Es como mirar al cielo añorando lo que nunca vivimos, lo que nunca vamos a tener o lo que nunca vamos a alcanzar.
En la inmensidad del universo podemos comprender que lo nuestro es solo una ráfaga de luz cruzando el infinito, nada más.
Le ponemos fechas a nuestros sentimientos para no olvidarnos de las cosas que realmente importan. Marcamos con días nuestras emociones para poder sentirlas y no olvidarlas. Fue desde siempre, al menos desde que la humanidad lo recuerda.
Así, inventamos el Día de los Enamorados, de la madre, del padre, que fue hace poco; del amigo, del maestro y hasta del perro.
Vivir acelerados nos sumerge en una incontrolable soledad de la cual salimos en las fechas marcadas en el calendario. Una visita inesperada, un abrazo, un regalo y de nuevo a la vorágine del día a día.
Nos olvidamos de que las cosas cotidianas van construyendo nuestras vidas. Nos van marcando el corazón con esos recuerdos que atesoramos en el alma. Dicen que las cosas valiosas no tienen precio. Pero, ¿quién lo entiende así?
Una caricia a mamá, un abrazo a papá, una palabra de aliento al amigo o una sonrisa desinteresada y sincera. La vida son los detalles, esos que no vemos y pasan volando, casi imperceptibles, pero llenos de sentimientos.
Y no los celebramos hasta que la vida te pega un manotazo y se lleva de raíz al motivo de tus sentimientos.
Y no es culpa de nadie. Es la vida. Linda y dramática al mismo tiempo. Corta y eterna. Corta para disfrutar los buenos momentos y eterna para llorar nuestras ausencias.
Hoy tomate un tiempo. Andá a pescar con tu viejo. Salí a caminar con tu hijo. Dale a mamá el gusto de quedarte a comer con ella. Saboreá el día. Visitá a tu abuelo y dale una alegría, toma su mano y que te repita las historias que escuchaste un millón de veces.
Viví el tiempo mientras dure. La muerte es implacable y a veces no acepta despedidas. No esperes “el día de”… porque hoy es el día y puede convertirse en un lindo recuerdo.
Olvidate del calendario y celebrá la vida todos los días… como diría un conocido locutor: “En vida hermano… en vida”.
Pero esa… esa es otra historia. ¡Una historia a la que vos le podés poner el final feliz!
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Entre escombros y tambores: el lado humano tras el sismo
- Juan Carlos Dos Santos G.
- X: @juancads
- Fotos: Gentileza
En una misión marcada por la urgencia sísmica en Colombia, la mayor de reserva de las Fuerzas de Defensa de Israel Ilil Comay-Dror relata la precisión en la búsqueda de víctimas, la realidad técnica sobre el terreno, la calidez humana por encima de la tensión política y el valor emocional de devolverle la identidad a una comunidad golpeada.
Hay un mundo de distancia entre el ruido mediático de las redes sociales y lo que se vive sobre el terreno. En las diversas plataformas, abunda la polarización, la retórica, la pelea ideológica.
Pero cuando la tierra tiembla en América Latina, el dolor no le pregunta a nadie de qué bandera es. Solo hay urgencia, escombros y gente tratando de salvar a otra gente.Eso fue, en el fondo, lo que explicó la mayor (res.) Ilil Comay-Dror, parte de la delegación de rescate israelí que llegó hasta Colombia tras el devastador sismo. Ilil no es solo una militar en servicio de reserva: en su vida civil es madre de dos hijas, una profesional que de un día para otro tuvo que empacar todo y responder al llamado.
RESCATAR ALMAS
Con relación al trabajo que realizaron, describió algo que suena casi quirúrgico: no se mueven escombros a ciegas, sino que se superponen mapas, se cruza inteligencia geográfica, se calcula con precisión dónde debería estar atrapada una persona.
Y admitió, con una amargura que no intentó disimular, que a veces la velocidad no alcanza para salvar vidas. Ahí el trabajo se reduce a lo que en hebreo llaman neshamot: rescatar almas, recuperar cuerpos, devolverle a las familias algo parecido a un cierre.
Con relación a las vulnerabilidades que pudo observar en las ciudades de América Latina, Ilil fue honesta hasta la humildad: no es ingeniera, aclaró. Pero lo que vio sobre el terreno fue revelador. En una misma calle observó paradojas que cuesta creer: edificios modernos reducidos a polvo –muchas veces por reformas imprudentes, como piscinas construidas en las azoteas–, mientras a pocos metros un teatro centenario seguía en pie.
Los ingenieros locales temían lo peor solo con ver la fachada destruida del teatro; el equipo israelí revisó la estructura y encontró que el esqueleto principal aguantaba. La belleza de ese edificio de cien años todavía tiene futuro.
