- Por Juan Carlos Dos Santos
- juancarlos.dossantos@nacionmedia.com
La guerra ya no solo se libra en los frentes militares. Hoy, el combate también ocurre en las redes sociales, en las noticias virales y en las cámaras de los teléfonos inteligentes. En pleno siglo XXI, la información se ha convertido en arma estratégica, y millones de ciudadanos comunes somos bombardeados diariamente con versiones sesgadas de la realidad, muchas veces diseñadas para moldear nuestra percepción de los conflictos globales.
Durante las crisis internacionales, desde Ucrania hasta Gaza, pasando por Venezuela o Yemen y más actualmente, en la “Guerra de los 12 días”, entre Israel e Irán, asistimos a una auténtica guerra de narrativas. Gobiernos, movimientos políticos y actores no estatales compiten por ganar legitimidad moral y apoyo público, no solo dentro de sus fronteras, sino también en el escenario global.
Imágenes impactantes sin contexto, videos reutilizados fuera de lugar o declaraciones sacadas de su marco original circulan a gran velocidad. Y detrás de cada uno de esos contenidos, muchas veces hay una campaña planificada para construir una versión conveniente de los hechos .
Las plataformas digitales son hoy campos de batalla ideológica, donde los algoritmos priorizan contenido emocional, polarizador o viral, sin importar su veracidad. El resultado es la formación de cápsulas informativas, espacios virtuales en los que los usuarios reciben solo una visión del conflicto, generalmente afín a sus creencias previas.
Esta dinámica genera sociedades fragmentadas, incapaces de acordar siquiera cuál es la realidad sobre un mismo hecho. Y eso, lejos de ser un efecto colateral, suele ser el objetivo buscado.
Los medios controlados por Estados ofrecen una visión alternativa a la narrativa dominante de medios globales. Pero esta pluralidad tiene matices: ¿se trata realmente de diversidad informativa o de propaganda encubierta?
Lo cierto es que ningún medio es completamente neutral. Todos operan desde un marco editorial que refleja intereses geopolíticos, culturales o ideológicos. Por eso, leer entre líneas y cruzar fuentes es clave para evitar caer en la manipulación.
Más allá de errores o rumores, existe una desinformación estructurada, orquestada por actores estatales o grupos organizados con objetivos claros: confundir, desestabilizar o influir en la opinión pública mundial.
Desde las campañas rusas durante elecciones occidentales hasta las estrategias de posicionamiento en torno al conflicto israelí-palestino, estas tácticas tienen un nombre técnico: information warfare o guerra de la información. Y sus efectos pueden llegar a influir en decisiones de política exterior, sanciones internacionales o incluso en el apoyo humanitario. Las decisiones antiisraelíes del Gobierno español o el irlandés son un ejemplo de estas influencias.
Cuando la población pierde la capacidad de discernir entre verdad y ficción, se debilita la base misma de la democracia: un cuerpo electoral informado y crítico. Las personas terminan confundidas, polarizadas o indiferentes ante crisis que, aunque distantes geográficamente, tienen repercusiones globales. Como dijo el filósofo Slavoj Žižek, “el mayor peligro no es la mentira, sino la verdad fabricada”.
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Propaganda y música: la pugna más extraña de la Guerra Fría
- Richard Moreira
- Enviado especial
A pocos kilómetros de China continental, una isla taiwanesa combatió sin balas: la confrontación se libró con propaganda lanzada al viento.
Durante la Guerra Fría se produjeron numerosos episodios de conflicto y hostilidades en todo el mundo, que estaba dividido en aquellos azarosos años entre Este y Oeste. Algunos hoy resultan lejanos en el tiempo, pero siguen atrayendo como parte de la historia reciente. Otros, más cercanos y conocidos en Latinoamérica por su contexto y sus consecuencias, permanecen muy presentes en la memoria colectiva, como la invasión a la Bahía de Cochinos (Cuba) o el Operativo Cóndor, que coordinó la represión a movimientos de izquierda entre varios gobiernos dictatoriales de la región.
Pero la abundancia de episodios fundamentales mechados con otros más anecdóticos hacen que se pierdan capítulos menos difundidos, más ajenos al relato occidental, que no dejan de generar una fuerte impresión. La historia que sigue es uno de ellos: la torre sónica de Kinmen.
