• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

La renuncia del senador Eduardo Nakayama al Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), con el noble ideal de refundar el liberalismo paraguayo desde la ética, viene a confirmar el destino de escisión de esta asociación política que nació como Centro Democrático el 2 de julio de 1887, aunque su acta definitiva de constitución es del 10 de dicho mes y año. Dos semanas después, exactamente el 24, don Antonio Taboada fue electo su primer presidente. No pasaría mucho tiempo para que la novel institución partidaria se separara en dos facciones absolutamente antagónicas. La fracasada revolución del 18 de octubre de 1891 profundizaría la crisis entre cívicos y radicales, haciendo sus diferencias abiertamente públicas. Los intentos de conciliación para que ambos sectores vuelvan al tronco común fueron infructuosos. La llegada al poder en 1904, gestada por otra revolución, lejos de encarnar la unidad en el Gobierno, representó un nuevo factor para la airada discordia, que incluyeron enfrentamientos armados, con las consecuencias propias de aquellas disputas fratricidas.

Esta es historia vieja y, en parte, conocida. No somos una sociedad muy devota de la memoria que digamos. O se le concede una lectura selectiva como uso político para interpretar el presente. No obstante, la presencia de un elemento nuevo –como la sacudida de Eduardo Nakayama– es una invitación para revisar el pasado. La determinación de desafiliarse del radicalismo auténtico, alegando su contaminación por elementos extraños a su esencia, es moralmente admirable, pero de construcción práctica complicada. Estamos hablando de fundar un nuevo partido liberal. Porque no podrá disputarle al PLRA su denominación como entidad legal, reconocida por el Tribunal Superior de Justicia Electoral.

El Partido Liberal Radical Auténtico surge en 1987 para diferenciarse del Partido Liberal Radical, cuyos dirigentes eran acusados de legitimar la dictadura de Alfredo Stroessner por su participación en el proceso electoral que constituía una verdadera farsa. Sin la tecnología actual, computadoras, internet ni teléfonos inteligentes, con un sistema de línea baja en permanente colapso, para las 21:00 del día de los comicios ya se tenían los resultados finales, cantados a viva voz desde la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana. El PLRA se había declarado en abstención y formaba parte de lo que los voceros del régimen consideraban la “oposición irregular”.

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Durante el régimen estronista, algunos dirigentes de los varios partidos liberales eran más obsecuentes que los propios afiliados colorados que se habían sometido a una placentera y rentable abyección. Estas organizaciones políticas sobrevivieron al periodo democrático iniciado en febrero de 1989. En las postrimerías de la dictadura, elecciones de 1988, Stroessner había “superado” el millón de votos, frente a los 9.545 del Partido Liberal Radical (PLR) y los 4.243 del Partido Liberal (PL). Derrocado el dictador, en los comicios del 1 de mayo de 1989, ya con el PLRA como partido habilitado, vuelven a presentarse el PL (4.423 votos) y el PLR (3.545 votos). En 1993, de la mano de Abraham Zapag Bazas, aparece por última vez el Partido Liberal en unas elecciones generales (1.155 votos). En aquella ocasión ganó el candidato del Partido Colorado, ingeniero Juan Carlos Wasmosy.

Vaciado de sus dirigentes históricos y las interminables riñas caseras entre Efraín Alegre y Blas Llano obligaron al radicalismo auténtico a refugiarse en alianzas y concertaciones que terminaron por opacar sus símbolos y desfigurar su doctrina original. Y, lo peor, con un solo saldo a favor, en 2008, cuando Federico Franco fue electo vicepresidente de Fernando Lugo. Antes (1998) y después (2013, 2018 y 2023) solo fueron coaliciones del fracaso. Cierto es que las uniones de partidos diferentes con fines electorales se volvieron una constante en el mundo de la política. Por de pronto, el senador Nakayama tendrá por delante el gran desafío de fundar un nuevo partido liberal, que podría resumirse en esas dos palabras, sin añadiduras. Durante su permanencia en el PLRA fue una de sus figuras más destacadas en el Congreso de la Nación, salvo dos o tres actuaciones en que se dejó arrastrar por la vocinglería de la turba y el innecesario espectáculo mediático. Ahora, la pregunta que deviene impostergable: ¿Tendrá el liderazgo y los recursos suficientes para crear y sostener una nueva organización partidaria que ambiciona ser puramente liberal? Cuenta a su favor que está ante un PLRA desgastado desde adentro y desde afuera, a causa, sobre todo, de individualidades mesiánicas, sectarias y decadentes. De aquellas miopías que no logran trascender sus egoístas intereses.

Eduardo Nakayama es una figura joven. De innegable formación académica. Tiene cinco años para consolidar su liderazgo y apuntalar su partido en creación. Se vienen tiempos agitados, pero necesarios para el fortalecimiento de una democracia sustantiva, dentro del liberalismo paraguayo. Buen provecho.

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