DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

María tenía diez años cuando alguien le pidió que guardara un secreto. Desde entonces, aprendió a callar.

Mientras los otros niños jugaban, ella miraba el suelo. Había algo en su mirada, una distancia invisible que nadie vio.

Las maestras decían que era tímida, la familia pensaba que era distraída. Nadie imaginaba que, detrás de ese silencio, había miedo.

El tiempo pasó, y el silencio creció con ella. Se volvió parte del cuerpo, como una segunda piel que no se saca ni con los años. Aprendió a disimular, a sonreír cuando debía, a no incomodar. Como si guardar el secreto fuera también una forma de sobrevivir.

Leí hace poco un posteo de Carlos Martini que mencionaba cifras que hielan la sangre: según Unicef, 370 millones de niñas y mujeres en el mundo fueron víctimas de agresiones sexuales durante su infancia o adolescencia.

No es todo. Si se suman los abusos verbales o digitales, la cifra asciende a 650 millones. También hay entre 240 y 310 millones de varones menores que vivieron algo parecido. Son números tan inmensos que casi no entran en la cabeza, pero sí en los cuerpos de quienes los cargan en silencio.

En Paraguay, las cifras también duelen.

De acuerdo con el Ministerio Público, cada día se registran más de ocho denuncias por abuso sexual infantil. La mayoría de las víctimas tiene menos de catorce años y en casi todos los casos, el agresor pertenece al entorno cercano: un familiar, un vecino, alguien de confianza.

El peligro, casi siempre, está en casa. Y el silencio, una vez más, protege al culpable.

La estadística se vuelve todavía más cruel cuando se piensa en lo que no se denuncia. En los secretos que nunca llegan a una comisaría, en las voces que se apagan antes de ser escuchadas. Porque detrás de cada número hay una historia como la de María: una niña que dejó de jugar, un niño que dejó de confiar, un adulto que todavía carga con un miedo que no eligió.

María creció. Nadie supo nunca por qué le costaba dormir o por qué temblaba cuando alguien levantaba la voz. Aprendió a disimularlo, a seguir la vida como si nada. Pero algunas noches, cuando el día se apaga y el ruido de la ciudad se calla, vuelve a escuchar aquella frase que marcó su destino: “No digas nada”.

Y entiende, con una mezcla de tristeza y claridad, que no fue ella quien debió guardar el secreto.

Pero esa es otra historia.

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