Para mí, que ya la conocía a través de los libros de historia, resultó incluso una experiencia especial poder estar allí, frente al muro que tuvo un papel clave en la guerra de propaganda entre Taiwán y China.
EL ESTRECHO
La isla de Formosa, donde se asienta Taiwán, está ubicada en el extremo occidental del mar de Filipinas; se encuentra a unos 150 kilómetros de China, de la que está separada por el estrecho. Kinmen, por su parte, es un condado administrado por Taipéi, pese a su cercanía inmediata con el continente.
Tras la fallida invasión de 1949, el gobierno de Pekín decidió no atacar más a Kinmen, al menos no con armas convencionales. La artillería pesada fue sustituida por la artillería de la propaganda, que se convirtió en el principal instrumento de este nuevo tipo de “guerra”, prolongada hasta finales de la década de 1970.
Esta hostilidad edulcorada tenía reglas claras: China lanzaba sus proyectiles los días impares y Taiwán respondía los días pares. Los artefactos carecían de explosivos y transportaban folletos, panfletos y mensajes políticos.
LA BATALLA EN ONDA CORTA
Pero pronto otra vía de confrontación cobró protagonismo: las transmisiones radiofónicas. La guerra de propaganda evolucionó hacia un nuevo estadio. Desde el continente, las emisoras emitían proclamas a favor de la reunificación e instaban a los soldados destacados en Kinmen a desertar y pasarse a China, prometiendo trato benevolente. La respuesta taiwanesa no se hizo esperar: mediante emisiones en onda corta, sus proclamas cargadas de ideas capitalistas destacaban las ventajas de la prosperidad económica y de una sociedad floreciente bajo su administración.
En su afán por intensificar esta guerra psicológica, Taiwán elevó el desafío un escalón más y construyó un altavoz gigante, una torre sónica de diez metros de altura, diseñada para que los mensajes pudieran escucharse en la provincia china de Fujian, donde está asentada hoy la floreciente Xiamen.
La torre instalada en Beishan es una estructura de hormigón armado con forma de cubo, que cuenta con 48 cavidades –dispuestas en ocho filas por seis columnas– donde se montaron potentes altavoces. El sonido emitido era tan intenso que podía escucharse hasta a 25 kilómetros de distancia, atravesando el estrecho y llegando incluso al interior de Xiamen.
SÍMBOLO
Como símbolo de modernidad y vanguardia, los taiwaneses no se limitaban a difundir consignas políticas: intercalaban canciones de la célebre cantante Teresa Teng, cuya voz se convirtió en un arma inesperada dentro de esta singular guerra sonora.
Al de Beishan también se construyó otra estructura del otro lado de la isla. Esta es la estación de observación y radiodifusión Mashan, que también era utilizada para enviar mensajes de propaganda, aunque de menor dimensión, con un puesto de observación, su uso también era para patrulla y control de las actividades del otro lado de la orilla.
Con el correr del tiempo, estos dos emplazamientos se convirtieron en un hito cultural y turístico de Kinmen, que marca y refleja una era de tensión constante, pero también de una peculiar forma de convivencia armada y de una paz relativa.
Esta “guerra” sónica se extendió hasta finales de la década de 1970, cuando dejó de operar por razones geopolíticas. Hoy, el muro de Beishan es un ícono de Kinmen: un testigo silencioso de aquellos años de Guerra Fría, cuando comunistas y nacionalistas se enfrentaban no solo con armas, sino también con palabras, música y mensajes lanzados al viento.
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A 71 años del golpe de Estado que derrocó a Chaves y coronó a Stroessner en Paraguay
Lourdes Torres (lourdes.torres@nacionmedia.com)
Este domingo 4 de mayo se conmemora una de las fechas que ha quedado marcada a fuego en la historia paraguaya: el inicio del gobierno autoritario más prolongado de todo el periodo independiente de la República del Paraguay.
El 4 de mayo de 1954 se llevó a cabo un operativo militar relámpago, encabezado por el joven general de artillería Alfredo Stroessner, quien entonces ejercía el cargo de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación, nombrado por el entonces jefe de Estado, Federico Chaves.
Chavez fue derrocado por el golpe militar y en su lugar asumió Tomás Romero Pereira, quien luego entregó el poder a Stroessner.
