- Por Aníbal Saucedo Rodas.
En la región, la letra k está indisolublemente ligada a los Kirchner, Néstor y Cristina, y especialmente a esta última por el tiempo que estuvo en el poder en la República Argentina y por su enfrentamiento sin cortapisas a sus adversarios políticos. A los que debemos añadir también las corporaciones mediáticas que históricamente disparan hacia la derecha. Es decir, este grafema que se sitúa en el undécimo lugar en el abecedario castellano casi tiene un uso restringido hasta en el ámbito de la cultura en este sitio del mundo. Sin embargo, a los efectos de esta columna de opinión, tiene afinidad con lo nuestro, con lo que tenemos de telúrico y folclórico, y que ya forman parte de la indomable raza guaraní: los analistas “K”, divididos, por ahora, en tres categorías: los kachiãi, los kelembuy los kele’e.
De mi lado, siempre aclaro que mis artículos se enmarcan dentro de la denominación de comentarios, aunque suelen incluir algunos elementos básicos del análisis, como la separación de las partes de un todo y el cotejo de los hechos simplificados dentro de un determinado contexto. No obstante, desde el periodismo de interpretación, el lector puede evaluar sus propias conclusiones y juzgar la conducta de los hombres (políticos preferentemente) o los procesos inherentes al poder. Pero están los que asumen poses doctorales cada vez que abren la boca para expulsar paparruchadas, en todas sus acepciones posibles, desde la estulticia más desatinada hasta los relatos tan fantasiosos como falsos. De alguna manera, a pesar de que son absolutamente impresentables, encuentran espacios en los programas de espectáculos o en los medios de comunicación afines (enemigos o aliados del Gobierno), para exponer sus desquicios como verdades irrefutables o certezas indubitables. Al menos así ellos lo creen. Para el resto de la gente, no pasan de la categoría de idiotas útiles, oportunistas, malandrines inteligentes con sesgos deliberados y tilingos convencidos de sus propias tonterías.
Los analistas kachiãilanzan sus exabruptos y dislates con la antigua infalibilidad de los papas. Ponen cara de oráculos, con una fingida gravedad que provoca risas. Anuncian derrotas de partidos y candidatos por razones que solo ellos guardan en lo más profundo de sus sesos disecados. Vociferan sobre el inminente apocalipsis, inmediatas extradiciones, añaden nombres de quienes serían incluidos en la lista negra del Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, proclaman el fin de ciertos liderazgos con gestos tan grandilocuentes como sus bravuconadas predictivas. Nunca aciertan, ni siquiera por aproximación, pero siempre están ahí para divertir al auditorio.
Los analistas kelembu, al contrario del anterior grupo, aspiran a posicionarse como expertos en todo, aunque no tengan los pergaminos que les acrediten como tales. Y, si bien no se necesita título alguno para opinar (tenemos ejemplos en el periodismo), emiten juicios sobre historia, economía, derecho, Estado, filosofía, etcétera, pero con fines exclusivamente político-partidistas. Sus apreciaciones están reducidas a sus propios intereses.
En términos bien llanos: anhelan afanosamente que sus fantasías y especulaciones se conviertan en realidad. Son los fervorosos militantes del relativismo posmoderno, para quienes la verdad se reduce a la construcción subjetiva particular, aunque pretenden disimular sus distorsionadas disquisiciones con el ropaje de métodos científicos.
He coleccionado una rica antología de las afirmaciones que parecían profecías de lo que ocurriría durante las elecciones del 30 de abril de 2023. Sus errores, no obstante, gozan de la más plena impunidad pública. Vuelven, por tanto, a la carga con impúdica caradurez.
Y, por último, está la acrecentada fauna de los analistas kele’e. Traducido del guaraní, significa “zalamería, adulonería que se practica para congraciarse generalmente con los superiores jerárquicos a cambio de beneficios”. Como algún o algunos periodistas les deben favores de cuando estaban en posición de privilegio, llaman esperando que les llamen para ser entrevistados. No tienen problema alguno en torcer el espinazo hacia quienes ejercen el poder en el momento de sus sesudas elucubraciones (una gentil paradoja). Para estos degradados personajes, el “político devaluado” de ayer, a razón de seguir mamando del Estado, puede transformarse en el “indiscutido líder dentro y fuera del partido”. Sus “análisis” están subordinados en directa proporción con sus deseos de cargos. Y que termina expandiendo su destructiva abyección hasta dentro de su entorno más íntimo. A las pruebas me remito.
Estoy seguro de que estamos ante una clasificación tal vez incompleta. Y que puede ser revisada y ampliada por algunos adelantados discípulos de Helio Vera, si los hubiere. O del mismísimo Kostia (Isaac Kostianovsky), para quien la nueva grafía del guaraní, aprobada oficialmente en aquel tiempo en que la c era sustituida por la k, solo serviría para resumir el objeto del estudio escatológico en tres letras. Buen provecho.

