DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • Columnista
  • marianonin@gmail.com

Si, voy a hablarte nuevamente de Taiwán, un país que conocí en primera persona y del que me sorprendió la vitalidad de una democracia que florece en un rincón del mundo donde no abundan los ejemplos.

Elecciones libres, debate público, jóvenes que participan, viejos que todavía creen en la palabra voto. Todo eso en una isla pequeña y a menudo reducida a una nota al pie en la diplomacia internacional.

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Y me permito una anécdota: una noche, en un mercado callejero de Taipéi, me detuve frente a un puesto de fideos. El vendedor, un hombre mayor, me preguntó de dónde venía. Al decirle “Paraguay”, sonrió y dijo que conocía nuestro país porque era “uno de los amigos que no se olvidan”. Después, mientras servía el plato, agregó: “Aquí lo único que queremos es vivir en paz y seguir decidiendo nuestro futuro”.

Esa frase, dicha en medio del bullicio de un mercado, me resultó más clara que cualquier comunicado diplomático: en Taiwán la política está incrustada en la vida diaria, como una convicción compartida.

Esa imagen se me quedó grabada. Allí, la política no es un espectáculo distante, sino un ejercicio ciudadano.

Hoy, cuando leo el comunicado de la Embajada de Taiwán en Paraguay, pienso en esta contradicción: un país de 23,5 millones de habitantes, con universidades de prestigio, industrias tecnológicas que sostienen buena parte del mundo digital y un sistema político abierto es mantenido al margen de las Naciones Unidas. No porque haya una resolución que lo expulse o desconozca, sino porque otro país decidió interpretar a su manera un texto que nunca mencionó a Taiwán.

La Resolución 2758 de 1971 resolvió la cuestión de quién ocupa el asiento de “China” en la ONU.

Punto.

Nada dice de Taiwán, ni mucho menos otorga a la República Popular China la autoridad para hablar en nombre de un pueblo que jamás gobernó. Aun así, Pekín levantó sobre esa resolución un muro de distorsiones y presiones, con el que busca silenciar a una isla que no encaja en el molde autoritario.

El mundo pierde cuando le cierra las puertas a Taiwán. Pierde innovación, pierde capacidad de cooperación, pierde una voz democrática en una región donde las libertades se ven amenazadas. En cambio, gana en tensión: las llamadas “operaciones de zona gris” desplegadas por la República Popular China y la coerción económica contra terceros países son el verdadero riesgo para la paz y la estabilidad.

En Taipéi escuché a un profesor universitario decir: “No pedimos que nos regalen un asiento; pedimos que nos dejen ocupar el que nos corresponde, el de un pueblo que quiere hablar por sí mismo”.

Esa frase resume lo esencial: solo un gobierno elegido libremente por sus ciudadanos puede representarlos con legitimidad. Lo sé yo del otro lado del mundo. Y lo sabe el mundo.

Taiwán no es un problema, es una realidad. Y como toda realidad, tarde o temprano obliga a ser reconocida.

Pero esa, es otra historia.

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