Para conocer el trasfondo de este capítulo histórico, La Nación/Nación Media recurrió al historiador Fabián Chamorro y al analista colorado José Ocampos, quienes brindaron su visión de lo ocurrido.
Ambos coincidieron en que con este golpe de Estado se remató una sucesión de hechos desencadenados tras la guerra civil de 1947, que devolvió al poder al Partido Colorado; pero en medio de un ambiente sumamente convulsionado por la inestabilidad política.
En el corto periodo de 6 años (1948 a 1954) se sucedieron 5 gobiernos colorados, que fueron cambiando por constantes golpes de Estado, durando menos de un año en el poder.
Salvo el gobierno de Federico Chaves, que alcanzó casi 5 años en el poder (del 11 de septiembre de 1949 al 4 de mayo de 1954), primero como presidente provisorio y luego como presidente constitucional (a partir del 15 de agosto de 1953).
Fabián Chamorro destacó que Chaves logró mayor estabilidad en su gobierno gracias a que tenía mayor ascendencia en el Partido Colorado. Indicó además que su principal contrincante, que era Natalicio González, prácticamente estaba exiliado.
“Este marco de inestabilidad política en el país coincidió con la situación geopolítica, se ingresó en el clima de la Guerra Fría, que se dio luego de la finalización de la II Guerra Mundial. El mundo prácticamente se dividió en dos; los que estaban influenciados por la Unión Soviética, el bloque comunista, y los que estaban influenciado por Occidente”, comentó José Ocampos.
Mencionó que en medio de este escenario se dieron varios intentos guerrilleros que tenían como objetivo estallar una nueva revolución social, teniendo en cuenta las condiciones sociales en Paraguay con los Mensú.
“Estados Unidos estaba buscando gobiernos más fuertes, especialmente ante el peligro de que el comunismo pudiera instalarse en la región. Este es un factor importante a evaluar en el periodo de Chávez”, acotó Chamorro por su parte.
Descontento en la ANR
Los historiadores señalaron que el golpe de Estado se dio porque ya había un descontento dentro del partido de gobierno, la Asociación Nacional Republicana.
“Desde 1947 en adelante, el Partido Colorado se había convertido en un cuerpo elector. Es decir, la Junta de Gobierno decidía quién era el presidente y prácticamente se decidía entre sus miembros, no es que habían elecciones populares. En medio de esto, la figura política de Chaves comenzó a deteriorarse, sumado a la situación económica complicada y a los militares que pedían cada vez más espacio de poder”, comentó Chamorro.
Tanto Chamorro como Ocampos coincidieron en que en esta coyuntura surgió la figura del joven general Stroessner, que no solo tenía un fuerte poder en las fuerzas militares, sino que además contó con el apoyo de Estados Unidos.
“Los sectores más conservadores del Partido Colorado, sobre todo de Natalicio González y del Guion Rojo, tuvieron fe en depositar la confianza en el general más joven, que fue excombatiente de la Guerra del Chaco, condecorado y gozaba de un prestigio enorme. El Gobierno norteamericano también entendió que el único que podría repeler el avance del comunismo en el país y que merecía su apoyo era este joven militar paraguayo”, acotó Ocampos.
La victoria de la Revolución cubana con Fidel Castro y del “Ché” Guevara motivaron a que se expanda el comunismo en Latinoamérica, con “Sendero Luminoso” en Perú, y otros movimientos guerrilleros en Argentina, Uruguay y toda América.
La noche del golpe
A las 20:00 aproximadamente, un grupo comando del histórico Batallón 40 de las Fuerzas Armadas paraguayas atacó el Cuartel de la Policía, en Asunción.
En el cruce del tiroteo intenso que se dio, hirieron de muerte al joven y brillante dirigente colorado Roberto L. Petit, entre varios otros jefes y oficiales asesinados durante el ataque, marcando el derrocamiento de Chaves.
El periodista e historiador Bernardo Neri Fariña narra en su libro “El golpe del 4 de mayo de 1954″ que el todavía presidente Federico Chaves buscó refugio en el Colegio Militar (actual sede del Congreso Nacional) y solicitó apoyo a su director, el general Marcial Samaniego; sin embargo, éste ya respondía a su camarada y amigo, el general Stroessner, e inmediatamente lo puso bajo arresto.
