- Por Pepa Kostianovsky
Corría 1984, cuando la Argentina salía de un capítulo horroroso, la dictadura militar. La gota que rebosó fue la demencia de un generalote dipsómano, Galtieri, al que no se le ocurrió mejor aventura patriotera que embarcar al país en la guerra de las Malvinas, logrando una vergonzosa y sangrienta derrota.
Quizás fue tanta la angustia del electorado, que lograron, por fin, instalar en el sillón de Rivadavia a la única figura honorable de la política argentina. El doctor Raúl Alfonsín.
La ilusión volvió al espíritu de los argentinos. Nadie imaginaba lo que la infamia tejía entre bambalinas. Aliados para la ruindad, dos poderes fácticos: la rancia y avara plutocracia y la más corrupta dirigencia sindical se ocuparon de hacer un país ingobernable. Los primeros, exportando sus capitales y quemando las fuentes de trabajo y de recursos para la producción; los segundos, con seguidillas de movilizaciones, huelgas, paros, protestas, que cotidianamente paralizaban el país.
Raúl Alfonsín quedó atado de pies y manos. Y lógicamente, la siguiente elección puso en la Presidencia a los peronistas, que optaron por llamarse Justicialistas y dieron la batuta al Mennemismo. Con Carlos Saúl Menem se acabaron la ética y la dignidad. Y ni hablar de quienes lo sucedieron.
Pero no es la triste historia de la Argentina la que nos preocupa hoy. Si no la de nuestro Paraguay, que está viendo un fenómeno muy semejante, emprendido por una suerte de matrimonio entre un sector coloradonostálgico del estronismo y una descalabrada oposición sin cabeza (ni pienso) que intenta embarrar, o quizás obstaculizar una gestión de gobierno cuidadosamente proyectada, que, si bien se encuadra en el capitalismo liberal, no olvida el mandato constitucional, en cuanto nuestra descripción de Estado Social de Derecho.
Es cierto que aún no vemos resultados drásticos en cuanto a erradicar la pobreza, ni optimizamos la salud, la educación, o la seguridad, que son las responsabilidades esenciales del Estado. Pero también es cierto que el presidente Peña está haciendo un gran esfuerzo por atraer capitales y crear fuentes de trabajo.
Basta mirar el proyecto general de gastos para el año 2026, para ver los recursos que se amplían en salud, educación y seguridad, así como en obras públicas.
Si algo debería estar exigiendo la sociedad es la defensa y aprobación del proyecto de presupuesto. En lugar de seguirle la corriente a un grupo de figuretis cuyo único objetivo es hacer ruido, tener prensa, como lo tuvieron alguna vez Kattya o Payo, y lograr votos para entrar al Parlamento, a la caza de jugosos salarios.
En cuanto a la prensa que les da espacio, poca confianza deben tener esos empresarios periodísticos, aseguran que el país se va a la quiebra, cuando los vemos haciendo inversiones inmobiliarias y en cadenas comerciales multimillonarias. Obviamente, saben que el país está cambiando radicalmente sus tendencias, y que estamos yendo para adelante. Lo que no soportan es perder sus viejos privilegios.
Y aclaro, por las dudas, que no soy yo la que ha cambiado, ni se ha pasado “por conveniencias” a la vereda de enfrente. Yo ya tengo muchos años de dar fe de coherencia. Pasa simplemente que me harté de ver a mis viejos amigos zurdos soltando su fachada y mostrando que son un hato bastardo de antisemitas y trasnochados. Y en cuanto a los estronistas, ya todos saben que nunca han sido de mi simpatía.
Solo falta decirles que no están inventando nada, este viejo recurso de poner palos en las ruedas no es una novedad. Y hoy y aquí es anacrónico.