- Por Arturo Peña Villaalta
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Días atrás presencié un incidente entre dos automovilistas en una calle asuncena. Fue porque uno de ellos no cedió el paso, como debía hacerlo. El chofer afectado realizó una maniobra brusca y se colocó delante del otro auto. Gritos, amenazas, bocinazos, rabia.
La escena me recordó el inicio de una de las mejores películas de la filmografía de Michael Douglas: “Un día de furia” (Falling Down, en inglés). Willian Foster (Douglas), recientemente divorciado y alejado de su hija por una medida de restricción judicial, despedido de su trabajo, se encuentra en su auto en un atasco, en una sumamente calurosa tarde californiana. El aire acondicionado deja de funcionar. Pasa el tiempo, la fila no avanza. Abrumado y sobrepasado por la situación, Foster abandona el vehículo en medio de la congestión. Así inicia un día que lo llevará por varios momentos impredecibles, marcados por la violencia.
Todos tenemos días buenos y malos. Muchas veces, los malos los canalizamos en situaciones externas que nos alteran. La calle parece ser, en ese sentido, un escenario propicio. Aunque se observan también hechos que sobrepasan esta conjetura como explicación.
En marzo pasado, un joven de 23 años terminó muerto de un balazo en Mariano Roque Alonso. El motivo, una discusión tras un roce de vehículos. En otro incidente más reciente, un conductor de plataforma fue rozado por un bus, lo que generó una persecución y amenaza con una pistola de aire comprimido. Cuando un policía intervino en el incidente, el chofer de plataforma huyó dejando abandonado a su hijo de seis años, que estaba con él y bajó del auto asustado por lo ocurrido.
Esto solo por citar dos de varios incidentes que han cobrado notoriedad este año. La sociedad parece ser más violenta y las redes son la pantalla donde nos vemos reflejados. Violencia sin filtro, bordeando el morbo. Pero, ¿qué lleva a las personas a estas situaciones extremas?
Pensando en algunos factores detonantes –desde la simple y llana observación en la calle– podemos hablar de la superpoblación de autos. Esto genera, entre otras cosas, altas demoras en horas pico, con gente atrapada en sus autos en el agobiante calor, esperando en vano que la fila fluya (como Foster). Está probado que el calor incide en el estado de humor y genera estrés en las personas. Uniendo elementos tenemos un coctel ideal de ira.
Otro factor: manejamos mal. Paraguay estará probablemente entre los países donde menos se respetan las leyes de tránsito. Un par de ejemplos cotidianos: se está volviendo cada vez mas raro ver motociclistas que respeten la luz roja; los peatones agradecen a los conductores cual si hubieran recibido un préstamo de dinero cuando se les da prioridad sobre un paso cebra.
Finalmente –o quizás en primer lugar– podríamos hablar de la salud mental. Estadísticas del Banco Mundial en el contexto de la pandemia (2021) ubicaban al Paraguay como el cuarto país con mayor vulnerabilidad en salud mental en América Latina, con altísimos niveles de ansiedad y depresión.
El sargento Prendergast (interpretado por Robert Duvall) sigue el derrotero de violencia que va dejando Foster a su paso en “Día de furia”. En la escena final, el policía lo acorrala en un muelle, le pide que se rinda. Foster le revela su plan: “Usted me mata y mi hija cobra el seguro”. En ese momento, amaga sacar un armar del bolsillo, lo que genera la reacción de Prendergast, quien lo fulmina de un disparo. El arma de Foster era una pistola de agua. Caso cerrado, duda abierta: ¿Foster era el victimario o la víctima? La película deja como moraleja un llamado de atención sobre el delicado balance de la cordura y cómo la frustración afecta a las emociones y acciones de las personas.
Otro factor que se podría mencionar en el ejercicio de mapeo de la ira en las calles es la falta de una presencia más visible –al menos de lo observable en Asunción– de la Policía Municipal de Tránsito en los puntos críticos. Aunque, a este paso, probablemente estaremos necesitando más psicólogos que agentes de tránsito.

