EL PODER DE LA CONCIENCIA

Una vergonzosa realidad de Paraguay fue la expuesta el miércoles durante el anuncio del Congreso de Trasplante que se realizará del 2 al 4 de noviembre puesto que, según los datos brindados por los médicos, nuestro país es uno de los que más baja tasa de donantes tiene en Latinoamérica. Por ejemplo, en España, dijeron, la cifra de donantes por millón de habitantes llega casi al 40 %; sin embargo, en Paraguay esta cifra apenas alcanza 2 % o 2,5 %.

A pesar de las campañas de concienciación que se promueven y de que la legislación paraguaya convierte a todos los compatriotas en donantes a partir de los 18 años –si no dejan constancia de su expresa negativa– la verdad es que a la hora de que un paciente llega a la instancia de una muerte encefálica, generalmente los familiares deciden que el fallecido se lleve a la tumba todos sus órganos. No se dan cuenta de que con esa decisión sentencian a muerte a otras personas.

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Los pacientes que tienen la esperanza de recibir un órgano no se sientan en casa tranquilamente a esperar, sino que son sometidos a una dolorosa carrera de infinitas clavadas y análisis. Deben ganar la aprobación del cardiólogo, del inmunólogo, del odontólogo, del psiquiatra, del cirujano vascular, lo que representa inmensos gastos en consultas y pruebas.

El proceso para entrar en la lista de espera para recibir un órgano es largo y riguroso y el final es incierto. Lo más probable es que el paciente, luego de todo ese esfuerzo, muera esperando el órgano que pudiera salvarle.

Hasta el miércoles, 6 pacientes habían ganado esa maratón y esperaban un corazón –incluido un niño de 5 años que acababa de entrar en la Urgencia– 87 estaban listos para recibir un riñón y 170 rogaban por una córnea.

En este momento, en Paraguay son hemodializadas 2.500 personas para poder seguir viviendo porque sus riñones dejaron de funcionar. Todos ellos anhelan un órgano para volver a tener una vida normal, pero no hay donantes. ¡Este año solo se realizaron 24 trasplantes de riñón!

La vida de los pacientes que dependen de una máquina hemodializadora es más tortura que vida: se les prohíbe comer una larga lista de alimentos, de alcohol ni hablar, apenas pueden tomar medio litro de agua al día, casi ya no miccionan, están expuestos a más infecciones renales a causa del catéter, se les clava dos agujas en el brazo tres veces por semana y ni siquiera pueden tomarse vacaciones porque siempre deben volver a conectarse al “lavarropas”.

Como decía la presidenta del congreso, Dra. Gloria Orué, hay que tomar una posición: o ser donante o esperar un órgano, porque esta situación se le presenta a cualquiera, en cualquier momento, y si no le toca a uno le toca a un familiar.

Cada año el número de hemodializados aumenta. Las autoridades deberían cambiar de estrategia y en lugar de pedir a las personas que donen órganos a cambio de nada –como el mendigo que pone su latita en el piso– podría ofrecer beneficios para incentivar la donación. Es justo que una persona que va a donar sus órganos al morir reciba mejores condiciones mientras viva (él y su familia).

Así como el Gobierno se ocupa de una necesidad social como las viviendas, dando facilidades para tener una casa propia, o incentivos para el desarrollo de las industrias, el Congreso Nacional podría pensar en una ley que promocione la donación, tan urgente en el país. Y aquí no son casas, ni producción de lo que se habla, sino de vida. Incluso, es muy probable que de pronto un senador o diputado o ministro o algún familiar suyo necesite de algún trasplante.

Una campaña podría dar a los donantes beneficios como reducción en impuestos o pases gratis en algunos espectáculos o hasta un servicio de sepelio gratis cuando llegue el momento. Es urgente que se cambie la mentalidad, que se promueva la donación de órganos de forma inteligente, que las autoridades sean más creativas y que preparen el camino, porque ellas no se librarán de estar en la lista por tener poder. Nadie da algo gratis, menos órganos. Hay que revertir esa vergonzosa tasa de donantes del 2 %.

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