De acuerdo al relato de Fariña, cuando el mandatario quiso hacer prevalecer ante Samaniego su condición natural de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, cargo que previamente ya había delegado en el general Stroessner, el entonces capitán de Infantería, Isaías Barreto, le respondió a Chaves: “Su excelencia, usted está preso”.
Gobierno provisorio
Al día siguiente, la Junta de Gobierno de la ANR instaló una sesión oficial en la que exigió a Federico Chaves presentar su renuncia a la presidencia de la República.
En esta misma sesión se resolvió designar al general Alfredo Stroessner como candidato del partido para el periodo constitucional restante (1953-1958), estableciendo como fecha de los comicios el 11 de agosto de ese año y el 15 de agosto como fecha para que asuma el cargo.
Se resolvió también designar como presidente provisional del Paraguay al arquitecto Tomás Romero Pereira, quien debía hacer la convocatoria a elecciones y luego entregar el cargo a Stroessner.
Es así que el joven militar victorioso del golpe de Estado se convertiría luego en presidente constitucional, de quien no se esperaba que durara en el mando, como recordó el historiador Chamorro; sin embargo, logró perdurar imponiendo una dictadura militar por 35 largos años.
“Justamente, los norteamericanos le brindaron todo su apoyo, porque pensaban que era una figura que no buscaría perpetuarse en el poder. Este pensamiento falló, porque Stroessner se mantuvo en el poder prácticamente inamovible”, concluyó Chamorro.
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Por hipoacusia y ceguera otra vez en la cornisa frente al abismo
- Fotos: Gentileza
Desde el fin de la que llamamos Guerra Fría siento que una vez más estamos como en una cornisa frente al abismo y que a nuestras espaldas un nutrido grupo de poderosos y poderosas se preparan para empujarnos.
“Como en una cornisa frente al abismo. La ofensiva israelí en el Líbano reproduce esa imagen, retroceder o caer”, dijo en estos días el colega periodista Marcelo Cantelmi en el diario Clarín de Buenos Aires. Hace foco en el Oriente Cercano. Gaza, Cisjordania e Israel están incluidos en el campo que constituyó para el análisis. Añade en un segundo círculo a Irán, a Estados Unidos e incluso a Europa. La Unión Europea (UE) también transita sus tragedias. Desde febrero de 2022 cuando Rusia invadió Ucrania.
Volver al horror. Poco más de medio siglo atrás Lawrence Olivier puso su voz a los veintiséis capítulos de “El mundo en guerra”, una magnífica serie documental británica que puso ante nuestros ojos en la tele la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. La cornisa, el abismo, retroceder o caer. Situaciones geopolíticas distintas, muy diferentes, pero también veo frente a ese dilema a la aldea global cuando mis sentidos se activan sobre el Palacio de Cristal, en Nueva York, sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Desde el fin de la que llamamos Guerra Fría siento que una vez más estamos “como en una cornisa frente al abismo” y que a nuestras espaldas un nutrido grupo de poderosos y poderosas se preparan para empujarnos. Hablan de libertad y libertades. Eufemistas y letales. Conjugan en todos sus tiempos el verbo disentir en procura de parecer moderados. Aseguran creer “en la defensa de la vida de todos; en la defensa de la propiedad de todos; en la libertad de expresión para todos; en la libertad de culto para todos; en la libertad de comercio para todos” y, desde esa plataforma dialéctica, exigen a la ONU “retomar los principios que le dieron vida y volver a adaptar el rol para el que fue concebida”.
Palabras a la marchanta. Discursos sobre la nada para decir que las otredades van en el sentido opuesto de la historia… como ellos y ellas la imaginan. Algunos años atrás, tal vez en 2009, supe a través de la lectura que dos intelectuales de fuste y amigos mantuvieron nutritivas tertulias para intercambiar pareceres sobre generalidades y sin hacer foco sobre persona alguna en particular.
CUALIDAD SOCIAL
Aquellas líneas me atraparon y –como quienes fueron sus protagonistas– también las asumo y repito como impersonales, aunque pueden aplicar a millones en la imaginación de quien padezca de patologías conspiranoicas. “La imbecilidad es una cualidad social y, en lo que a mí respecta, también puedes llamarla de otro modo, dado que para algunos ‘estúpido’ e ‘imbécil’ son términos que se refieren a la misma cosa”, disparó aquel hombre serenamente.
