• Por el hno. Mariosvaldo Florentino
  • Capuchino.

Es interesante ver como en el evangelio encontramos con mucha claridad criterios para ordenar nuestras vidas y también para poder entender a los demás. Por ejemplo, esta frase que elegi­mos en este domingo tiene una fuerza toda especial y también manifiesta el error de una men­talidad que quiere justificar las pequeñas faltas, o pequeñas infidelidades, o pequeños erro­res. Nuestra cultura tiende a ver como normales y aceptables las fallas pequeñas.

Generalmente no damos mucha importancia a un pequeño hurto (como viajar sin pagar el boleto; consumir una fruta, un cara­melo, un yogurt en el súper; no devolver un vuelto equivocado…). Una pequeña trampa (no res­petar una fila; dar una infor­mación errada; quitar ventajas sobre otros...) hasta son loados como signo de vivacidad. La falta de gentileza (no dar el puesto a una persona que sea mayor, a una embarazada; no saludar o no responder a un saludo; no saber decir “por favor”, o “muchas gracias”; no dejar que el otro se sirva primero...) también se estávolviendo normal. La falta de sin­ceridad (no mantener la palabra; inventar historias para excusarse o aumentar los hechos dejando mal a otros; no defender sus prin­cipios y como el camaleón ade­cuarse a las opiniones ajenas) es visto por muchos como necesario para vivir bien.

En un cierto modo estamos tan habituados a estas cosas que ni sentimos la necesidad de corre­girnos, y tampoco esperamos de las demás actitudes como estas. Ya no nos escandalizan las peque­ñas cosas.

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Sin embargo, el evangelio nos dice que: “El que es fiel en lo poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también es injusto en lo mucho.”

Pienso que aquí estará el secreto del porque es tan difícil encon­trar personas realmente honestas para ocupar los cargos públicos. Del porque existe tanta corrup­ción en nuestras instituciones. Del por que existe tanta insensi­bilidad para con los que sufren.

Somos hijos de una cultura, que no nos enseña a ser fiel en lo poco. La consecuencia es clara según el evangelio: no somos confia­bles para las cosas grandes. No sirve de nada gritar y reclamar de las grandes corrupciones, hacer bellos discursos, arrancar aplausos efusivos, si no estamos dispuestos a cambiar nuestras pequeñas acciones.

Los grandes ladrones podrán ser punidos, pero difícilmente cam­biarán, y cuando tengan otra oportunidad, harán lo mismo. La honestidad, así como todos los demás valores, debe ser apren­dida y entrenada en las pequeñas cosas. Es una ilusión pensar que “yo me permito hacer esto solo porque es una cosa pequeñita e insignificante, pero si fuera una cosa grande no lo haría jamás”, pues cuando tenga una oportu­nidad, y me sienta seguro, haré también en lo grande. El tenta­dor nos prepara en las pequeñas cosas y nos empuja a las grandes. Quien no sabe contenerse en las pequeñitas cosas, delante de las grandes también no será capaz.

Es incoherente denunciar a los demás si yo hago las mismas cosas, aunque en proporción bien menor. “El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho.”

Ayúdanos, Señor, a trasformar nuestra vida cotidiana en una escuela de los valores. Ayúdanos a no ser permisivos en las peque­ñas cosas para poder recuperar nuestra sociedad. Ayúdanos a ser honestos hasta en las cosas más insignificantes y que nadie per­cibe. Danos un espíritu decidido y firme capaz de ser fiel en lo muy poco.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cari­ñosa y te dé la PAZ.

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