Después de la muerte y resurrección de Jesús, la vida de sus discípulos no podía ser la misma. Ellos ahora sabían que Jesús es el Señor, que es el Dios viviente y todopoderoso.
Todas las cosas que él había dicho antes, sus promesas, sus enseñanzas, sus mandamientos... ahora encuentran que tienen mucho más sentido y valor. La luz de la resurrección de Cristo iluminaba todo el pasado que ellos habían vivido juntos y ven perspectivas muy bonitas y desafiantes para el futuro.
Ciertamente fue muy reconfortante para los discípulos recordar que Jesús había dicho “yo soy el Buen Pastor”. Ahora que ya había pasado todo (la pasión, la cruz, la muerte, la sepultura y su gloriosa resurrección), ellos podían entender mejor que significaban aquellas palabras, antes tan enigmáticas: “El buen pastor da su vida por sus ovejas” o “yo mismo doy mi vida, y la volveré a tomar”.
En la época de Jesús, todos estaban acostumbrados con los pastores.
Ellos sabían que muchos pastores trabajaban solamente por la plata, y que jamás correrían peligro por sus ovejas. Sabían que muchos pastores eran incapaces de renunciar a alguna comodidad, para salir a buscar una oveja que se había extraviado.
Sabían también que hasta los mejores pastores cuidaban las ovejas por interés, para tener lana, para tener leche, para tener un día la carne, pues nadie hacía este trabajo solo por amor a las ovejas. Por todo esto, las palabras de Jesús cuando fueron dichas, antes de su misterio pascual, no tenían mucho sentido. Jesús les hablaba de un modo de ser pastor, como ellos nunca habían visto antes.
No podían ni imaginar que un pastor pudiera dar la vida por sus ovejas, esto era simplemente un absurdo, un hombre vale mucho más que estos animales. Así como no les era concebible pensar en la posibilidad que un Dios pudiera aceptar ser torturado y ser muerto para salvar a los hombres.
Por eso, yo me imagino la consolación y la fuerza que sintieron los apóstoles cuando empezaron a recordar las palabras de Jesús.
También nosotros estamos invitados en este domingo a escuchar a Cristo resucitado que nos repite a cada uno: “Yo soy tu buen Pastor. Y estoy dispuesto a sufrir todo de nuevo por ti. Soy capaz de dar mi vida para que seas feliz.
Nadie me obliga, pero con el amor que te tengo, no puedo cruzar los brazos y dejarte. No quiero perder a ninguno de los que el Padre me dio.” Pero, por otro lado, los discípulos se sentían comprometidos con este Señor. No era solamente un recuerdo sentimental, que dejaba todo igual. Ellos querían escuchar la voz de este Buen Pastor. Ellos querían seguir sus pasos. Ellos querían tener ya la vida eterna. Y lo hicieron con mucha fuerza y decisión.
¿Y nosotros?
El Señor te bendiga y te guarde,
El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
En el libro de Lucas capítulo 12 versos 13 al 48 podemos ver una serie de enseñanzas y parábolas de Jesús que nos llevan a confiar en Él más que en ninguna otra persona o cosa en este mundo.
Jesús advierte que nuestra vida es fugaz y su regreso inminente y que por ambos motivos tenemos que tener una visión correcta de esta vida terrenal y la vida eterna para poder vivir sabiamente.
Por ejemplo, en un mundo lleno de vanidad y apariencia donde la gente cree que vale por lo que tiene el nos dice en Lucas 12:15 “Mirad, guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”.
Esto fue siempre así, la naturaleza humana es la misma que hace miles de años, si hace tres mil años se hubieran inventado las redes sociales la gente lo usaría de la misma manera que lo usamos hoy. Así como hoy, también antes la gente era valorada por lo que tiene no por lo que es, con la diferencia que hoy eso es cultural, tiene argumentos y se toma como un principio de vida claro y abierto, ya no es solo a condición del corazón que la tenemos escondida y nos avergüenza, hoy es abierta y busca cada día más adeptos.
La vanidad y la apariencia hoy en día es una industria y forma parte del sistema que nos envuelve a todos. No podemos estar fuera de ella, tenemos que aprender a convivir con ella sin contaminarnos en nuestros corazones.
Jesús en su oración intercesora en Juan 17:14 “yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que lo quites del mundo, sino que lo guardes del mal”. El mundo acá significa sistema.
El sistema está instalado, no podemos eludirla, nos movemos en medio de ella, pero lo importante es que seamos guardados y no seamos guiados por sus conceptos y filosofías.
Jesús no nos pide que vivamos de forma miserable. Él sencillamente nos pide que vivamos con el enfoque correcto. Ese enfoque correcto nos lo señala Colosenses 3:2 donde dice “pongan la mira en las cosas del cielo no en las de la tierra”.