Su interlocutor lo miraba con atención y en silencio. “El imbécil es aquel que siempre, llegado el momento, se le ocurrirá decir exactamente lo que no debería decir”, agregó aquel con inconfundible aire académico. Sus bigotes negros contrastaban contra su blanca barba. Detrás de aquellos anteojos livianos que siempre usaba montados la nariz o por encima de ella, sobre la frente, para descansar un poco sus ojos, no quitaba la mirada de quien lo escuchaba.
Parecía que quería registrar cada uno de los gestos de sus interlocutores para regular su mensaje. Para ir por más o por un poco menos. En cuatro oportunidades dialogué con él. En algunas ocasiones –cada vez menos– hacer periodismo permite conversar con hombres y mujeres brillantes. Aquellos y aquellas cuyas palabras se guardan para siempre en la memoria.
Pero regresemos a aquel diálogo que no presencié. “Yo creo que al estúpido no le basta con equivocarse. Afirma claro y fuerte su error, lo proclama a los cuatro vientos, quiere que todos lo escuchen. Es sorprendente ver lo estridente que es la estupidez. ‘Ahora sabemos por fuentes fidedignas que…’”. “Y le sigue una garrafal sarta de estupideces”, replicó quien lo escuchaba. Tal vez por un momento hayan intercambiado silencios. Calvos ambos se encontraban rodeados de estantes cargados con libros. Nunca hubiera imaginado aquella escena de sus vidas cotidianas con ninguna otra escenografía. ¡Qué bueno haber sabido de aquellas tertulias cuando la presente centuria comenzaba!
TERTULIAS
Recuerdo que fue cuando casi finalizaba la primera década cuando supe que Umberto Eco (1932-2016) y Jean-Claude Carrière (1931-2021) –escritor, filósofo, semiólogo y profesor universitario italiano, el primero; actor y guionista francés, el segundo– se reunieron con frecuencia para charlar. Tertulianos vocacionales.
Comprometido y con actitud didáctica, Eco continuó para diferenciar claramente estupidez de imbecilidad. “El estúpido es diferente (porque) su déficit no es social, sino lógico. A primera vista, tal parece que razona de una manera correcta; y resulta muy difícil darse cuenta, (pero) de inmediato (se advierte) que esto no es así (y), por eso es peligroso”.
En ese contexto, alcanzaron un primer acuerdo que propuso el francés. “Deberíamos ocuparnos específicamente del estúpido”. Eco asintió pensativo. “Tienes toda la razón (porque) si empiezas a afirmar con insistencia una verdad común, trivial, de inmediato se transforma en una estupidez…”. Carrière respondió de la mano de Flaubert (Gustav, 1821-1880, el autor de Madame Bovary, quien dice que “la estupidez consiste en querer sacar conclusiones”, en tanto que “el imbécil quiere llegar, por sí solo, a soluciones perentorias y definitivas (porque) le gustaría ponerle fin de una vez y para siempre a los argumentos”.
Eco no esperó más: “Me parece que la estupidez es un poco diferente a la estulticia. Se puede ser un estúpido sin llegar a ser por completo una ‘bestia’ (o) ser, por casualidad, un estúpido”. Aquellos encuentros –”esta pesquisa sobre la estupidez”, diría el francés– se sostuvieron por “algunos años”. A veces en el departamento de Jean-Claude, en París y otras, en la casa de campo de Umberto en Monte Cerignone, provincia italiana de Pesaro y Urbino, en la serrana región de las Marcas, escasamente habitada. Huelga decir que hubiese querido estar allí, por cierto. Solo para escuchar y, tal vez, tomar notas.
Vuelvo a las y los ideólogos de la nada misma. Alguien debiera proponerles leer y releer, por lo menos, el preámbulo de la Carta de las Naciones. “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles”. ¡Esa fue, es y será la idea que se firmó en San Francisco el 26 de junio de 1945! El jueves último en la mañana, desde Cataluña, recordó aquel texto, que debiera ser sagrado para quienes se expresan en nombre de la libertad y la paz, don Federico Mayor Zaragoza al momento de iniciar –desde Montevideo, Uruguay, y para el mundo– las actividades de la flamante Cátedra UCLAEH-UNESCO que coordina el magíster Luis Carrizo y se propone profundizar en el estudio de las “transformaciones sociales y la condición humana desde la perspectiva del pensamiento complejo del pensador Edgar Morin de cara al siglo XXI” que se presenta complejo y amenazante.