ENTERRANDO AL ODIO
Lo que más rescato de la conversación no fue la ingeniería. Fue la dimensión humana, casi diplomática, del relato. En un clima geopolítico tenso, con banderas de odio circulando en redes, ella y su equipo trabajaron en terreno con el uniforme y las insignias oficiales de Israel bien visibles.
Y la respuesta de la gente no fue rechazo: fue abrazo. Codo a codo con los socorristas locales, hicieron amigos entre las ruinas, recibieron el agradecimiento de las autoridades colombianas. “Al final, aprendimos nosotros más de ellos que lo que fuimos a enseñarles”, confesó y se le notó la emoción al decirlo.
SALVANDO A LA MÚSICA
Hay un episodio que resume todo lo que significa reconstruir una comunidad. Mientras revisaban un hotel colapsado en Cali para evaluar si era seguro entrar, encontraron una serie de bultos bajo los escombros.
Eran los instrumentos musicales artesanales de una delegación de 80 chicos y jóvenes que habían viajado sin sus padres para el Festival Petronio Álvarez y que tuvieron que huir aterrorizados cuando empezó el temblor.Ilil es madre de dos hijas que tocan instrumentos –contrabajo y violín–, así que sintió esa escena de manera muy personal.
El equipo no dudó: montaron una operación de excavación que ya no buscaba víctimas, sino que buscaba tambores, buscaba instrumentos. Devolverles esos instrumentos a esos chicos no fue solo recuperar objetos.
Fue devolverles la voz, el arte, la esperanza a una comunidad que necesitaba volver a levantarse.Israel atraviesa hoy sus propios dilemas y conflictos internos. Y, sin embargo, la mayor (res.) Comay-Dror dejó una frase de su esposo que guardo con mucho respeto: “Cuando das, te sentís mejor”.
Su testimonio me convenció de algo: cuando la tragedia golpea, la diplomacia más pura no se firma en un despacho ni se discute en redes sociales. Se construye con las manos, en el barro, sirviendo a los demás.
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EE. UU. activa un plan secreto ante el escenario que podría cambiar el destino de la humanidad
Aunque nunca se confirmó oficialmente la existencia de extraterrestres, son millones las personas que creen que la humanidad podría no estar sola en el universo. Ahora, Estados Unidos admite que contempla ese escenario y asegura estar preparado para asumir el liderazgo internacional si algún día se confirma la existencia de inteligencia no humana.
¿Qué ocurriría si mañana el mundo recibiera la noticia de que no estamos solos? La respuesta podría ser mucho más compleja que el descubrimiento científico de otra forma de vida. Estados Unidos ya contempla ese escenario y, según la psicóloga Jennice Vilhauer, integrante del Consejo Asesor Científico sobre Fenómenos Anómalos No Identificados (UAPSAC), cuenta con un plan de contingencia, del cual la agencia RT se hizo eco.
Vilhauer reveló que durante una reunión realizada el 31 de agosto en la Oficina del Director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, los integrantes del consejo fueron informados sobre estos preparativos. También se les indicó que Washington estaría dispuesto a asumir un papel de liderazgo internacional si una eventual confirmación de inteligencia no humana obligara a coordinar una respuesta entre distintos países.
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Plan secreto
El contenido del plan, sin embargo, permanece bajo reserva. No se sabe qué organismos tendrían a su cargo la respuesta, qué circunstancias activarían el protocolo ni cómo se enfrentarían las posibles consecuencias psicológicas, sociales y políticas de un anuncio que podría sacudir las bases de la sociedad moderna.
La especialista aclaró que la existencia de este mecanismo no significa que Estados Unidos haya confirmado la presencia de extraterrestres, ni que espere un anuncio inminente. Tampoco supone que el Gobierno esté preparando una comunicación de ese tipo.
Pero el simple hecho de que Washington contemple oficialmente cómo responder ante semejante posibilidad abre una pregunta inquietante: ¿Qué pasaría con la humanidad si algún día las autoridades tuvieran que reconocer que la Tierra no está sola?
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La humanidad vive más años, pero también más tiempo enferma, revela un estudio
Aunque la esperanza de vida continúa aumentando en casi todo el planeta, ese avance trae consigo un desafío cada vez más preocupante: las personas no solo viven más, sino que también pasan una mayor cantidad de años enfrentando enfermedades o limitaciones físicas. Esa es la principal conclusión de un estudio difundido por la revista científica The Lancet y citado por la agencia RT.
La investigación determinó que la diferencia entre la esperanza de vida total y la esperanza de vida saludable se amplió de 8,8 años en 1990 a 10,7 años en 2023. En otras palabras, el incremento de la longevidad no estuvo acompañado por una mejora equivalente en la calidad de vida durante la vejez.
Los especialistas analizaron datos correspondientes a 203 de 204 países y territorios, encontrando que esta tendencia se repite prácticamente en todo el mundo. El trabajo advierte que los sistemas sanitarios deberán prepararse para atender a una población que vive más tiempo, pero que requiere una atención médica prolongada y cada vez más compleja.