Jesús no nos pide que vivamos desaliñada e indignamente. Tenemos necesidades y Dios las quiere cubrir. Lo que él no quiere es que nuestra ancla emocional esté fijada en ella.
Él lo que nos quiere es librar de la codicia y avaricia que es amor al dinero. 1 Timoteo 6:10-11
Él lo que quiere enseñarnos es que la vida es fugaz y no pongamos todas nuestras esperanzas en ella. Pongamos nuestra esperanza y nuestros tesoros en la vida eterna. Lucas 12:34.
Él lo que nos advierte es sobre la fuente de nuestras motivaciones. La meta de un cristiano no debe de ser “quiero ser rico”. Lo que deberíamos desear es ser trabajadores, hacer las cosas con excelencia, usar nuestros dones con diligencia, buscar servir a los demás y, si en ese camino Dios nos enriquece, pues bien, seamos ricos, pero ricos ¿para qué? La Biblia nos responde. 2 Corintios 9:10,11 NTV: “pues es Dios quien provee la semilla al agricultor y luego el pan para comer. De la misma manera, el proveerá y aumentará los recursos de ustedes y luego producirá una gran cosecha de generosidad en ustedes. Efectivamente, serán enriquecidos en todo sentido para que siempre puedan ser generosos; y cuando llevemos sus ofrendas a quienes lo necesitan y ellos darán gracias a Dios” o sea, tu generosidad hará que la gente glorifique a Dios.
En casi dos mil años de debate teológico, una de las posiciones más polémicas es que la idea cristiana de Dios no es monoteísta, sino triteísta. Es decir, que el concepto de la Trinidad podría equivaler a la creencia en la existencia de tres dioses. ¿Pero qué hay detrás de esta vieja etiqueta que nadie quiere recibir?.
El término triteísmo es una bomba teológica: nadie quiere cargar con el estigma de romper la idea central del monoteísmo.
Cuando uno hurga en el cristianismo primitivo se topa con un paisaje de disputas que, vistas desde hoy, parecen interminables: que si Cristo era igual al Padre, que si el Espíritu Santo tenía la misma naturaleza, que si cada persona de la Trinidad actuaba por su lado. En medio del caos, surgieron grupos que fueron acusados de triteístas.
Uno de los casos más notorios surgió en el siglo VI con Juan Filopón (filósofo alejandrino con formación aristotélica) y ciertos círculos que seguían sus ideas. Filopón hablaba de “tres naturalezas” en Dios, lo que para algunos sonaba demasiado parecido a hablar de tres seres distintos. Él insistía en que se trataba de una forma técnica de explicar las operaciones divinas, pero la etiqueta quedó. En aquellos debates, una frase mal armada podía costarle a un pensador su reputación (y hasta la vida).
RAÍCES FILOSÓFICAS
Para entender la aparición del fantasma del triteísmo, hay que mirar la base conceptual de la cual disponían estos intelectuales. Varios intentaban explicar a Dios con categorías griegas, especialmente las de Aristóteles: “sustancia”, “naturaleza”, “hipóstasis”. Hoy suenan ajenas, pero entonces eran herramientas para intentar describir una “unidad divina” que, al mismo tiempo, se manifestaba como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El tema empezaba cuando algún osado intentaba separar demasiado los roles o las “personas”. Si el Padre generaba, el Hijo era engendrado y el Espíritu procedía, ¿eran actos independientes? ¿Podrían pensarse como centros distintos de conciencia? En cuanto la descripción sonaba un poco más individualista, los opositores salían con la acusación de triteísmo.
Es importante subrayar que la manera en que se entendía la relación dentro de la Trinidad definía la forma en que se concebía el universo, la creación, la salvación y el vínculo mismo entre la humanidad y Dios. No era un detalle técnico, sino la columna vertebral del sistema religioso.
ACUSACIONES
En la Antigüedad, varios monjes y obispos fueron acusados de propagar ideas “triteístas” sin quererlo. A veces se debía a un lenguaje torpe; otras, a diferencias culturales. Por ejemplo, algunos siríacos tenían una forma más concreta y narrativa de hablar sobre Dios, lo que les hacía describir las “acciones” del Padre, del Hijo y del Espíritu como si fueran casi entidades distintas. Quienes venían de la tradición filosófica helenizada entendían ese estilo con recelo.
Más adelante, durante la Edad Media, volvieron las sospechas. Hubo quien acusó a ciertos teólogos latinos de describir la individualidad del Hijo o del Espíritu. Otros señalaban a pensadores “místicos” por hablar de “la voz del Padre” o “la luz del Hijo” como si fueran entidades con agendas distintas. En cada caso, el problema era similar: la dificultad para mantener el equilibrio entre unidad y diversidad.
¿SIGUE VIVO EL TEMA?