CIENCIA CON CONCIENCIA
“Ciencia con conciencia para alcanzar una conciencia con ciencia”, un puñado de minutos después propone desde París Nelson Vallejo-Gómez, filósofo colombo-francés a través de Youtube en el transcurso de esa inauguración. A su tiempo, Ana Sánchez Torres, miembro del Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la Universitat de Valencia, enfatiza que “la lógica dicotómica del pensamiento occidental es reduccionista” y propone “priorizar las relaciones dialógicas”.
La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (AGUN) sesionó una vez más en la semana que pasó. Así suele suceder todos los setiembres en cada año. Jefes de Estado, de Gobierno, cancilleres, se hicieron oír en el hemiciclo del Palacio de Cristal en Nueva York hasta el martes último. El secretario general de ese organismo multilateral, Antonio Guterres, sostuvo ante líderes y lideresas globales que “los tres males mayores” que afectan al mundo son “la impunidad, que se repite en todos los grandes conflictos actuales –en Gaza, Líbano, Ucrania o Sudán–, la desigualdad que se agrava cada vez más entre los países y dentro de cada país, y la incertidumbre que generan la crisis climática y (el avance de) una inteligencia artificial descontrolada”.
Las palabras con las que expresó su ponencia –y hasta la gestáltica del alto funcionario– comunicaron preocupación, agobio, decepción, pero también deseo de seguir adelante. A la hora de producir sentido, Guterres se preguntó y preguntó cómo es que sucede que en clara violación de la Carta de la ONU y del derecho humanitario se puede “invadir otro país, devastar sociedades enteras o ignorar olímpicamente el bienestar de su propia población”.
Su diagnóstico fue duro porque dio cuenta de sucesivas acciones de crueldad extrema con las que “cada vez más países llenan espacios de la división geopolítica y hacen lo que quieren sin rendición de cuentas”. Marcó diferencias con los tiempos de la Guerra Fría porque en su análisis, por aquellos años había límites y, por el contrario, “uno siente que no existen hoy (líneas rojas ni guardarraíles), ni tenemos un mundo unipolar”.
Cada una de sus palabras resonaban con fuerza. Los datos s o n abrumadores. Reveló que el 43 % de la riqueza mundial está en manos del 1 % de la población global que supera los 8 billones de personas. “Entre los 75 países más pobres del mundo, dos tercios están peor que cinco años atrás”, pero, en ese mismo tiempo, “los cinco hombres más ricos han duplicado sus fortunas”.
REVERSIBILIDAD
En ese contexto enfatizó que “el estado de nuestro mundo es insostenible” y aseguró que “no podemos seguir así”. Pero, sin embargo, considera que “los retos a los que nos enfrentamos (para contener y revertir la situación) no son irresolubles”. ¿Qué es lo que no se entiende? Don Antonio no decodifica la grave situación en soledad.
Un par de días antes, el colega periodista Joseba Elola, en diario El País, sostiene que “la guerra siempre es una mala idea” y advierte que “nuestro mundo ha abrazado una dinámica peligrosa (porque) estamos viviendo un periodo cuya beligerancia no se veía desde el final de la Guerra Fría. Y con innovaciones técnicas de guerra sucia que producen escalofríos”.
En tono de advertencia luego sostiene que “Ucrania, Gaza y Sudán son los tres focos (bélicos) fundamentales, con sus respectivas ondas expansivas, de esta tragedia”; y que, como consecuencia de ello, “casi 600.000 personas han muerto entre 2021 y 2023 en todo el mundo”. Desde esa perspectiva añade que por “el aumento de las oleadas de refugiados y desplazados (se) están alimentando discursos racistas” y sostiene que esta última situación “nutre electoralmente a las ultraderechas (y, por lo que se ve, a algunas derechas no tan ultras)”. Completa su reporte con una denuncia que estremece. “El gasto mundial en defensa vuelve a crecer, un 7 %, por noveno año consecutivo”, lo que “significa sustraer dinero de otras necesidades” sociales en áreas como “sanidad, educación o crisis climática”. Grave. La maltratada aldea global está en el borde mismo del abismo.