Principales causas
Entre las principales causas de los años vividos con problemas de salud aparecen los trastornos musculoesqueléticos, como el dolor crónico de espalda y la artritis; los trastornos mentales, entre ellos la depresión y la ansiedad; y las enfermedades que afectan los órganos de los sentidos, como la pérdida de visión y audición. Los investigadores sostienen que fortalecer la prevención, promover estilos de vida saludables y mejorar el tratamiento de las enfermedades crónicas será determinante para reducir esa brecha en las próximas décadas.
La OMS
De acuerdo con datos oficiales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la esperanza de vida global aumentó más de seis años entre 2000 y 2019, pasando de 66,8 a 73,1 años, antes del impacto temporal provocado por la pandemia de covid-19. El organismo considera que el gran desafío ya no consiste únicamente en prolongar la vida, sino en lograr que esos años adicionales transcurran con buena salud, autonomía y calidad de vida.
Otro dato llamativo es el de las denominadas “Zonas Azules”, regiones del mundo donde se concentra un número inusualmente elevado de personas centenarias. Lugares como:
- Okinawa (Japón)
- Cerdeña (Italia)
- Icaria (Grecia)
- Nicoya (Costa Rica)
- y Loma Linda (Estados Unidos)
han despertado el interés de la comunidad científica por compartir características como una alimentación equilibrada, actividad física cotidiana, fuertes vínculos sociales y bajos niveles de estrés, factores que podrían contribuir a una vida más larga y saludable, según investigaciones respaldadas por organismos internacionales y diversos estudios sobre envejecimiento.
El estudio publicado en The Lancet plantea así una paradoja cada vez más evidente: los avances de la medicina permiten extender la vida, pero el verdadero reto del siglo XXI será garantizar que esos años adicionales puedan vivirse con bienestar y no marcados por la enfermedad o la discapacidad.
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Humanidad vs. tecnología
DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
A veces me paro a mirar cómo miramos cuando nadie nos ve. No lo que vemos, sino cómo nos detenemos, o no, frente a lo que pasa. Con qué prisa pasamos de largo. Con qué facilidad registramos el dolor como si fuera parte del paisaje cotidiano.
El otro día vi un accidente sobre Cacique Lambaré. Hubo un golpe seco, de esos que te dejan sin aire por algunos instantes. La escena quedó suspendida entre el ruido de los autos y los gritos.
Pero lo que más se me quedó fue otra cosa: la gente acercándose… no para ayudar, sino para filmar.
Celulares en alto. Pantallas encendidas. Manos firmes para grabar, pero no para socorrer. Y mientras tanto, alguien entre hierros retorcidos gritaba de dolor pidiendo auxilio. Alguien que necesitaba una mano más que una cámara.
Las imágenes comenzaron a circular. En minutos ya estaban en las redes. Se multiplicaron los comentarios, los “me gusta”, las reacciones, como si fuera que el dolor también pudiese medirse en clics.
Y ahí, en ese contraste, vi algo que venimos arrastrando sin darnos cuenta hace tiempo, más allá de que la tecnología llegó para acercarnos, nos aleja de la humanidad.
Hoy estamos más conectados que nunca. En Paraguay, como en gran parte del mundo, el celular ya no es un lujo: es una extensión de la vida cotidiana. Nos informa, nos comunica, nos acompaña.
Pero también, lentamente, nos va desplazando de lo esencial.
Así, mientras miramos a través de una pantalla, ya casi no nos miramos a los ojos. Mientras compartimos lo que pasa afuera, no registramos lo que pasa al lado nuestro. Mientras más acumulamos contactos, más crece una sensación silenciosa de soledad.
Es una paradoja incómoda. Una especie de progreso que, en el fondo, nos vuelve más solos.
No es que la tecnología sea el problema. Sería demasiado fácil decir eso y ni siquiera soy experto.
Pero creo que el problema es lo que hacemos con ella. O lo que dejamos de hacer mientras la usamos.
Hay algo profundamente humano que no se puede delegar. Ni automatizar. Ni subir a la nube. El gesto de acercarse. La decisión de quedarse. La simple acción de estar.
Y eso es lo que, poco a poco, parece estar perdiendo espacio.
Las máquinas pueden facilitarnos la vida. Pueden ordenarla, optimizarla, incluso anticiparla. Pero no pueden reemplazar lo que sentimos cuando algo nos toca de verdad.
Al final, entre tanta pantalla encendida y tanto contenido que se acumula sin pausa, lo que realmente importa sigue estando en otro lugar, quizás al lado nuestro.
En lo que vemos y hacemos cuando nadie nos está mirando. En lo que somos cuando no hay un botón de “compartir”. En lo que elegimos hacer cuando la vida, de golpe, nos pone frente a alguien que necesita algo más que un “me gusta”.
En ese momento, habría que dejar el celular.
Pero esa es otra historia.