Un político cristiano me dijo una vez que si él practicaba la Biblia en el ámbito político al pie de la letra estaría en desventaja con sus enemigos partidarios. Por eso, a pesar de que él era cristiano, pensaba que algunas recomendaciones de la Biblia eran impracticables en la política. Le pregunté cuál por ejemplo y me citó Mateo 5.39, que dice: “Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha…”. Me dijo que si aplicaba ese principio sus rivales políticos le pisarían la cabeza.

Sin embargo, Dios está dispuesto a bendecir aun a los que no son cristianos que anden en Su Palabra. Este político creyó que su perdición sería caminar sobre el versículo de dar la otra mejilla; sin embargo, un no cristiano tomó como lema de su movimiento ese mismo pasaje bíblico y logró liderar a 370 millones de hindúes hacia su libertad política y económica y quitarles el yugo del imperio más poderoso de su tiempo, el británico. Ese hombre fue Mahatma Gandhi.

Décadas más tarde, en los Estados Unidos, en los años 60, un carismático y joven predicador bautista de raza negra, llamado Martin Luther King, creyó que la Palabra de Dios era poderosa en sí misma y aplicó este mismo principio bíblico y logró más que ningún otro líder de color las reivindicaciones para ciudadanos afroamericanos.

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Un contemporáneo de este, Malcon X, líder afroamericano musulmán, optó por la misma lucha en su misma época, pero tomó el camino del resentimiento y el racismo en contra de sus opresores blancos y, aunque fue un gran líder, su nombre quedó opacado bajo la sombra de King a quien el mundo entero conoce y reconoce. Dios honra a los que le honran.

El apóstol Pedro también lo entendió muy bien en la pesca milagrosa (Lucas 5.4-7). Pedro intentó “toda la noche” pescar algo, según sus métodos y su sabiduría humana, y no logró nada; mas cuando Jesús le pidió que vuelva a tirar las redes, lo intentó nuevamente diciendo: “Mas en Tu Palabra echaré la red”. En su palabra, las palabras de Jesús, la Palabra de Dios y sobre Su Palabra la historia fue otra.

El cristianismo no es una religión, es un estilo de vida. La religión (o más bien la religiosidad: practicar algo por mera tradición sin entenderlo ni estar ajustado a los principios bíblicos) está caracterizada por el ritualismo, la costumbre, la tradición, la rutina, falta de pasión, la doble moral (asisten a la iglesia cada tanto, se hacen llamar cristianos, pero viven según criterios mundanos y seculares. Dios está en la Iglesia y de ahí no sale), la poca practicidad (para muchos es inaplicable lo que sabemos de Dios con lo que vivimos, los que dicen eso viven una religión y no han experimentado el Espíritu Santo), una mente cerrada y no renovada, llena de dogmas que ni siquiera entienden.

Los religiosos viven un Jesús aún no resucitado, o sea, muerto. Los discípulos estaban escondidos y temerosos, encerrados en casas, en el lapso de tiempo entre que Jesús fue crucificado y resucitado, pero después de que Jesús se les apareció resucitado todo cambió, salieron a anunciar valerosamente la Palabra e impactaron el mundo. Tenían un ideal: que el mundo conozca a Jesucristo y el poder de Dios.

Nosotros tenemos que ser la Iglesia de la resurrección. Su estilo de vida era de poder e influencia.

La Palabra de Dios debe estar encarnada en nosotros, o sea, debemos vivirla, creerla, conocerla. Ese es nuestro gran desafío para poder ser coherentes con nosotros mismos y con Dios.

“Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha…”.

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