“La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa”, sentenció Erasmo de Rotterdam. Recuerdo aquella lúcida observación junto con Elola, que la consigna en su texto. Sin embargo y pese a tanta evidencia, las violencias no se detienen. La hipoacusia política, desde siempre, es voluntaria. “Razones de seguridad nacional”; “soberanía”; “dios”; “la patria”; “el honor nacional”; “el derecho natural”; “la historia”. Pareciera que todo vale como fundamento (¿excusa?, ¿argumento?, ¿fundamentación?) para hacer la guerra, para eludir la paz o para terminar con ella.
LAS PALABRAS Y SUS CONSECUENCIAS
Peligros y amenazas no son escasos. Los debates se multiplican. La palabra libertad – como ideal de vida– es abusada. Flamantes líderes y lideresas emergen con discursos preocupantes y sus palabras tienen consecuencias. El colega periodista Jorge Elías, a través de El Ínterin –www.elinterin.com, que dirige y recomiendo–, especializado en asuntos internacionales, reporta que el Global State of Democracy 2024 del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral, con sede en Estocolmo desde 1975, después de evaluar 158 países, concluye que “en una de cada tres elecciones, el porcentaje promedio de votantes ha disminuido del 65,2 % en 2008 al 55,5 % en 2023″.
Agrega que “en dos de cada 10 elecciones entre 2020 y 2024, uno de los candidatos o los partidos derrotados rechazaron el resultado”. Donald Trump desde 2020 hasta hoy miente enfáticamente e insiste en que Joe Biden, actual presidente norteamericano, no triunfó en aquellas elecciones. En el mismo reporte se asegura que “en 2023, la democracia tuvo el peor declive en elecciones en casi medio siglo por la intimidación de los gobiernos, la interferencia extranjera, la desinformación y el uso indebido de la inteligencia artificial”.
¿Qué es lo que se incomprende? Guterres, en la ONU, al igual que los colegas periodistas Cantelmi, Elola y Elías reportan datos que van en la misma línea desde perspectivas y objetivos bien diferentes. Preocupante, por cierto. Y lo es más cuando en las redes circulan con altísima velocidad múltiples discursos de odio y diatribas contra la democracia en nombre de la libertad sin tener presente la condición humana que –como lo explica el maestro Edgar Morin (103)– “debería ser objeto esencial de cualquier educación”.
HOJA DE RUTA
Es preciso saber, comprender y comprehender que “el ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social, histórico”, para entender el verdadero sentido que proponen sucesivamente la Agenda del Milenio (2000- 2015), la aún vigente Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible y el flamante Pacto del Futuro (2030-2045) que, además, son una suerte de hojas de ruta que cada Estado-nación puede y debe adoptar o no a su legislación interna. No son imposiciones. Cada uno de esos documentos asumen la humanidad con “ciencia y conciencia” sin escindirla tanto “de su identidad compleja” como “de su identidad común a todos los humanos”. Oponerse críticamente a tales premisas a partir de saberes específicos epistemológicamente alineados con algunos conocimientos “completamente desintegrados (de la condición humana) a través de las disciplinas” tradicionales suele generar lo que se conoce como “ceguera del conocimiento”.
Quien quiera oír, que oiga. Quien quiera ver, que vea. ¿Desde dónde empezar entonces para evitar el no ver? “Somos especie, somos sociedad, somos cultura, somos libertad... ¿qué somos? (vale pensarlo y recordarlo porque) allí emerge la condición humana”, propone con sabiduría Ana Sánchez Torres, desde Valencia.
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Tortura, desaparición y exilio, las heridas abiertas por la dictadura chilena
En el sótano del palacio presidencial, en el corazón de Santiago, Patricia Herrera estuvo detenida y fue torturada antes de ser forzada al exilio. Corrían las primeras semanas de una dictadura que también mató y desapareció por miles.
Patricia, torturada. Luis, desaparecido. Shaira, exiliada. Cuando se cumplen 50 años del golpe militar que estranguló la democracia chilena en plena Guerra Fría, con el apoyo de Estados Unidos, aún sangran las heridas.
