

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Su planta de mango está ahí, como siempre, desde niño. Alguna vez se preguntó cuántos años tendría. Con seguridad, más de 100, porque en algún momento cuando tomó conciencia de su existencia, la altura ya sobrepasaba la de los demás árboles del barrio.

Dicen que la especie de este gigante –que en promedio vive entre 30 y 50 años– a veces sobrepasa las tres centurias. Y está seguro de que debe ser así porque con facilidad puede recordar las travesuras que inventaba cuando comenzaba a trepar. En algún momento, incluso fue capaz de peregrinar de rama en rama con la agilidad de un mono; en otro hasta se preguntaba cómo podría hacer para construir una casita en esas alturas y luego, con el paso de las décadas y el espíritu más sereno, simplemente comenzó a admirar su enorme postura y a meditar.

En silencio, esa planta de mango le había enseñado mucho. Con sus huesos maltrechos a causa de la edad, sin embargo, seguía aprendiendo de ese compañero que, por el contrario de él, se veía más fuerte que nunca, con sus verdes hojas y sus frutos, que en cada estación le regalaba esos globitos amarillos que cuelgan como en época de Navidad.

Sentado en su silleta de madera miraba la gran figura que tenía en frente de él. Como este eterno compañero no tenía ojos, era incapaz de que lo viera, pero aun así podía sentir cómo le hablaba cuando balanceaba sus ramas en forma de brazos o cuando con sus suaves movimientos lo seducía con sus dulces y jugosos frutos.

No recuerda cuándo se percató del fenómeno que producían esos frutos. ¿Cómo era posible que todos esos no madurasen al mismo tiempo? La cosecha duraba varias semanas. Y mientras que unos aún estaban pequeños y verdes, otros se mostraban mucho más grandes y también otros amarillos, en tanto que muchos maduros yacían caídos en el suelo.

Una sonrisa se le escapó casi imperceptible. Ahora entendía por qué Luis, ese compañero de escuela de antaño, era incapaz de refrenar sus travesuras y era todo un demonio hiperactivo que tenía muchas virtudes, pero ninguna de tranquilidad, aunque, sus discípulos se mostraran apacibles y juiciosos. La respuesta estaba en los mangos: cada uno maduraba en tiempos distintos. Pero con la edad, aunque tardaran, todos apaciguaban sus ímpetus, todos maduraban.

Esos que fueron niños, hoy son adultos y varios hasta tienen nietos. La lluvia de riquezas les alcanzó de manera desigual, ya que mientras que unos amasaron fortunas, otros se dedicaron a cantar, como en el cuento de la cigarra.

Pero ambos, allí, uno sentado en la silleta y el amigo imperturbable plantado firme como siempre, no hay reproches; se sienten unidos por el horizonte infinito. No necesitan más. Uno sabe que pronto será parte de la tierra, como esos mangos que caen y que con el tiempo sus semillas se unen a la tierra.

Una extraña e invisible neblina acompaña hoy al coloso. Siente que está triste. A pesar de que no dice nada, hace mucho comprendió que de nada valen los títulos, o los méritos o los lujos, todo pasa. Sabe que su amigo, el de la silleta, está débil y pronto se quedará solo y no desea eso.

Con voz suave, en vano intenta explicarle que es inevitable la separación. El gigante no escucha, no puede y no quiere. A pesar de ser mayor, como un niño se rebela ante la injusticia de una segura soledad.

Ambos están allí, uno sentado y el amigo imperturbable. Ya no hablan. Lentamente el sol se va apagando. Por la mejilla del primero resbala una lágrima, el otro no puede llorar, pero de pronto todas sus hojas quedan inmóviles. En silencio, se percata de que sus ojos están cerrados. El amigo duerme sentado, ya no respira, en tanto el dolor grita desesperación, aunque ningún sonido escapa.

No es un adiós, sino un lejano hasta pronto y el infinito agradecimiento por comprender ese extraño y maravilloso camino de ida que recorrieron juntos.

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