Aunque a simple vista pueda parecer un asunto del pasado, la acusación de triteísmo sigue apareciendo en cuestiones cristianas modernas. Algunas iglesias evangélicas pentecostales, por ejemplo, fueron señaladas de hablar de las “personas” divinas como si fueran tres seres coordinados en vez de un único Dios. En Estados Unidos, ciertos predicadores famosos han tenido que aclarar públicamente que no enseñan “tres dioses” a raíz de debates internos en sus denominaciones.
Lo curioso es que el fenómeno también se invierte: hay iglesias que acusan a otras de “ir en la otra dirección”, es decir, de borrar tanto las diferencias internas de la Trinidad que, al final, parecen reducirlo todo a una sola entidad. Este tira y afloja muestra algo simple pero profundo: la idea de Dios en el cristianismo siempre ronda un punto delicado y cualquier énfasis demasiado fuerte puede detonar los ánimos de unos y otros.
INFLUENCIA CULTURAL
Esta discusión incluso logró permear espacios no religiosos. Filósofos contemporáneos que estudian la noción de persona y de identidad revisaron los textos de teólogos triteístas para entender cómo concebían la relación entre individuos y comunidad. Algunos ven en estas discusiones tempranas un antecedente –muy indirecto, claro– de debates actuales sobre la conciencia y la mente.
También aparecen paralelos culturales: en Latinoamérica, donde las prácticas devocionales suelen estar llenas de imágenes, rituales y figuras, ciertos observadores externos creen ver señales de “tres dioses”. En cambio, muchos creyentes ni siquiera sienten esa tensión (para ellos, la Trinidad es una manera de expresar cercanía).
ETERNA TENSIÓN
Entonces, ¿el cristianismo estuvo alguna vez a punto de caer en el triteísmo? La respuesta, como tiende a suceder en los debates complejos, no es tan sencilla. Hubo quienes se acercaron en su lenguaje; también quienes fueron malentendidos. Hubo quienes, simplemente, tenían otra manera de hablar de Dios (según su contexto cultural). Pero lo cierto es que la sospecha nunca desapareció.
Cada época reabre la discusión a su tono y manera. Un sermón, una definición teológica, una comparación mal calibrada, un debate en redes sociales. Basta con un empujoncito para que vuelva la vieja pregunta de si el cristianismo cree, en la práctica, en un solo dios o en tres. Y quizá esa persistencia dice algo importante: la idea de la Trinidad no es una fórmula inquebrantable, sino un esfuerzo siempre vivo por describir un misterio que, hasta hoy, sigue desafiando incluso a quienes lo defienden con más pasión.
Dios, en toda la Biblia, apela siempre al corazón de una persona para evaluar su sinceridad y verdadero compromiso con Él.
El corazón se refiere a las intenciones más íntimas, a las motivaciones, a la sinceridad, a la esencia misma de la persona. Cuando hablamos de corazón, apelamos a lo más sagrado que tiene alguien, apelamos a su vida misma. “Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Pr 4.23).
La misma salvación nace en un corazón sincero: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro 10.9). Cuando hablamos de salvación, hablamos de la misma base, cimiento o plataforma. Si mi plataforma es sólida y sincera, edificaré para bendición; si no lo es, no importa lo que haga, de nada me sirve.
Dios dijo al profeta Samuel: “Yo no miro lo que mira el hombre, yo miro el corazón” (1 Samuel 16.7).
O sea, Dios no mira las apariencias, Él mira nuestra sinceridad. Si estamos en los caminos del Señor y aparentamos lo que no somos (lo cual es fariseísmo y religiosidad), estamos en la línea del engaño y la falsedad. Nuestra motivación para con Dios y los demás debe ser el amor desinteresado. Pablo lo advirtió en 1 Corintios 13, que el amor es el don perfecto, la madurez perfecta, la motivación perfecta.
Jesús denunció la falta de sinceridad de corazón del pueblo y lo expresó de esta manera tan elocuente: “Este pueblo de boca me alaba, pero su corazón está lejos de mí” (Mateo 15.8-9).
Y advirtió lo engañosa que puede ser esa área de nuestras vidas (las motivaciones y emociones que tenemos), diciendo: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras” (Jr 17.9-10). Esta es una realidad que, para que nos demos cuenta de ella, solo necesitamos un poco de sinceridad y autoanálisis.
En muchas etapas de mi vida, tuve experiencias en las que estaba convencido de que mi motivación era correcta. Pero, luego de una evaluación y de oración, me di cuenta de que estaba impregnada de egoísmo. Este autoanálisis es personal, y todo verdadero creyente lo tiene que practicar.
Su mandamiento número uno apela, entre otras cosas, al corazón: “Amarás a Jehová tu Dios con todo el corazón...” (Dt 6.5). Si el corazón está firme, todo lo demás se sostendrá. Hay una sola forma real de buscar de Dios, y es con todo nuestro corazón: “Si lo buscares de todo tu corazón”.