El tormento
Cuando volvía a casa de la universidad, la detuvieron agentes de civil por “ser mujer y socialista”. Patricia Herrera tenía entonces 19 años. Fue llevada con los ojos vendados al subterráneo de La Moneda, al “Cuartel N°1″, conocido también como “El Hoyo”, uno de los primeros centros de detención y tortura que habilitó la dictadura que derrocó y condujo al suicidio al presidente Salvador Allende, también socialista, el 11 de septiembre de 1973.
“Desde la primera noche que llegamos hubo vejaciones de tipo sexual. Al principio yo creía que el guardia se estaba sobrepasando conmigo, no pensé que era algo establecido que a las mujeres había que aplicarles la violencia sexual, además de política”, evoca la historiadora de 68 años.
Estuvo detenida 14 meses en el Cuartel N°1, en Londres 38 y Tres Alamos, casonas en Santiago convertidas en salas de tormentos por el régimen de Augusto Pinochet. Salió de Chile hacia un exilio forzado que se prolongó por 15 años, primero en Francia y luego en Cuba.
Según dos comisiones de la verdad, al menos 38.254 personas fueron torturadas en la dictadura que se extendió hasta 1990. El Cuartel N°1 funciona hoy como una oficina en la sede presidencial. Las víctimas, que eran conducidas a ciegas, pudieron identificar el lugar gracias a una pared curva.
El 30 de agosto, el presidente Gabriel Boric instaló una placa en los bajos de La Moneda para recordar el horror al que fueron sometidos alrededor de 30 detenidos. “Queremos poner un hito que todo el mundo vea (...) que aquí, en el centro político del país, se encontró un centro de tortura”, sostiene Herrera.
La desaparición
La dictadura asesinó a 1.747 personas y detuvo e hizo desaparecer a otras 1.469, de las cuales se ha logrado identificar a 307, según informes oficiales. El resto, 1.162, siguen desaparecidos. ¿Dónde están?, todavía se preguntan sus familias medio siglo después.
Cuando la policía política detuvo en 1974 a Luis Mahuida, un universitario de 23 años que militaba en la izquierda, también acabó con la infancia de su hermana, Marialina González, entonces de nueve años. La madre, Elsa Esquivel, se dedicó a buscar a su hijo a tiempo completo. González se ocupó de las dos hijas de Luis, de 11 meses y tres años. “Dejé las muñecas. Mis sobrinas eran unas muñecas para mí”, relata.
Nunca terminó el colegio. Recorrió cientos de lugares preguntando por su hermano. Incluso llegó a hacer una huelga de hambre y recuerda haber sido detenida varias veces mientras participaba en marchas por los desaparecidos. González lamenta su infancia y juventud perdidas por culpa de la dictadura: “No fui capaz de decirles ‘paren, déjenme ser, yo quiero salir a bailar, quiero tener amigos’. Me quedé callada”.
A sus 59 años, y entregada al cuidado de su anciana madre, siente que el sufrimiento la seguirá en la vejez. “No hay cierre por el hecho de que mi hermano siga desaparecido, no va a haber cierre”, sentencia.
El exilio
La dictadura generó el mayor movimiento migratorio en la historia de Chile: Poco más de 200.000 personas se exiliaron, según la independiente Comisión chilena de derechos humanos. Funcionarios del gobierno de Allende, dirigentes sindicales, obreros, estudiantes, campesinos debieron abandonar el país junto a sus familias. Suecia, México, Argentina, Francia y Venezuela fueron los principales países de destino.
La mayoría pudo regresar a Chile a partir del 1 de septiembre de 1988, cuando un decreto autorizó su regreso, un año y medio antes del final de la dictadura. La militante comunista Shaira Sepúlveda fue torturada en las prisiones clandestinas de Villa Grimaldi y Cuatro Álamos. Tras ser liberada, partió en 1976 a Francia, exiliada junto a su entonces marido, dejando a sus padres, su hermana y sus amigos en Santiago.
“Mi familia estaba aquí, mi hermana, mis padres, pero fue (mayor) el impacto de tener que irte a un país donde no eres nadie”, rememora. Regresó 17 años después junto a dos hijos. Su familia volvió a quebrarse. El mayor de sus hijos no se acostumbró a Chile y regresó a Europa. “Soy una mujer mayor, entonces mis nietos de allá casi no me van a conocer”, se lamenta Sepúlveda a los 74 años.
Fuente: AFP.