DESDE MI MUNDO

  • Por Mariano Nin
  • Columnista

Juan es un nombre ficticio que tiene cientos de rostros y ninguno cae bien. Tiene 18 años y mucha calle. Dejó los estudios cuando terminó la escuela. La pobreza y la rebeldía hicieron el resto. Es conocido en el barrio donde suele despertar temor y muchas veces terror.

Comenzó con el alcohol y las malas juntas. Luego fue el crack, y la adicción lo empujó al camino torcido. Ese que nunca lleva a ningún lado, pero que te mantiene en él hasta que una bala, la cárcel o una sobredosis te detenga.

El 60 % de los asaltantes son menores de 25 años. El 24 % son menores de 18 años. El 15 % ingresa a cárceles o correccionales. EL 85 % queda con registro solo en las comisarías. No solo son estadísticas. Los números son siempre fríos, pero esconden vidas, tienen rostros e historias.

En el departamento Central, el 80 % de los adictos es menor de 25 años, y la mayoría deambula por las calles sin contención ni esperanzas.

Y otra vez los fríos números para devolvernos el golpe de la realidad: leí en un diario que de enero a marzo, la Fiscalía registró 20.227 denuncias relacionadas a la inseguridad, de las cuales 19.747 son por hurto y robo agravado y simple. Y las otras 480 representan a homicidio culposo y doloso en investigación.

Muchos vieron a Juan tiroteando la cartera de una señora que volvía del trabajo en una tarde gris y silenciosa en la que solo un circuito cerrado fue testigo del criminal desenlace.

En las imágenes que mostraron los noticieros se veía a la mujer caer tras un disparo y dos hombres que huían en una moto y se llevaban el bolso.

Más tarde, los mismos noticieros mostraban el allanamiento de una casa, que según los vecinos, era un aguantadero, y los intervinientes detenían a dos personas.

Un juez resolvió que Juan fuera a Tacumbú. Muchos pensaron que le salió barata. Es verdad, no lo mataron. Pero para él el infierno recién comienza. Pero esa... esa es otra historia

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