• Víctor Pavón (*)

La manifestación contra la corrupción llevada a cabo días atrás por los autodenominados generación Z debió tener rotundo éxito y más en nuestro país, pero no fue así, fue un fracaso.

Sus promotores desde lejos –los que actúan a la sombra desde los medios de comunicación, partidos políticos y otros– y sus actores de cerca, tenían otro propósito. Deseaban escenas dantescas a publicarse en el mundo donde la Policía sea vista como los malos, los violentos a priori enemigos de la sociedad.

Pero la ciudadanía no es tonta. La prueba: la escasa concurrencia en la manifestación. Desde un comienzo, tanto los organizadores como sus autores intelectuales dejaron de lado conceptos elementales como la convivencia en el disenso.

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Las manifestaciones son parte de la democracia, siempre y cuando se lleven a cabo bajo los postulados establecidos en nuestra Constitución Nacional y demás normativas. No incitar y hacer actos de violencia, no portar armas o impedir el derecho de los demás ciudadanos a transitar o expresar ideas diferentes sin temor a ser agredido.

Los manifestantes G-Z, por cierto, no representaron a ese grupo etario. Más bien desprestigiaron a la inmensa mayoría de jóvenes del país que estudia, trabaja y desea lo mejor para sí mismos y sus familias. Aprendieron mal de algunos de más edad que ellos. Que los malos son siempre y en todo momento la Policía cuyos miembros son enemigos, como en efecto sucedía en la época de la dictadura.

Transcurridos tantos años, aún no les interesa lo elemental, que cuando se arroja una piedra o se tiene en la mochila objetos punzantes, es deber legal de las fuerzas del orden aquí y en cualquier país medianamente civilizado, actuar según el principio de legalidad. Más importante aún, los manifestantes fueron azuzados por diversos medios de prensa, analistas que mal informaban sobre los hechos.

Esto no es de extrañar, gran parte de los mismos son de ideas izquierdistas y otros tibios en sus posturas. Prefieren congraciarse con la ideas caducas y fracasadas del colectivismo izquierdista donde el Estado ocupa su pedestal para redistribuir riqueza, imponer expropiaciones y tributos hasta desatar el infierno con el desorden y la violencia generalizada hasta que caiga el gobierno (descartando el método constitucional) aun cuando haya sido electo por el pueblo.

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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