Vivir en la presencia de Dios implica tener un corazón puro, un corazón de niño.
Hay un solo grupo que verá a Dios, y son aquellos que tienen una motivación pura y libre de egoísmo y engaño. Estas son las cosas que contaminan totalmente un corazón limpio. Jesús dijo: “Los de limpio corazón verán a Dios” (Mt 5.8).
El libro de Efesios, capítulo 4.17-32, nos habla de una persona que tiene una nueva vida en Cristo y nos exhorta en los versos 17-19 a tener sumo cuidado con nuestra manera de andar, so pena de llegar a una condición casi irreversible: “la insensibilidad”. Antes de llegar a esa condición, nos muestra el camino recorrido: “entendimiento entenebrecido”, “ajenos a la vida de Dios por la ignorancia”, pero fundamentalmente, “por la dureza de corazón” (Ef 4.18, leer 17-20).
Pero, a partir del verso 21, dice que “si en verdad” lo habéis oído y sido enseñado (o sea, conocido), tenemos que despojarnos del viejo hombre (el hombre carnal, mañoso, desleal, egoísta, etc.) y vestirnos de un nuevo hombre según Dios (versos 20-24).
¿Se puede probar científicamente la existencia de Dios?
Emilio Aguero
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Emilio Agüero Esgaib
Pastor
“La prueba de que Dios no existe es que la ciencia no lo ha encontrado y no se puede ‘demostrar’ su existencia”. Esta es una de las afirmaciones más categóricas y contundentes de los escépticos. Con esto quieren también demostrar que la Biblia miente, pues esta da por hecho la existencia de Dios existencia y manifiesta ser Su Palabra y mensaje.
Y, si Dios no existe, entonces tampoco su libro es verdad, por lo tanto, no tenemos que tomarlo como autoridad y hay que desecharlo. Con este argumento pueden quitar de sopetón un libro con reglas morales (entre otras cosas) bastante incómodas para muchos.
El tema es que, si los “sabios de este mundo” no pueden encontrar a Dios mediante sus métodos (la filosofía humana), lejos de ser un argumento en contra de las Escrituras es, justamente, lo que avala su veracidad. ¿Por qué digo esto? Porque la Biblia dice claramente que la revelación de Dios no es por métodos humanos o por sabiduría humana sino por “revelación de Dios”. Es por fe, lo cual no implica “ceguera” sino “revelación”, pues Dios es quien se revela a través de Su Palabra.
La Biblia dice en 1 Corintios 1.18 al 23, en una carta escrita por el apóstol Pablo a los griegos, una cultura caracterizada por el razonamiento helénico y filosófico, que el mensaje de Dios es una “locura” para los incrédulos, y dice en el verso 21 que “el mundo (la humanidad) no conoció a Dios mediante la sabiduría humana”, sino que “agradó” (fue Su voluntad) a Dios salvar a los creyentes por medio de ese mensaje, que resultaría una locura para los “sabios de este mundo”, que buscan explicar las verdades espirituales según sus métodos de conocimiento y no según la fe, que es lo que Dios honra (Hebreos 11.6).
Si la Biblia dijese, por ejemplo: “Vayan y pregunten a vuestros sabios sobre mi existencia y ellos les dirán que yo existo, pues ellos tienen los mecanismos para poder encontrarme y probar, según sus métodos, que yo existo…”, entonces sí, la Biblia estaría contradiciéndose flagrantemente y caería en un descrédito, pues eso nunca ocurrió ni ocurrirá. La gran mayoría de los más grandes pensadores, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, han cuestionado y negado la existencia de un Creador divino que rige el mundo según su perfecta voluntad.
Jesús fue también muy claro. Observemos lo que dice en Lucas 10.21: “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu y dijo: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños (a los más débiles). Sí, Padre, porque así te agradó”.
“Escondiste estas cosas de los sabios y entendidos”, “porque así te agrado”. Hilamos esto con lo que escribió Pablo a los griegos: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Co 1.21), y encontramos, como en otras referencias bíblicas, que está en Su voluntad el revelarse al hombre porque Él quiere, no porque tenga que ser “descubierto” por la siempre limitada sabiduría humana.
También la Biblia habla de que, más que la falta de “pruebas”, es el “corazón endurecido” a causa del orgullo y la rebeldía humana hacia Él, lo que hace que la incredulidad anide en el corazón e impide que Su revelación llegue hasta la vida de muchos. Hebreos 4.7 dice: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.
Romanos 1.19-21 dice que “lo que de Dios se conoce, Dios se los reveló” y luego, habiéndose Dios manifestado por medio de la creación, “no lo alabaron ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue oscurecido”.